 |
MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON
OCASIÓN DEL RECONOCIMIENTO DEL CUERPO DE SAN LUCAS
Al venerado hermano
ANTONIO MATTIAZZO
Arzobispo-obispo de Padua
1. Entre las glorias de esa Iglesia, es muy significativa la relación
particular que la une a la memoria del evangelista san Lucas, cuyas reliquias,
según la tradición, conserva en la espléndida basílica de Santa Justina:
tesoro precioso y don verdaderamente singular, que ha llegado a través
de un camino providencial. En efecto, san Lucas, según
antiguos testimonios, murió en Beocia y fue enterrado en Tebas. Desde allí,
como refiere san Jerónimo (cf. De viris ill. VI, I), sus huesos fueron
transportados a Constantinopla, a la basílica de los Santos Apóstoles.
Sucesivamente, según las fuentes que las investigaciones históricas van
explorando, fueron trasladados a Padua.
El reconocimiento del cuerpo del santo evangelista y el Congreso internacional
dedicado a él ofrecen ahora una ocasión propicia para renovar la atención y
la veneración a esta "presencia", arraigada en la historia cristiana
de esa ciudad. Se ha querido dar al congreso una significativa dimensión ecuménica,
subrayada por el hecho de que el arzobispo ortodoxo de Tebas, Hieronymos, ha
pedido un fragmento de las reliquias para depositarlo en el lugar donde aún hoy
se venera el primer sepulcro del evangelista.
Las celebraciones que se desarrollan con ocasión de dicho congreso brindan un
nuevo estímulo, para que esa amada Iglesia que está en Padua redescubra el
verdadero tesoro que san Lucas nos dejó: el Evangelio y los Hechos de los
Apóstoles.
Al alegrarme por el empeño puesto en esta dirección, deseo considerar
brevemente algunos aspectos del mensaje lucano, para que esa comunidad encuentre
orientación y aliento en su camino espiritual y pastoral.
2. San Lucas, ministro de la palabra de Dios (cf. Lc 1, 2), nos
introduce en el conocimiento de la luz discreta, y al mismo tiempo penetrante,
que ella irradia iluminando la realidad y los acontecimientos de la historia. El
tema de la palabra de Dios, hilo de oro que atraviesa los dos escritos que
componen la obra lucana, unifica también las dos épocas que él contempló:
el tiempo de Jesús y el de la Iglesia. Casi narrando la "historia de la
palabra de Dios", el relato de san Lucas sigue su difusión desde Tierra
Santa hasta los confines del mundo. El camino propuesto por el tercer evangelio
está profundamente marcado por la escucha de esta palabra que, como semilla, se
ha de acoger con bondad y prontitud de corazón, superando los obstáculos que
le impiden echar raíces y dar fruto (cf. Lc 8, 4-15).
Un aspecto importante que san Lucas pone de relieve es el hecho de que la
palabra de Dios también crece y se consolida misteriosamente a través del
sufrimiento y en un ambiente de oposiciones y persecuciones (cf. Hch 4,
1-31; 5, 17-42; passim). La palabra que san Lucas indica está llamada a
transformarse, para cada generación, en un acontecimiento espiritual capaz de
renovar la existencia. La vida cristiana, suscitada y sostenida por el Espíritu,
es diálogo interpersonal que se funda precisamente en la palabra que nos dirige
el Dios vivo, pidiéndonos que la acojamos, sin reservas, en la mente y el corazón.
Se trata, en definitiva, de convertirse en discípulos dispuestos a escuchar con
sinceridad y disponibilidad al Señor, siguiendo el ejemplo de María de
Betania, que "eligió la mejor parte", porque, "sentada a los
pies del Señor, escuchaba su palabra" (cf. Lc 10, 38-42).
Desde esta perspectiva, deseo animar, en la programación pastoral de esa amada
Iglesia, el plan de las "Semanas bíblicas", el apostolado bíblico y
las peregrinaciones a Tierra Santa, el lugar donde la Palabra se hizo carne (cf. Jn
1, 14). También quisiera estimular a todos, presbíteros,
religiosos, religiosas y laicos, a practicar y promover la lectio divina,
hasta que la meditación de la sagrada Escritura llegue a ser un elemento
esencial de su vida.
3. "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz cada día, y sígame" (Lc 9, 23).
Para san Lucas ser cristianos significa seguir a Jesús por el camino que él
recorre (cf. Lc 19, 57; 10, 38; 13, 22; 14, 25).
Jesús mismo es quien toma la iniciativa e invita a seguirlo, y lo hace de modo
decidido e inconfundible, mostrando así su identidad completamente fuera de lo
común, su misterio de Hijo, que conoce al Padre y lo revela (cf. Lc 10,
22). La decisión de seguir a Jesús nace de la opción fundamental por su
persona. A quien no se siente fascinado por el rostro de Cristo le resulta
imposible seguirlo con fidelidad y constancia, entre otras cosas porque Jesús
camina por una senda difícil, pone condiciones muy exigentes y se dirige hacia
un destino paradójico: la cruz. San Lucas subraya que Jesús no acepta
componendas y exige el compromiso de toda la persona, un decidido desapego de
toda nostalgia del pasado, de los condicionamientos familiares y de la posesión
de los bienes materiales (cf. Lc 9, 57-62; 14, 26-33).
