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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CAPÍTULO GENERAL DE LAS HERMANAS CARMELITAS MISIONERAS
Viernes
29 de septiembre de 2000
Queridas
hermanas Carmelitas Misioneras:
1. Al término de vuestro XVIII Capítulo General, me es grato dirigiros un
cordial saludo, especialmente a vosotras que, en representación de vuestras
Hermanas presentes en 35 países de cuatro continentes, habéis participado en
los trabajos capitulares con el fin de discernir lo que “el Espíritu
sugiere a las distintas comunidades” (Tertio
millennio adveniente, n. 23), para renovar con fidelidad el carisma
fundacional del Beato Francisco Palau y Quer y responder con prontitud a las
exigencias de la Iglesia y la humanidad de hoy, a las que queréis continuar
sirviendo con generosidad.
Saludo en particular a la nueva Superiora General, María Esperanza Izco y a
sus Consejeras, para las que pido abundantes dones divinos que las ayuden en
su responsabilidad de guiar la Congregación con clarividencia y acompañar
con espíritu fraterno a sus Hermanas, para que cada una de ellas sea mujer
de experiencia de Dios y audaz en su respuesta a los desafíos de la misión
en el tercer milenio, como habéis propuesto en vuestro Capítulo. En
efecto, aunar en armonía la dimensión contemplativa y el impulso misionero,
dos pilares fundamentales de vuestra identidad religiosa, es una necesidad
particularmente sentida en una época amenazada tantas veces por la
fragmentación o la superficialidad de la existencia humana. Por eso, queridas
Hermanas Carmelitas Misioneras, os recuerdo que "el Cristo descubierto en
la contemplación es el mismo que vive y sufre en los pobres" (Vita
consecrata, 82). Ante las dificultades que podáis encontrar en el desempeño
de este delicado cometido, os invito a recordar la palabras de vuestro
Fundador: "Estando como estamos bien dispuestos a secundar los designios
de Dios, no nos dejará sin luz y dirección" (Carta a Juana Gracias, 26 de junio 1860, 2).
2. Al comenzar los trabajos capitulares en Ibiza, en las fuentes de vuestra
inspiración fundacional y que fue para el Beato Francisco Palau lugar de
destierro, silencio y discernimiento, habéis querido ahondar en la razón
originaria de vuestro ser. Esta vuelta a las raíces, que la Iglesia propone con
insistencia a todos los Institutos religiosos, no es un retorno nostálgico al
pasado, sino que más bien se asemeja al recorrido de aquellos discípulos que,
caminando hacia Emaús, se dieron cuenta de que su verdadero destino era volver
a Jerusalén, para descubrir allí la inmensa riqueza y novedad del misterio de
Cristo. Así pudieron ponerse al paso de la historia y contribuir a abrir a los
hombre los nuevos horizontes propuestos por el mensaje del Evangelio. Por eso os
invito a mantener muy viva esa experiencia de estrecho y continuo contacto con
Cristo y con los dones que su Espíritu ha derramado sobre vuestra Congregación,
como corresponde, además, a vuestra tradición carmelita impregnada de
contemplación. Además, en estos momentos en que toda la Iglesia celebra el
Gran Jubileo en conmemoración de los dos mil años del misterio de la Encarnación,
se hace aún más patente que “Jesús es la verdadera novedad que supera todas
las expectativas de la humanidad y así será para siempre” (Bula Incarnationis
mysterium, 1).
La segunda parte del capítulo se ha desarrollado en Roma, como dando a
entender que todo carisma verdadero confluye en la única Iglesia para
enriquecerla y servirla, haciéndose cada vez más universal y como un entramado
de comunión entre mentalidades y culturas diversas. Es un aspecto que denota
vuestra alma misionera. En este sentido tenéis ya, desde vuestra fundación,
una buena historia que contar, una historia tejida de colaboración abnegada en
la tarea siempre urgente de la evangelización y de servicio a la causa de los
hombres, especialmente de los más necesitados. Quiero expresar reconocimiento y
gratitud por todo ello. Pero deseo sobre todo alentaros en vuestros proyectos de
anunciar proféticamente el Reino de Dios en el mundo y en esa historia que os
queda por construir, porque “el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con
vosotros grandes cosas” (Vita consecrata,
110).
No dejéis de prestar atención a las necesidades emergentes en nuestro
tiempo, dándoles una respuesta nacida del corazón de Cristo y de la misión
original de la Iglesia. En efecto,
“cuanto más se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los demás,
llegando hasta las avanzadillas de la misión y aceptando los mayores riesgos”
(Vita consecrata,
76).
3. Para terminar, deseo poner en las manos de la Virgen María los frutos
del Capítulo y el porvenir de la Congregación. Vosotras, que la invocáis como
patrona bajo la antigua advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo, sabéis
bien que no podéis estar en mejores manos. Ella os ayudará a combatir a las
fuerzas del pecado que, de muy diversas formas, se anidan en el corazón humano
y en las estructuras sociales, abriendo así vuestro ánimo al gozo y la
esperanza que debe embargar vuestra vida personal y comunitaria, vuestras obras
y vuestra misión.
Con estos vivos deseos, e invocando la celestial intercesión del Beato
Francisco Palau, os imparto de corazón la Bendición Apostólica, que muy
gustoso extiendo a todas vuestras Hermanas de profesión religiosa.
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