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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE
LA INAUGURACIÓN DEL CURSO EN LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL SAGRADO CORAZÓN
Jueves 9 de noviembre de 2000
Rector magnífico; ilustres decanos; distinguidos
profesores; señores médicos y auxiliares; amadísimos estudiantes:
1. Me alegra mucho poder encontrarme de nuevo con vosotros, correspondiendo
a la visita que me hicisteis el pasado 13 de abril en la basílica de San Pedro,
cuando la Universidad católica quiso celebrar su jubileo de manera solemne.
En esta solemne ocasión, me encuentro con toda la realidad de la Universidad
católica. Por tanto, no sólo os saludo de corazón a vosotros aquí presentes,
sino también a quienes están en conexión con nosotros desde las sedes que el
ateneo tiene en Milán, Brescia y Piacenza. Dirijo un saludo especial al
cardenal Camillo Ruini, mi vicario general para la diócesis de Roma y
presidente de la Conferencia episcopal italiana, así como a las demás ilustres
personalidades y autoridades civiles y religiosas que nos honran con su
presencia. Agradezco de corazón al honorable Emilio Colombo, presidente del
Instituto Toniolo, y al profesor Sergio Zaninelli, rector magnífico de la
Universidad, las nobles palabras que me han dirigido.
2. Vengo a alegrarme con vosotros por el octogésimo aniversario de la
Universidad católica del Sagrado Corazón y del Instituto "Giuseppe
Toniolo" de estudios superiores, al que el padre Gemelli, el ardiente
franciscano que está en vuestros orígenes, confió la fundación de esta
Universidad católica y la tarea de sostenerla y velar por ella en adelante. A
juzgar por la vitalidad que la Universidad ha demostrado durante estos ochenta años,
esa tarea se ha cumplido eficazmente. El hecho de dar al Instituto el nombre del
venerable Toniolo, que preparó los tiempos y el terreno de la Universidad con
una vida entregada totalmente a la causa de la "cultura cristiana",
fue una indicación programática puesta en el código genético de este ateneo.
Consagrado con santa audacia al Sagrado Corazón, vive desde entonces para
mostrar la íntima armonía de fe y razón y, al mismo tiempo, para formar
profesionales y científicos que sepan realizar una síntesis entre Evangelio y
cultura, esforzándose por hacer del compromiso cultural un camino de santidad.
3. Cultura y santidad. Al pronunciar este binomio, no debemos temer
establecer una relación indebida. Al contrario, estas dos dimensiones, bien
entendidas, se encuentran en la raíz, se alían con naturalidad en el camino y
coinciden en la meta final.
Se encuentran en la raíz. ¿No es Dios, el tres veces Santo (cf. Is
6, 3), la fuente de toda luz para nuestra inteligencia? Si vamos hasta el fondo
de las cosas, detrás de cada conquista cultural se encuentra el misterio. En
efecto, toda realidad creada remite, más allá de sí misma, a Dios, que es su
fuente última y su fundamento. Además, el hombre, precisamente mientras
investiga y aprende, reconoce su condición de criatura, experimenta una
admiración siempre nueva ante los dones inagotables del Creador, y se proyecta
con su inteligencia y su voluntad hacia lo infinito y lo absoluto. Una cultura
auténtica no puede por menos de manifestar el signo de la saludable inquietud
esculpida admirablemente por san Agustín al inicio de sus Confesiones:
"Nos has creado para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que
descanse en ti" (Conf., I, 1).
4. Por tanto, los compromisos cultural y espiritual, lejos de excluirse o
de estar en tensión entre sí, se sostienen recíprocamente. Ciertamente, la
inteligencia tiene sus leyes y sus itinerarios, pero puede beneficiarse mucho de
la santidad de la persona que investiga. En efecto, la santidad pone al
estudioso en una condición de mayor libertad interior, da mayor sentido a su
esfuerzo, y sostiene su trabajo con la contribución de las virtudes morales que
forjan hombres auténticos y maduros. ¡El hombre no se puede dividir! Si tiene
valor el antiguo dicho: "Mens sana in corpore sano", con
mayor razón se puede decir: "Mens sana in vita sancta".
El amor a Dios, con la adhesión coherente a sus mandamientos, no mortifica,
sino que exalta el vigor de la inteligencia, favoreciendo el camino hacia la
verdad. Cultura y santidad es, por tanto, el binomio "vencedor"
para la construcción del humanismo pleno cuyo modelo supremo es Cristo,
revelador de Dios y revelador del hombre al hombre (cf. Gaudium et spes,
22). Las aulas de una universidad católica deben ser un laboratorio cualificado
de este humanismo.
5. A este propósito, es providencial que mi encuentro con vosotros
coincida con el décimo aniversario de la constitución apostólica Ex corde
Ecclesiae, que firmé el 15 de agosto de 1990. Como es sabido, en ella
describí las características imprescindibles de una universidad católica,
definiéndola "lugar primario y privilegiado para un provechoso diálogo
entre Evangelio y cultura" (n. 43). Permitidme que os vuelva a entregar
este documento, confiando en que realicéis una relectura atenta y
comprometedora, para que vuestra Universidad, honrando plenamente la intuición
de su fundador, encarne cada vez mejor este ideal. No os separa del estilo de
las otras universidades, y mucho menos del diálogo constructivo con la sociedad
civil; al contrario, os pide que estéis presentes en ella con una contribución
específica, siendo fieles a las exigencias cristianas y eclesiales inscritas en
vuestra identidad. Sed discípulos de la verdad hasta las últimas
consecuencias, aun cuando debáis soportar la incomprensión y el
aislamiento. Las palabras de Jesús son perentorias: "La verdad os
hará libres" (Jn 8, 32).
