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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS CATÓLICOS DE TIERRA SANTA

A Su Beatitud Michel SABBAH
Patriarca latino de Jerusalén
Presidente de la Asamblea de los
Ordinarios católicos de Tierra Santa


Las pruebas que las poblaciones de Tierra Santa atraviesan en estos días son para mí motivo de gran sufrimiento y deseo expresar a cada uno, sin excepción alguna, mi total solidaridad.
El paso brutal de la negociación al enfrentamiento constituye, sin duda alguna, un fracaso para la paz, pero nadie debe caer en el fatalismo:  los pueblos israelí y palestino  están  llamados, por la geografía y  por la historia, a vivir juntos.

Para hacerlo de modo pacífico y duradero es preciso que a toda persona se le garanticen sus derechos fundamentales:  tanto el pueblo israelí como el palestino tienen derecho a vivir en su propia tierra con dignidad y seguridad.

Sólo la vuelta a la mesa de negociaciones en situación de igualdad, respetando el derecho internacional, podrá abrir un futuro de fraternidad y paz a quienes viven en esa tierra bendita.
Recordando mi peregrinación a Tierra Santa, hace algunos meses, pienso con emoción en todos esos lugares que hablan de la historia de Dios con el hombre y que son una llamada a colaborar para que la violencia, el odio o la sospecha nunca más desfiguren esa parte del mundo.

Os animo a vosotros, obispos católicos de Tierra Santa, así como a todos los responsables de las comunidades cristianas, a renovar vuestros esfuerzos para que el respeto mutuo, con humildad y confianza, impregne las relaciones entre todos.

Asimismo, hago un llamamiento a todos los que tienen la misión de guiar a los fieles del judaísmo y del islam para que saquen de su fe todas las energías necesarias a fin de lograr que la paz interior y exterior, a la que aspiran los pueblos, se haga realidad.
Invito a la comunidad internacional a proseguir sus esfuerzos con el fin de ayudar a unos y otros a hallar soluciones que les garanticen la seguridad anhelada y la justa tranquilidad, prerrogativas de toda nación y condiciones de vida y de progreso para toda sociedad.

A la vez que invoco sobre todos los hombres de buena voluntad la bendición de Dios todopoderoso, que anuncia la paz para su pueblo y para sus fieles, para cuantos ponen en él su esperanza (cf. Sal 85, 9), imparto a Su Beatitud y a sus hermanos en el episcopado, así como a todos los fieles encomendados a su solicitud, una afectuosa bendición apostólica.

Vaticano, 6 de noviembre de 2000

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