El hombre siempre estará tentado de atenuar estas exigencias radicales y
adaptarlas a sus propias debilidades, o de renunciar al camino emprendido. Pero
precisamente aquí se muestran la autenticidad y la calidad de vida de la
comunidad cristiana. Una Iglesia que viviera de componendas sería como la sal
que pierde el sabor (cf. Lc 14, 34-35).
Es necesario abandonarse a la fuerza del Espíritu, capaz de infundir luz y,
sobre todo, amor a Cristo; es preciso abrirse a la fascinación interior que Jesús
ejerce en los corazones que aspiran a la autenticidad, rechazando las medias
tintas. Desde luego, esto es difícil para el hombre, pero resulta posible con
la gracia de Dios (cf. Lc 18, 27). Por otra parte, si el seguimiento de
Cristo implica llevar a diario la cruz, esta, a su vez, es el árbol de la vida
que lleva a la resurrección. San Lucas, que acentúa las exigencias radicales
del seguimiento de Cristo, es también el evangelista que describe la alegría
de quienes se convierten en discípulos de Cristo (cf. Lc 10, 20;
13, 17; 19, 6. 37; Hch 5, 41; 8, 39; 13, 48).
4. Es conocida la importancia que san Lucas da en sus escritos a la
presencia y a la acción del Espíritu, desde la Anunciación, cuando el Paráclito
desciende sobre María (cf. Lc 1, 35), hasta Pentecostés, cuando los Apóstoles,
impulsados por el don del Espíritu, reciben la fuerza necesaria para
anunciar en todo el mundo la gracia del Evangelio (cf. Hch
1, 8; 2, 1-4). El Espíritu Santo es el que forja a la Iglesia. San Lucas
delineó en los rasgos de la primera comunidad cristiana el modelo en el que
debe reflejarse la Iglesia de todos los tiempos: es una comunidad unida
con "un solo corazón y una sola alma", y asidua en la escucha de la
palabra de Dios; una comunidad que vive de la oración, comparte con alegría el
Pan eucarístico y abre su corazón a las necesidades de los pobres hasta
compartir con ellos sus bienes materiales (cf. Hch 2, 42-47; 4, 32-37).
Toda renovación eclesial deberá hallar en esta fuente inspiradora el secreto
de su autenticidad y de su lozanía.
Desde la Iglesia madre de Jerusalén, el Espíritu ensancha los horizontes e
impulsa a los Apóstoles y a los testigos hasta Roma. En el ámbito de estas dos
ciudades se desarrolla la historia de la Iglesia primitiva, una Iglesia que
crece y se dilata a pesar de las oposiciones que la amenazan desde fuera y las
crisis que frenan su camino desde dentro. Pero en todo este recorrido, lo que
realmente interesa a san Lucas es presentar a la Iglesia en la esencia de su
misterio, constituido por la presencia perenne del Señor Jesús, el cual,
actuando en ella con la fuerza de su Espíritu, la consuela y la anima en las
pruebas de su camino en la historia.
5. Según una tradición piadosa, san Lucas es considerado el pintor de la
imagen de María, la Virgen Madre. Pero el verdadero retrato que san Lucas
realiza de la Madre de Jesús es el que aparece en las páginas de su obra:
en escenas ya familiares para el pueblo de Dios, traza una imagen elocuente
de la Virgen. La Anunciación, la Visitación, el Nacimiento, la Presentación
en el templo, la vida en la casa de Nazaret, la disputa con los doctores y la pérdida
de Jesús en el templo, así como Pentecostés, han proporcionado un amplio
material, a lo largo de los siglos, para la creatividad incesante de pintores,
escultores, poetas y músicos.
Por esta razón, el Congreso internacional ha programado oportunamente una
reflexión sobre el tema del arte y a la vez ha organizado una exposición de
obras de gran valor.
Sin embargo, lo más importante es captar que, a través de escenas de vida
mariana, san Lucas nos introduce en la interioridad de María, permitiéndonos
descubrir al mismo tiempo su función única en la historia de la salvación.
María es quien pronuncia el fiat, un sí personal y pleno a la propuesta
de Dios, definiéndose "esclava del Señor" (Lc 1, 38). Esta
actitud de adhesión total a Dios y de disponibilidad incondicional a su Palabra
constituye el modelo más alto de fe, la anticipación de la Iglesia como
comunidad de los creyentes.
La vida de fe crece y se desarrolla en María mediante la meditación
sapiencial de las palabras y los acontecimientos de la vida de Cristo (cf. Lc
2, 19. 51). Ella "meditaba en su corazón", para comprender el
sentido profundo de las palabras y de los hechos, asimilarlo y luego comunicarlo
a los demás.
