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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES DE SICILIA
QUE PEREGRINARON AL SANTUARIO
DE LA VIRGEN DE LAS LÁGRIMAS

Amadísimos jóvenes de Sicilia: 

1. Me alegra dirigirme a vosotros, mientras estáis reunidos para realizar una peregrinación jubilar especial al santuario de la Virgen de las lágrimas de Siracusa, que consagré hace seis años. He sabido con gran satisfacción que vuestro jubileo se celebra con la participación de los obispos de Sicilia, al término de sus ejercicios espirituales. Este hecho expresa el carácter fuertemente eclesial de la iniciativa y, más en general, el amor y la atención de la Iglesia que está en Sicilia a las nuevas generaciones. A todos vosotros, jóvenes sicilianos, y a vosotros, amadísimos hermanos obispos y sacerdotes, os dirijo mi saludo más afectuoso.

Vuestro jubileo regional, queridos jóvenes, está relacionado con la reciente Jornada mundial  de  la juventud que se celebró en Roma y, en particular, con la memorable vigilia del pasado 19 de agosto, en la que participasteis muchos de vosotros. Con este mensaje, quisiera reanudar el diálogo que entablé con los jóvenes en Tor Vergata. Entonces os dije: "Queridos amigos, veo en vosotros a los "centinelas de la mañana" (cf. Is 21, 11-12) en esta alba del tercer milenio".

"Centinelas de la mañana". Estas palabras del profeta Isaías os impresionaron, y las habéis elegido como tema de vuestra vigilia-peregrinación, para que estimulen y orienten vuestro compromiso. Me ha complacido la generosa adhesión con que habéis acogido mi propuesta. El corazón del Papa se alegra y da gracias a Dios, porque los jóvenes no sólo escuchan, sino que también acogen, reflexionan y, sobre todo, se esfuerzan por poner en práctica la palabra recibida, que no es palabra de hombres, sino palabra de Dios, operante en vosotros que creéis (cf. 1 Ts 2, 13).

2. Porque vosotros, queridos jóvenes, queréis creer en Cristo. Como recordaréis, la fe fue el contenido fundamental de la gran vigilia de Tor Vergata. En Roma, ciudad de san Pedro y san Pablo, "encomendé" a la juventud de todo el mundo el compromiso de la profesión valiente de la fe en Cristo, una profesión por la que los Apóstoles y los mártires dieron la vida. Jóvenes de Sicilia, ¿estáis dispuestos también vosotros a dar la vida por esta fe?

Algunos piensan que adherirse a Cristo significa perjudicar su humanidad, disminuyendo su valor. No hay nada más falso. Más aún, como afirmé en Tor Vergata, "diciendo "sí" a Cristo, decís "sí" a todos vuestros ideales más nobles" (n. 6). Ciertamente, elegir a Jesús implica renunciar al pecado, pero el pecado no es realización de la naturaleza humana; al contrario, es su empobrecimiento. Dios no nos ha creado para el mal, sino para el bien, la verdad y la belleza, es decir, para él, nuestro Creador y Padre. Como escribe san Agustín:  "Nos has creado para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti" (Confesiones, I, 1, 1).

Por eso, queridos amigos, no tengáis miedo de dar a Jesús un sí total, como Pedro, Pablo, Francisco y Clara de Asís, como Águeda de Catania y Lucía de Siracusa, como santo Domingo Savio y Pier Giorgio Frassati, y como tantos otros testigos del Evangelio que han florecido a lo largo de los siglos también en vuestra Sicilia. En este siglo XX no han faltado en vuestra tierra luminosas figuras de creyentes, y su ejemplo sigue siendo para vosotros un punto de referencia al que debéis mirar para orientar vuestras opciones concretas. Muchachos y muchachas sicilianos, sostenidos por el testimonio elocuente de estos paisanos vuestros, recorred con valentía el camino de la santidad personal, alimentándoos asiduamente de la palabra de Dios y de la Eucaristía. Cuanto más santos seáis, tanto más contribuiréis a edificar la Iglesia y la sociedad.

3. En vuestras comunidades parroquiales sed "piedras vivas" (1 P 2, 5), colaborando generosamente con los sacerdotes y entre vosotros. Aprended a asumir vuestras responsabilidades, y preparaos para ello en los grupos, en las asociaciones y en los movimientos laicales, entre los cuales recomiendo, en particular, la Acción católica, escuela de compromiso eclesial y civil. De este modo, daréis vuestra importante contribución al camino de la Iglesia en Sicilia, también con vistas al próximo Congreso eclesial regional, que se ocupará precisamente de los laicos.

Sed misioneros. La fe es un don que, compartido con los demás creyentes, crece y madura. Llevad el Evangelio a todos, especialmente a vuestros coetáneos y, en particular, a quienes son menos apreciados y atraviesan más dificultades. Que vuestras palabras vayan apoyadas siempre por las obras; que vuestra fuerza sea la de la verdad.

Resistid a las lógicas negativas que, por desgracia, dominan a veces en vuestro entorno. Recordad que Jesús dijo a sus Apóstoles:  "Os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas" (Mt 10, 16). No os contentéis con ser pan fresco y fragante:  debéis ser levadura evangélica en la escuela y en la universidad, en el mundo del trabajo y en el del deporte, en vuestra familia y entre vuestros amigos. Con este propósito, comprometeos a participar en la vida pública y en las instituciones, manteniéndoos desprendidos de todo interés personal y trabajando siempre y exclusivamente por el bien común.

4. El patrimonio natural y cultural de vuestra Sicilia es grande:  está confiado, de modo particular, a vosotros, jóvenes del tercer milenio. Conocedlo, reconocedlo, valoradlo. Tenéis la suerte de vivir en una región de las más ricas de historia: recurrid a esas raíces para acrecentar vuestra humanidad, asimilar y desarrollar los valores religiosos, artísticos, culturales y morales que habéis heredado. En esos valores también podéis hallar un terreno de encuentro con personas de otras nacionalidades y culturas, y renovar así la vocación de Sicilia a ser encrucijada de pueblos en el corazón del Mediterráneo.

La herencia más valiosa de ese patrimonio es, sin duda alguna, la fe en Cristo y el amor a su santísima Madre. El santuario al que os encamináis como peregrinos recuerda el misterio de las lágrimas de María y de Jesús mismo:  contemplad con el corazón este misterio, para constatar el amor inmenso de Dios, que envió a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados. Que esas lágrimas os purifiquen interiormente y os infundan la paz y la alegría que son don de Cristo y que nada ni nadie podrá quitaros.

Os pido que en vuestra oración también tengáis presentes mis intenciones; yo os aseguro mi cercanía espiritual. Como signo de mi gran afecto, os envío de corazón a cada uno de vosotros y a vuestros obispos la bendición apostólica, extendiéndola de buen grado a los sacerdotes, a vuestros familiares y a cuantos os acompañan por el camino de la vida diaria.

Vaticano, 18 de octubre de 2000

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