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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA PEREGRINACIÓN
NACIONAL DE HUNGRÍA


Lunes 9 de octubre de 2000

 

Amadísimos hermanos y hermanas en Cristo: 

1. Deseo daros una cordial bienvenida a cada uno, queridos peregrinos húngaros. Saludo con afecto fraterno al cardenal László Paskai y a monseñor István Seregély, presidente de la Conferencia episcopal húngara, a quien agradezco las nobles palabras que ha querido dirigirme en nombre de los presentes y de toda la Iglesia que está en Hungría. Saludo asimismo a los venerados hermanos en el episcopado que os guían en esta especial experiencia de fe y de gracia.
Mi saludo deferente va al señor embajador Pál Tar, quien, con su presencia, da un renovado testimonio de la positiva colaboración entre la Iglesia católica y la autoridad estatal en vuestro país, después de los años difíciles de la dictadura comunista.

Gracias por esta visita, que renueva y consolida la antigua fidelidad del pueblo magiar a la Sede de Pedro. Gracias por el afecto que, también en esta circunstancia, manifestáis a mi persona.

2. Vuestra peregrinación nacional ha comenzado ante la sacristía de la basílica vaticana, con la bendición de la lápida. Esa lápida recuerda el lugar donde se encontraba la primera casa de los peregrinos húngaros, fundada hace mil años por el rey san Esteban, que quiso que esa casa estuviera cerca de la tumba del apóstol san Pedro, precisamente porque deseaba que los peregrinos húngaros, al venir a Roma, renovaran su fidelidad y su amor a Pedro. Este acto solemne une felizmente dos acontecimientos extraordinarios que celebráis en el año 2000:  el gran jubileo del cristianismo y el milenario húngaro, que constituyen, además, las motivaciones especiales de esta peregrinación.

Habéis venido en gran número a la ciudad eterna para visitar las tumbas de los Apóstoles y confirmar vuestra fe en el encuentro con el Sucesor de Pedro. Vuestra presencia tan numerosa testimonia la constante adhesión del pueblo magiar a la Santa Sede, que, desde que el Papa Silvestre II entregó la corona al santo rey Esteban, constituye un elemento fundamental de vuestra historia y de vuestra cultura.

Como recordé en el Mensaje que os envié con ocasión de la celebración del milenario magiar, la vuestra "es una historia que comienza con un rey santo, más aún, con una "familia santa". (...) Será una semilla que brotará y suscitará una multitud de nobles figuras que ilustrarán la Pannonia sacra", que en el curso de los siglos se convertirá en un sólido "baluarte de defensa de la cristiandad contra la invasión de los tártaros y los turcos" (Mensaje de Juan Pablo II al pueblo húngaro, 16 de agosto de 2000, n. 1:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de septiembre de 2000, p. 2).

Esos acontecimientos han dejado en vuestra cultura huellas profundas, que se expresan en algunas costumbres diarias, como el repique de las campanas a mediodía que, desde la victoria sobre los turcos musulmanes, invita a los cristianos húngaros a interrumpir el trabajo para dedicarse a la oración. La relación especial que une a vuestro pueblo con la Sede de Pedro tiene una significativa expresión en la capilla húngara de la cripta vaticana, que yo mismo tuve la alegría de bendecir hace veinte años en la fiesta de la Magna Domina Hungarorum, a la que también habéis querido confiar vuestra peregrinación jubilar.

3. Las solemnes celebraciones del gran jubileo de la Encarnación y del milenario húngaro os exhortan a dar gracias al Señor por las maravillas realizadas en vuestro pueblo. Constituyen, además, una ocasión propicia de conversión y de empeño por construir un futuro digno de vuestra fe y de vuestro glorioso pasado, que tiene en la familia uno de sus elementos imprescindibles.

Esta institución esencial de la sociedad humana atraviesa actualmente una grave crisis, que pone de manifiesto el olvido de valores humanos y cristianos fundamentales, factores indispensables para el progreso civil y moral de la humanidad. Sin embargo, también muestra las profundas transformaciones actuales de la sociedad, que pueden ser el preludio de un nuevo comienzo. Por tanto, es preciso que los cristianos afronten esta crisis con fidelidad y esperanza. En efecto, las complejas problemáticas que afectan a la institución familiar deben llevar a los creyentes a redescubrir y a vivir los valores del matrimonio y de la familia, tal como los propone la Iglesia, para dar un nuevo impulso a la construcción de la civilización del amor. A este propósito, deseo repetiros la invitación que os hice con ocasión de la celebración de vuestro milenario:  "Sed conscientes de la centralidad de la familia para una sociedad ordenada y floreciente. Por esta razón, promoved iniciativas inteligentes para proteger su solidez e integridad. Sólo una nación que cuente con familias sanas y sólidas es capaz de sobrevivir y escribir una gran historia, como sucedió en vuestro pasado" (ib., n. 4).

Esta atención particular a la familia os llevará a fomentar en todos los niveles la cultura de la vida, que exige la defensa de la persona humana desde su concepción hasta su ocaso, y la promoción del valor de la paternidad y la maternidad, así como el reconocimiento del papel fundamental que desempeña la mujer en el trabajo doméstico y en la educación de los hijos.

4. Las solemnes celebraciones del milenario húngaro coincidieron con la XV Jornada mundial de la juventud, que contó con una extraordinaria participación de jóvenes de todo el mundo. A ese encuentro asistieron también numerosos jóvenes húngaros, que quisieron compartir su fe y su búsqueda de Cristo, Aquel que da sentido a la vida, con sus coetáneos.

El testimonio de esos jóvenes, su entusiasmo y su fe gozosa representan un signo de esperanza para todos, que infunde valor y exhorta a no tener miedo al futuro.

Su presencia en vuestras Iglesias abre también a vuestra patria un horizonte prometedor y anuncia un futuro mejor.

5. Amadísimos peregrinos húngaros, os expreso mis mejores deseos de que, fortalecidos por la gracia del jubileo, construyáis en vuestra nación una sociedad más justa y más fraterna, digna de vuestra fe y de vuestras profundas raíces cristianas.

Con estos deseos, al mismo tiempo que os confío a la protección materna de la Magna Domina Hungarorum, como un día hizo san Esteban, os imparto a cada uno de vosotros y al amado pueblo húngaro una especial bendición apostólica.

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