El cántico del Magníficat (cf. Lc 1, 46-55) manifiesta otro
rasgo importante de la "espiritualidad" de María: ella encarna
la figura del pobre, capaz de poner plenamente su confianza en Dios, que
derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes.
San Lucas nos delinea también la figura de María en la Iglesia de los primeros
tiempos, mostrándola presente en el Cenáculo en espera del Espíritu Santo:
"Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía
de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús y de sus hermanos" (Hch
1, 14).
El grupo reunido en el Cenáculo constituye como la célula germinal de la
Iglesia. Dentro de él María desempeña un papel doble: por una parte,
intercede en favor del nacimiento de la Iglesia por obra del Espíritu Santo; y,
por otra, comunica a la Iglesia naciente su experiencia de Jesús.
Así, la obra de san Lucas ofrece a la Iglesia que está en Padua un estímulo
eficaz para valorar la "dimensión mariana" de la vida cristiana en el
camino del seguimiento de Cristo.
6. Otra dimensión esencial de la vida cristiana y de la Iglesia, sobre la
cual la narración lucana proyecta una luz intensa, es la de la misión
evangelizadora. San Lucas indica el fundamento perenne de esta misión, es
decir, la unicidad y la universalidad de la salvación realizada por Cristo (cf.
Hch 4, 12). El acontecimiento salvífico de la muerte-resurrección de
Cristo no concluye la historia de la salvación, sino que marca el comienzo de
una nueva fase, caracterizada por la misión de la Iglesia, llamada a comunicar
a todas las naciones los frutos de la salvación realizada por Cristo. Por esta
razón san Lucas ofrece después del evangelio, como consecuencia lógica, la
historia de la misión. Es el mismo Resucitado quien da a los Apóstoles el
"mandato" misionero: "Y, entonces, abrió sus inteligencias
para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: "Así está
escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día
y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a
todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de
estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre. Por
vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde
lo alto"" (Lc 24, 45-48).
La misión de la Iglesia comienza en Pentecostés "desde Jerusalén",
para extenderse "hasta los confines de la tierra". Jerusalén no
indica sólo un punto geográfico. Significa más bien un punto focal de
la historia de la salvación. La Iglesia no parte desde Jerusalén para
abandonarla, sino para injertar en el olivo de Israel a las naciones paganas
(cf. Rm 11, 17).
La tarea de la Iglesia consiste en introducir en la historia la levadura del
reino de Dios (cf. Lc 13, 20-21). Se trata de una tarea ardua, descrita
en los Hechos de los Apóstoles como un itinerario fatigoso y
accidentado, pero encomendado a "testigos" llenos de entusiasmo, de
iniciativa y de alegría, dispuestos a sufrir y a dar su vida por Cristo.
Reciben esta energía interior de la comunión de vida con el Resucitado y de la
fuerza del Espíritu que él les da.
¡Qué gran recurso puede constituir para la Iglesia que está en Padua la
confrontación continua con el mensaje del Evangelista, cuyos restos mortales
custodia!
7. Espero que esa comunidad diocesana, a la luz de esta visión lucana, con
plena docilidad a la acción del Espíritu, testimonie con audacia creativa a
Jesucristo, tanto en su propio territorio, como, según su hermosa tradición,
mediante la cooperación misionera con las Iglesias de África, América Latina
y Asia.
Ojalá que este compromiso misionero reciba un ulterior impulso en este Año
jubilar, que celebra el bimilenario del nacimiento de Cristo e invita a la
Iglesia a una profunda renovación de vida. Precisamente el evangelio de san
Lucas recoge el discurso con el que Jesús, en la sinagoga de Nazaret, proclama
el "año de gracia del Señor", anunciando a los pobres la salvación
como liberación, curación y buena nueva (cf. Lc 4, 14-20). El
mismo evangelista presentará también la fuerza sanante del amor misericordioso
del Salvador en páginas conmovedoras, como las de la oveja perdida y del hijo
pródigo (cf. Lc 15).
Nuestro tiempo tiene más necesidad que nunca de este anuncio. Por tanto,
aliento encarecidamente a esa comunidad para que su compromiso por la nueva
evangelización sea cada vez más fuerte y eficaz. La exhorto asimismo a
proseguir y desarrollar las iniciativas ecuménicas de colaboración que ha
emprendido con algunas Iglesias ortodoxas en el ámbito de la caridad, de la
cultura teológica y de la pastoral. Que el Congreso internacional sobre san
Lucas represente una etapa significativa en el camino de esa Iglesia, ayudándole
a arraigarse cada vez más en la tierra de la palabra de Dios y a abrirse con
renovado impulso a la comunión y a la misión.
Con estos sentimientos, le imparto de corazón a usted, venerado hermano, y a
cuantos han sido confiados a su cuidado pastoral, una especial bendición apostólica.
Vaticano, 15 de octubre de 2000
|