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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN LA XV CONFERENCIA INTERNACIONAL SOBRE "SALUD Y
SOCIEDAD" ORGANIZADA POR EL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PASTORAL DE LA
SALUD
Viernes 17 de noviembre de 2000
Venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio; ilustres
señores; amables señoras:
1. Me alegro de este encuentro, que me permite saludaros con ocasión del
XV Congreso internacional organizado por el Consejo pontificio para la pastoral
de la salud. Dirijo un saludo particular al presidente del Consejo pontificio,
monseñor Javier Lozano Barragán, a quien agradezco los sentimientos que me ha
expresado en nombre de todos los presentes. Expreso mi viva complacencia a los
organizadores y también a los ilustres estudiosos, científicos, investigadores
y expertos, que han querido honrar con su presencia y su contribución
profesional esta conferencia.
Las jornadas del Congreso, que este año afronta un tema importante y complejo
como "Sanidad y sociedad", os ayudan a profundizar las nuevas tecnologías
biomédicas y los difíciles interrogantes que plantean al mundo de la sanidad
los actuales profundos cambios sociales. Vuestro encuentro ha favorecido un diálogo
provechoso y un intercambio cultural y religioso entre agentes cualificados en
el ámbito de la salud.
2. El tema del Congreso pone de relieve una realidad de gran alcance y en
continua transformación, que es necesario analizar atentamente. En particular,
os habéis planteado, por una parte, el problema de las relaciones entre
sociedad e instituciones, y, por otra, el de los gestores de los medios de la
asistencia sanitaria. Son profundos los cambios que están afectando a las
estructuras tradicionales de una sociedad cada vez más globalizada, a la que le
resulta difícil prestar atención a cada persona, y a una medicina comprometida
en el desarrollo de medios diagnósticos y terapéuticos cada vez más
complicados y eficaces, pero que a menudo sólo están a disposición de grupos
limitados de personas. Además, hoy es muy conocido el papel de la causalidad
ambiental en la aparición de algunas enfermedades, debido a la presión de la
sociedad y al fuerte impacto tecnológico sobre las personas. Por tanto, es
preciso recuperar algunos criterios de discernimiento ético y antropológico,
que permitan valorar si las opciones de la medicina y de la sanidad son
verdaderamente a la medida del hombre al que deben servir.
3. Pero antes la medicina debe responder a la cuestión de la naturaleza
misma de su misión. Conviene preguntarse si el acto médico-sanitario encuentra
su razón de ser en la prevención de la enfermedad, y, cuando ya existe, en su
curación, o si se debe aceptar cualquier petición de intervención en el
cuerpo con tal que sea técnicamente posible. El interrogante es más amplio aún,
si se considera el mismo concepto de salud. Por lo general, hoy se reconoce la
insuficiencia de una noción de salud limitada exclusivamente al bienestar
fisiológico y a la ausencia de sufrimiento. Como escribí en el Mensaje para
la Jornada mundial del enfermo de este Año jubilar, "la salud, (...)
lejos de identificarse con la simple ausencia de enfermedades, se presenta como
aspiración a una armonía más plena y a un sano equilibrio físico, psíquico,
espiritual y social. Desde esta perspectiva, la persona misma está llamada a
movilizar todas las energías disponibles para realizar su propia vocación y el
bien de los demás" (n. 13: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 20 de agosto de 1999, p. 5). Se trata de un complejo concepto
de salud, más acorde con la sensibilidad actual, que tiene en cuenta el
equilibrio y la armonía de la persona en su globalidad: hacéis bien en
dedicarle vuestra atención.
El interrogante que acabo de plantear es importante, porque de él deriva el
perfil de los agentes sanitarios que hay que formar, así como el estilo de los
centros de salud que se pretende realizar e incluso el modelo de medicina que se
quiere adoptar: una medicina al servicio del bienestar integral de la
persona o, por el contrario, una medicina que busca únicamente la eficiencia técnica
y organizativa. Vosotros sois conscientes de que una ciencia médica desviada no
sólo pondría efectivamente en peligro la vida de las personas, sino también
la misma convivencia social. Una medicina que buscara principalmente acumular
conocimientos con vistas a su eficiencia tecnológica, traicionaría su ethos
originario, abriendo la puerta a un desarrollo perjudicial. Sólo sirviendo al
bienestar integral del hombre, la medicina contribuye a su progreso y a su
felicidad, y no se transforma en instrumento de manipulación y de muerte.
