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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA "COMUNIDAD ENCUENTRO"


Viernes 20 de octubre de 2000


Queridos amigos de la "Comunidad Encuentro": 


1. ¡Bienvenidos! Os acojo de buen grado en esta audiencia especial y os saludo a todos con afecto.

Saludo ante todo al fundador de la comunidad, el querido don Pierino Gelmini, a quien felicito cordialmente por sus bodas de oro sacerdotales, que celebró recientemente, agradeciéndole las amables palabras que acaba de dirigirme en vuestro nombre. Saludo a los obispos presentes, a los sacerdotes, a los colaboradores y a los voluntarios que realizan su generosa labor en la comunidad. Saludo, además, a las numerosas autoridades procedentes de diversos países, de todo orden y grado, que han querido honrarnos hoy con su grata presencia. Os saludo con deferencia a cada uno. Con los mismos sentimientos me dirijo a los padres, a los amigos, a los familiares y a los grupos de apoyo y asistencia que no han querido faltar a esta significativa cita jubilar.
Con afecto muy especial os abrazo a vosotros, queridos muchachos y muchachas, que vivís en los centros de la "Comunidad Encuentro" y habéis emprendido el camino de la recuperación espiritual y física después de vuestra triste experiencia con la droga.

2. Habéis venido en peregrinación desde muchas ciudades y naciones para cruzar la Puerta santa; habéis venido para encontraros con Cristo y reafirmar con decisión vuestra voluntad de caminar junto con él hacia un futuro más sereno y responsable. Muchos de vosotros habéis traído el cayado tallado durante el período penitencial de Cuaresma. Es un signo que evoca un apoyo espiritual para aliviar la fatiga del camino. Para vosotros es un símbolo de la peregrinación interior emprendida, que debe llevaros a una existencia cada vez más llena de fe, de esperanza y de amor.
El Papa os ama y os acompaña con su oración y su constante recuerdo. Aprovecho de buen grado esta circunstancia para repetiros a vosotros y a todos los que en cualquier parte del mundo están comprometidos en la lucha contra la droga y en favor de la vida:  la Iglesia está con vosotros, camina a vuestro lado.

3. Queridos muchachos y muchachas, vuestra familia espiritual se llama "Comunidad Encuentro" porque nació de un significativo encuentro en la plaza Navona hace treinta y siete años. Quiere ofrecer a quien ha ido a parar al callejón sin salida de la droga la posibilidad de volver a encontrar el sendero de la esperanza. Los centros en los que sois acogidos os ayudan mucho en vuestro esfuerzo de recuperación personal. Son lugares de fraternidad, donde a cada uno se ofrece una ulterior posibilidad de no dilapidar el bien valioso de la vida.

Quienes de entre vosotros han pasado por la triste experiencia de la droga saben muy bien que causa soledad, abandono y, a veces, profunda desesperación. Frente a este drama, que afecta a la persona humana y a su misma existencia física, y que constituye un fenómeno preocupante en la sociedad contemporánea, la Iglesia ha declarado repetidamente que drogarse no es nunca una solución. Quiere reafirmar con fuerza esta convicción frente a algunas opiniones que promueven la liberalización de las sustancias estupefacientes o, por lo menos, su licitud parcial, considerando que el libre acceso a estas sustancias contribuye a limitar o reducir el daño a las personas y a la sociedad.

4. La droga no se combate con la droga. Quien, por desgracia, se ha encontrado envuelto por los tentáculos de las sustancias estupefacientes testimonia que esta experiencia es una fuga de sí mismo y de la realidad. La droga es con frecuencia la consecuencia del vacío interior:  es rechazo, renuncia y pérdida de la orientación, que a menudo lleva a la desesperación. Por eso, la droga no se vence con la droga; es necesaria una amplia acción  de  prevención, que sustituya la cultura  de la muerte con la cultura de la vida. Es preciso ofrecer a los jóvenes y a  las  familias razones concretas para comprometerse y sostenerlos de forma eficaz en sus dificultades diarias.

Queridos amigos, la verdadera alternativa a las numerosas sustancias que aturden a la persona humana la habéis encontrado dentro de comunidades que, más que proponer soluciones técnicas, ofrecen un itinerario de recuperación humana y espiritual. Existen afortunadamente en el mundo muchos otros centros como el vuestro, donde numerosos amigos vuestros tienen la suerte de salir del abismo de la droga. A todos los que trabajan en este sector quisiera enviarles mi aliento y mi saludo cordial.

Se trata de presencias valiosas que acompañan a las familias probadas por situaciones muy difíciles. La Iglesia expresa su gratitud a cuantos brindan este desinteresado y competente servicio a la vida y a la dignidad del hombre.

5. Queridos hermanos, os agradezco los dos regalos que don Pierino ha querido hacerme en vuestro nombre:  la apertura de los nuevos centros en Nueva York y en Kazajstán, y esta hermosa estatua de Cristo resucitado. Jesús resucitado os indica a todos vosotros que en él es posible mirar al futuro con renovada confianza. Él os guía hacia el abrazo amoroso del Padre celestial. Su misericordia os impulsa a proseguir por el camino que habéis emprendido, para que, renacidos a la vida, podáis dar como protagonistas vuestra contribución a la construcción de una sociedad libre de cualquier tipo de drogas. Llevad a vuestras comunidades la serenidad que hoy veo en vuestros rostros. Testimoniad siempre la valentía de levantaros después de una caída, y reanudar con prontitud el camino, aun cuando esto exija sacrificio y renuncias. Cristo, médico de las almas, es vuestro amigo. Él es el único Redentor.

Que María, a quien honráis con el significativo título de "Virgen de la sonrisa", os sostenga con su intercesión materna, acoja a cuantos han muerto en estos años, víctimas de la droga y de sus consecuencias, esté junto a las familias marcadas por este drama, y os acompañe a todos con su poderosa intercesión.

Con estos sentimientos, os aseguro mi oración y os imparto de buen grado a cada uno de vosotros, y a vuestros seres queridos, una especial bendición.

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