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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
PRESIDENTE DEL SIMPOSIO DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES DE ÁFRICA Y
MADAGASCAR
A monseñor
LAURENT MONSENGWO PASINYA
Arzobispo de Kisangani Presidente del Simposio de las Conferencias
episcopales de África y Madagascar
1. En este momento en que el Simposio de las Conferencias episcopales de África y Madagascar celebra su XII asamblea
plenaria, me alegra dirigir mis más cordiales saludos a todos los participantes
y asegurarles mi oración ferviente. A través de ellos saludo con afecto a
todos los hijos del continente africano, "nueva patria de Cristo, tierra
amada por el Padre eterno" (Ecclesia in Africa, 6).
En este año en el que la Iglesia celebra el gran jubileo, habéis deseado
reuniros cerca de las tumbas de los Apóstoles para este importante encuentro
que os permite revivir espiritualmente el acontecimiento de gracia que fue, hace
seis años, la Asamblea especial del Sínodo de los obispos para África. El
tema de vuestros trabajos, "La Iglesia-familia de Dios, lugar y
sacramento de reconciliación, de perdón y de paz en África", está
en plena armonía con el acontecimiento jubilar. En efecto, "el compromiso
por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos
conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas, es un
aspecto sobresaliente de la preparación y de la celebración del jubileo"
(Tertio millennio adveniente, 51).
2. A cinco años de la promulgación de la exhortación apostólica
postsinodal Ecclesia in Africa, debemos constatar que la visión de
conjunto de la situación del continente, tal como se presenta en ella, no ha
cambiado sustancialmente. Numerosas naciones siguen siendo escenario de
conflictos, de los cuales las poblaciones son víctimas inocentes. Al recorrer
la trágica geografía de las luchas armadas, se constata que la que se
desarrolla en la región de los Grandes Lagos es, en cierto sentido, la más
simbólica. Sin embargo, debemos tener presentes en nuestro corazón de pastores
otros conflictos, a veces olvidados, que afectan a numerosos países africanos,
a menudo desde hace varios años. Esos conflictos, debidos a causas externas e
internas, constituyen una forma de desprecio de la persona humana, de sus
derechos y de su dignidad. Esta actitud es, en gran parte, el origen de muchos
otros males que afligen al continente, como el subdesarrollo económico, la
pobreza, las migraciones forzadas, la difusión del sida y de pandemias que
muchos creían erradicadas definitivamente, el saqueo de las riquezas naturales
y el deterioro del medio ambiente.
3. La historia, llena de sufrimientos, de los pueblos de África es también
la de la Iglesia en ese continente. Durante los últimos decenios, obispos,
sacerdotes, misioneros, religiosos, religiosas y laicos han sido brutalmente
perseguidos e, incluso, asesinados. Algunas estructuras que servían al bien de
toda la población, sin discriminación alguna, han sido saqueadas y destruidas
muchas veces. Comunidades enteras han sido dispersadas.
Sin embargo, quisiera manifestar aquí mi satisfacción por el feliz desenlace
de los dolorosos episodios que han afectado recientemente a la Iglesia en África
a través de la prueba que han sufrido dos de sus pastores: monseñor
Misago, obispo de Gikongoro, y monseñor Kataliko, arzobispo de Bukavu. Que la
muerte inesperada de monseñor Kataliko, cuya triste noticia nos acaba de
llegar, sea para la Iglesia y para África una semilla de esperanza y de paz.
Quisiera, asimismo, rendir homenaje a todos los que, con valentía y abnegación,
en situaciones difíciles, dan testimonio de Cristo, a veces incluso con la
entrega de su vida; y deseo vivamente que en toda África la Iglesia pueda
anunciar libremente el mensaje de amor de Cristo, tanto con sus palabras como
con sus obras.