4. Vosotros, ilustres cultivadores de las ciencias biomédicas, sabéis
respetar muy bien en vuestras actividades las leyes metodológicas y hermenéuticas
propias de la investigación científica. Estáis convencidos de que no son una
carga arbitraria, sino más bien una ayuda indispensable que garantiza la
fiabilidad y la comunicabilidad de los resultados obtenidos. Sabed reconocer
siempre con igual esmero las normas éticas, en cuyo centro está el ser humano
con su dignidad de persona: el respeto de su derecho a nacer, a vivir y a
morir de modo digno constituye el imperativo de fondo en el que debe inspirarse
siempre la práctica de la medicina. Haced todo lo que esté a vuestro alcance
para sensibilizar a la comunidad social, a los sistemas sanitarios nacionales y
a sus responsables, a fin de que los considerables recursos destinados a las
investigaciones y a las aplicaciones técnicas tengan siempre como finalidad el
servicio integral a la vida.
Sí, el centro de la atención y de los cuidados tanto del sistema sanitario
como de la sociedad debe ser siempre la persona, a la que se ha de considerar
concretamente insertada en una familia, en un trabajo, en un ambiente social y
en un área geográfica. Así pues, salir al encuentro del enfermo quiere decir
salir al encuentro de la persona que sufre, y no simplemente tratar un cuerpo
enfermo. Por eso a los profesionales de la salud se les exige un compromiso que
tiene las características de una vocación. La experiencia os enseña que la
petición de los enfermos va más allá de una simple solicitud de curación de
sus patologías orgánicas. Esperan del médico el apoyo para afrontar el
inquietante misterio del sufrimiento y de la muerte. Vuestra misión consiste en
dar a los enfermos y a sus familiares razones de esperanza ante los apremiantes
interrogantes que los agobian. La Iglesia está cerca de vosotros y comparte
este apasionante servicio a la vida.
5. En una sociedad globalizada como la actual, con mayores potencialidades
técnicas, pero también con nuevas dificultades, en los trabajos del congreso
muy oportunamente habéis dedicado especial atención a las nuevas enfermedades
del siglo XXI. Habéis analizado las condiciones en que se encuentra la sanidad
en algunas regiones del mundo, donde no hay políticas de apoyo ni siquiera para
los cuidados primarios. A este propósito, he recordado muchas veces la
responsabilidad de los gobiernos y de las organizaciones internacionales. Por
desgracia, a pesar de notables esfuerzos, en los últimos decenios se han
acentuado mucho las desigualdades entre los pueblos. Hago un nuevo llamamiento a
quienes dirigen el destino de las naciones, a fin de que hagan todo lo posible
por favorecer condiciones adecuadas para resolver esas situaciones tan dramáticas
de injusticia y marginación.
6. A pesar de las sombras que aún se ciernen sobre numerosos países, los
cristianos miran con esperanza al vasto y variado mundo de la sanidad. Saben que
están llamados a evangelizarlo con el vigor de su testimonio diario,
convencidos de que el Espíritu renueva continuamente la faz de la tierra e
impulsa siempre con sus dones a las personas de buena voluntad a abrirse a la
invitación al amor. Quizá haya que recorrer nuevos caminos para favorecer
respuestas adecuadas a las expectativas de tantas personas probadas. Confío en
que a cuantos buscan con corazón sincero el bien integral de la persona no les
falte la luz de Dios necesaria para emprender oportunas iniciativas al respecto.
Que la Virgen, Sede de la sabiduría y Salud de los enfermos, invocada en la
tradición como nueva Eva, guíe vuestro camino, amadísimos hermanos y
hermanas. Estáis comprometidos en una de las causas más nobles: la
defensa de la vida y la promoción de la salud. El Señor os sostenga en la
investigación y os dé siempre nuevo impulso en el servicio nobilísimo que
prestáis en bien de vuestros semejantes.
Con este deseo, que se convierte en oración, os imparto a todos mi bendición.
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