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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA SOCIEDAD SALESIANA DE SAN JUAN BOSCO

 

Al reverendísimo señor
Don JUAN EDMUNDO VECCHI
Rector mayor de la Sociedad Salesiana de San Juan Bosco


1. En 1875 partían los primeros salesianos hacia Argentina. Para vuestra familia religiosa era el inicio de una prometedora estación misionera que, con el paso del tiempo, sería cada vez más floreciente. Al recordar este año el 125° aniversario de ese acontecimiento, lo felicito cordialmente a usted y a todo el instituto, manifestando mi gratitud y mi aprecio a todos sus hermanos por el apostolado desarrollado según el espíritu típico de san Juan Bosco.

¿Quién no conoce el alma notablemente misionera de vuestro fundador? Muchos hermanos, numerosas Hijas de María Auxiliadora y multitud de laicos han seguido sus pasos, realizando en el carisma salesiano su vocación misionera. Durante estos 125 años han ido a tierras de misión más de diez mil religiosos. Muchos de ellos, antes de partir, recibieron el crucifijo en la basílica de María Auxiliadora, en Turín.

Sé que usted, reverendísimo señor, al recordar los inicios misioneros del instituto, ha querido dirigir un renovado llamamiento misionero a la congregación, al que han respondido 124 religiosos, religiosas y laicos. Estos generosos apóstoles recibirán de sus manos el mandato y el crucifijo que los acompañará en su ministerio apostólico. Proceden de todos los continentes, como signo de la difusión de la obra salesiana en todas las partes del mundo, y son enviados, en nombre de don Bosco y de la madre Mazzarello, a trabajar en todas las regiones de la tierra para realizar una intensa actividad de evangelización y educación de los jóvenes. En los centros abiertos en favor de las nuevas generaciones, en las obras profesionales y de iniciación en el trabajo, en las escuelas, en las parroquias, entre los sectores populares y con los muchachos de la calle, están llamados a formar y preparar para la vida social y religiosa a cuantos la Providencia les encomienda, a fin de que se conviertan a su vez en heraldos y testigos del Evangelio.

Y ¡cómo no recordar también que numerosos salesianos se encuentran en la vanguardia de la evangelización y prestan su servicio entre las poblaciones menos favorecidas y más necesitadas! Queridos hermanos y hermanas, proseguid esta acción apostólica tan útil, que mis venerados predecesores siempre han impulsado y bendecido. Proseguid con el mismo celo misionero de quienes os han precedido.

2. Al primer grupo de salesianos enviados en 1875 a América Latina se le recuerda por su vibrante espíritu misionero y se le señala también hoy como ejemplo para los miembros de la congregación salesiana que solicitan ir a tierras de misión. Su testimonio se considera, en cierto modo, como el paradigma de toda empresa apostólica que concierne a la entera familia salesiana, salida del oratorio de Turín.

Es el estilo de san Juan Bosco, que pedía a sus misioneros que vivieran con pasión el mismo Evangelio predicado por el Salvador y sus Apóstoles. "Debéis amar celosamente -decía-, profesar y predicar exclusivamente este Evangelio" (Memorias biográficas, XI, 387).

La entrega del mandato y del crucifijo, que se realiza en recuerdo de la primera expedición misionera, se inserta en el amplio marco del gran jubileo y quiere dar nuevo impulso no sólo a las misiones de la congregación, sino también a la vida espiritual de la familia salesiana. Los religiosos y las religiosas de la gran comunidad salesiana están comprometidos hoy en un trabajo común, uniendo sus esfuerzos. A ellos se suma la significativa e importante presencia de los laicos. En efecto, el discernimiento y la formación de vocaciones locales constituye una parte necesaria y delicada del ministerio misionero de los nuevos enviados, prosiguiendo cuanto empezó don Bosco.

La presencia de veintitrés laicos, hombres y mujeres, entre los nuevos misioneros, que son enviados en esta circunstancia, pone de relieve lo que están haciendo los hijos y las hijas de don Bosco para la valorización del laicado en la Iglesia. Se trata de jóvenes que han sentido la llamada misionera mientras trabajaban en la pastoral juvenil de la congregación. Ahora quieren dedicar un período de su vida a los hermanos y a las hermanas que viven en tierras lejanas, yendo como testigos de Cristo para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10, 7).

3. Doy gracias de corazón a Dios por la animación misionera que realizan los miembros de esa familia religiosa en el vasto campo de la Iglesia. Al mismo tiempo, espero que este feliz aniversario, enriquecido con el significativo acto de la entrega del mandato misionero y del crucifijo a los nuevos obreros de la mies, sea para las comunidades y para cada salesiano una ocasión de renovado compromiso en el testimonio evangélico y en la actividad misionera.

Invoco para ello la asistencia materna de María Auxiliadora de los cristianos y la intercesión de san Juan Bosco y de los numerosos santos y beatos salesianos. Que la protección divina acompañe siempre a vuestra familia espiritual y de modo especial a los misioneros y misioneras, a sus padres y a sus familiares.

Con estos sentimientos, le imparto de corazón a usted, reverendísimo rector mayor, a los hermanos, a las Hijas de María Auxiliadora y a los laicos que cooperan en cada sector de vuestra actividad salesiana, la bendición apostólica, que extiendo complacido a cuantos participen en las solemnes celebraciones jubilares.

Vaticano, 9 de noviembre de 2000

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