4. La asamblea plenaria del Simposio de las Conferencias episcopales de África
y Madagascar es un momento privilegiado para confirmar la opción de la Iglesia
como familia de Dios, "expresión de la naturaleza de la Iglesia
particularmente apropiada para África" (Ecclesia in Africa, 63), y
para determinar, cada vez con mayor precisión, sus consecuencias concretas, con
vistas a una pastoral cada vez más adecuada. Para responder al mandato que Jesús
le confió y cumplir su misión profética en medio de las naciones, la Iglesia
está comprometida en numerosos sectores de la vida local, junto con los hombres
y las mujeres del continente, sobre todo para contribuir a la reconciliación
entre las personas y entre los pueblos, así como al establecimiento de la
justicia, la solidaridad, la democracia y la paz.
Hoy, más que nunca, la Iglesia debe buscar caminos nuevos y eficaces para
participar, según su vocación propia, en el desarrollo integral del hombre en
sociedades fraternas y pacíficas. Para lograr este objetivo, la colaboración
sincera con los demás creyentes, y con todos los hombres de buena voluntad, es
un imperativo que ha de animar a los fieles, unidos a sus pastores, con espíritu
de verdad y de respeto mutuo.
Exhorto a las comunidades católicas a ser lugares de auténtica reconciliación
y a testimoniar enérgicamente la justicia y la paz en sus propias estructuras y
en las relaciones entre sus miembros, recordando que "la Iglesia debe ser
testigo de justicia, y, por ello, reconoce que quien se atreva a hablar a los
hombres de justicia debe esforzarse por ser justo a sus ojos" (Ecclesia
in Africa, 106).
El testimonio de la Iglesia como comunidad debe ir unido al compromiso de cada
uno de sus miembros. Por eso, es necesario que laicos bien formados, humana y
espiritualmente, ocupen el lugar que les corresponde en la vida pública, para
que sean en ella la sal de la tierra. Todos deben recordar también que están
llamados a la santidad de vida para ser signos auténticos y creíbles del amor
de Dios en el mundo.
5. Dirigiéndome a mis hermanos en el episcopado y a todos los pueblos de
ese amado continente, les renuevo mi apremiante llamamiento a la esperanza. En
las situaciones difíciles en que vivís, no faltan rayos de luz: ¡el Señor
no os ha abandonado! Para construir el mundo reconciliado al que todos aspiran,
los africanos mismos deben ser los primeros en plasmar el futuro de sus
naciones. Invito de nuevo a la comunidad internacional a no abandonar a África. Conozco
los esfuerzos que ya se han realizado y que manifiestan una verdadera
solidaridad. Es preciso proseguir esos esfuerzos y hacerlos más eficaces, en
particular gracias a la cancelación o a la reducción de la deuda de los países
más pobres.
Mi pensamiento se dirige con afecto a los países afligidos por la guerra.
Exhorto con fuerza a todos los responsables a buscar sin cesar y con sinceridad
los caminos de la reconciliación y a lograr que los acuerdos de paz no se
conviertan en compromisos sin futuro, sino que se apliquen efectivamente para el
bien común de los pueblos.
6. En el gran jubileo del año 2000, la reciente canonización de sor
Josefina Bakhita es un motivo de alegría y confianza, no sólo para Sudán,
cada vez más duramente probado, sino también para toda África. El camino que
siguió en su existencia personal puede y debe llegar a ser un signo vivo para
todo el continente: de la esclavitud a la liberación y a la plena
realización humana y espiritual. Junto con todos los demás santos y beatos
africanos, no dejará de interceder por su tierra y por un desarrollo fructuoso
de los trabajos de vuestra asamblea.
Querido hermano en el episcopado, lo encomiendo a usted, así como a todos los
miembros del Simposio de las Conferencias episcopales de África y Madagascar y
a sus diocesanos, a la intercesión de la Virgen santísima, Reina de África, y
a todos imparto de corazón una particular bendición apostólica.
Vaticano, 4 de octubre de 2000
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