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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA SOCIEDAD DEPORTIVA ITALIANA LACIO


Viernes 27 de octubre de 2000


1. ¡Bienvenidos, amigos blanco-celestes del Lacio, al cumplirse cien años del nacimiento de vuestra Sociedad! No es la primera vez que tengo la ocasión de acoger en el Vaticano a atletas y socios de varios equipos. Pero no sucede con frecuencia que me encuentre con un grupo tan nutrido de miembros de una misma familia deportiva. Gracias por vuestra amable visita, que me hace revivir la atmósfera y el clima típicos de los grandes acontecimientos deportivos, impregnados de serena distensión y de alegre fraternidad.

Os saludo a todos cordialmente. Saludo a los representantes de las diversas secciones y a los asistentes espirituales. De modo especial, agradezco al ingeniero Renzo Nostini, presidente general de la Sociedad deportiva Lacio, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de los directivos, los atletas, los deportistas, los simpatizantes y vuestras familias. En sus palabras he percibido el sentido de vuestra visita y el entusiasmo de vuestra Sociedad, la cual ha escrito en estos cien años una página muy interesante en el libro del deporte italiano.

2. En el Año santo 1900, el 9 de enero, nació una prometedora sociedad con un significativo patrimonio moral y deportivo, expresado simbólicamente con el lema latino "concordia parva crescunt", es decir, gracias a la concordia se desarrollan las realidades pequeñas. Los acontecimientos han confirmado ese antiguo axioma:  a lo largo de los años, la Lacio se ha convertido en una sociedad polideportiva, en la que hay veintiocho secciones, unidas por el mismo espíritu olímpico y por el deseo de solidaridad recíproca. Estoy seguro de que este centenario, al impulsaros a redescubrir los ideales de aquel tiempo, constituirá una ocasión propicia para dar relieve también a la dimensión ético-religiosa, indispensable para una plena maduración de la persona humana. Precisamente por esto, habéis querido incluir entre las diversas manifestaciones celebrativas un encuentro espiritual en el marco del jubileo.

Me alegra citar aquí una conocida expresión del apóstol san Pablo, que se aplica muy bien a vuestra múltiple actividad, en los ámbitos aficionado y profesional:   "Los atletas se privan de todo" (1 Co 9, 25). En efecto, sin equilibrio, autodisciplina, sobriedad y capacidad de relacionarse honradamente con los demás, el deportista no puede comprender plenamente el sentido de una actividad física destinada no sólo a robustecer el cuerpo, sino  también la mente y el corazón.

3. Por desgracia, algunas veces en el ámbito deportivo suceden episodios que humillan el verdadero significado de la competición y no sólo afectan a los atletas, sino también a la comunidad. En particular, el apoyo apasionado al propio equipo no puede llegar nunca a ofender a las personas o a dañar los bienes de la colectividad. Toda competición deportiva debe conservar siempre el carácter de una diversión sana y relajante. De estos valores hablan los colores olímpicos -el blanco y el celeste- que distinguen vuestra bandera y que debéis contemplar siempre con una mirada aguda y penetrante como la del águila, que campea en vuestro escudo.

Queridos amigos, durante sus cien años de vida, la Sociedad deportiva Lacio ha ofrecido a innumerables jóvenes y adultos la posibilidad de forjar su personalidad con los exigentes desafíos del deporte. Lo atestiguan los muchos premios, italianos e internacionales, que han recibido atletas formados en vuestras instalaciones. Pero es justo recordar también el empeño concreto que vuestra asociación ha puesto en los vastos campos de la solidaridad y del voluntariado. A este respecto, merece una mención especial la labor realizada por vuestros socios con ocasión de la reciente e inolvidable Jornada mundial de la juventud, y la ayuda concreta prestada al jubileo de las familias.

A la vez que os expreso mi aprecio por el bien realizado, os exhorto a proseguir por este camino al servicio de la juventud, de la familia y de la sociedad entera.

Con estos deseos, invoco sobre vosotros la maternal protección de María y a todos os bendigo con afecto.

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