6. Precisamente desde esta perspectiva, creo que tiene gran significado
cuanto hoy habéis querido realizar con dos iniciativas que me complacen mucho.
Me refiero, ante todo, al nuevo Instituto científico internacional "Pablo
VI" de investigación sobre la fertilidad y la infertilidad humana, que
vuestra Universidad ha decidido constituir precisamente en este hospital policlínico,
como el rector magnífico acaba de anunciar. Este instituto desea reunir a
investigadores cualificados en el sector de esta delicada problemática, para
que encuentren soluciones cada vez más eficaces, en la línea de la ética
sexual y procreadora reafirmada constantemente por el Magisterio.
Con este mismo espíritu, aprecio vivamente el testimonio que la Universidad católica
ha querido dar hoy con el documento firmado por algunos de vuestros ilustres
profesores sobre el tema: "Desarrollo científico y respeto al
hombre", con una referencia específica al problema del uso de embriones
humanos en la investigación sobre las células estaminales. En temas como este,
no está en juego un aspecto secundario de la cultura, sino un conjunto de
valores, de investigaciones y de comportamientos, del que depende en gran medida
el futuro de la humanidad y de la civilización.
7. Amadísimos profesores y alumnos, proseguid por este apasionante camino
de una investigación cada vez más rigurosa desde el punto de vista científico,
pero, al mismo tiempo, atenta a las dimensiones de la ética, a las exigencias
de la fe y a la promoción del hombre.
En particular, deseo que este compromiso se traduzca también en un clima de
vida académica que sepa conjugar siempre el esfuerzo de la inteligencia con el
de una auténtica experiencia cristiana. La universidad no sólo está destinada
a desarrollar el conocimiento, sino también a formar a las personas. No hay que
subestimar jamás esta misión educativa. Por lo demás, para la misma transmisión
de la verdad será muy beneficioso un clima de relaciones humanas impregnado de
los valores de la sinceridad, la amistad, la gratuidad y el respeto recíproco.
Estoy convencido de que, si los profesores anhelan ser verdaderos formadores,
deben serlo no sólo como maestros de doctrina, sino también como maestros
de vida. Para lograr todo esto contáis con una tradición muy rica de
testigos a quienes imitar. En este sentido, me ha impresionado un propósito del
venerable Toniolo, recogido en su Diario espiritual: "Tener la mayor
solicitud por mis discípulos, tratándolos como depósito sagrado, como amigos
queridos, a los que debo guiar por los caminos del Señor" (G. Toniolo, Voglio
farmi santo, Roma 1995, p. 60). Debéis inspiraros en este tipo de
testigos. Por eso, me alegra saber que, dentro de algunos días, en vuestro
hospital policlínico, que aprecio particularmente también por lo que ha
representado para mí en momentos difíciles de mi vida, la nueva capilla se
dedicará al santo médico Giuseppe Moscati. Quiera Dios que su figura sea para
vosotros una exhortación continua y un ideal concreto de vida: de las
aulas de la Universidad católica deberían salir muchos médicos como él.
8. Ahora me dirijo a vosotros, amadísimos estudiantes, con especial
afecto. El inicio del año académico os brinda la ocasión para reflexionar en
el sentido de vuestro estudio, con el fin de consolidar su perspectiva cristiana
en beneficio de vuestro servicio futuro a la sociedad. Vosotros seréis los
dirigentes del futuro, los agentes culturales, sociales y sanitarios de los próximos
decenios. Aplicaos con amor al esfuerzo del estudio y de la investigación, sin
limitaros a soñar en el éxito profesional, por lo demás legítimo, sino
buscando la belleza del servicio que podréis prestar para la construcción de
una sociedad más justa y solidaria. En particular vosotros, futuros médicos,
dotaos no sólo de la más rigurosa competencia científica, sino también de un
estilo humano que sepa responder a las expectativas profundas del enfermo y de
su familia; un estilo que permita percibir al que sufre la dimensión misteriosa
y redentora del dolor. Aprended desde ahora a tratar a los enfermos como Cristo
mismo.
También yo experimenté ese trato aquí, en el Gemelli. Y no puedo menos de
recordar al doctor Crucitti, que en paz descanse, y a muchos otros profesores,
así como a sor Ausilia. "Requiescant in pace".
9. Amadísima familia de la Universidad católica del Sagrado Corazón, han
pasado ochenta años desde que el sueño del padre Gemelli comenzó a hacerse
realidad. Esta realidad ha ido consolidándose gradualmente, de modo que hoy nos
parece imponente no sólo en sus dimensiones, sino también en la variedad y en
la calidad de sus servicios. La Italia católica puede sentirse orgullosa de
vosotros. Pero sé que todo el país os mira con respeto y aprecio. Es grande
vuestra tradición y también es grande la tarea que os espera. Hoy estáis
afrontando los desafíos de una fase histórica de cambios, en la que resultan
necesarias adaptaciones e innovaciones también en las estructuras
universitarias. Realizadlas con valentía e inteligencia, sin traicionar jamás
el espíritu que os anima desde siempre.
Os encomiendo una vez más en este camino a la Virgen santísima, Sedes
sapientiae, implorando su protección materna sobre vosotros, sobre vuestros
seres queridos y sobre vuestro trabajo. Con estos sentimientos, os imparto de
corazón a todos la bendición apostólica.
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