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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA IGLESIA SIRO-MALANKAR

Lunes 20 de noviembre de 2000

Querido arzobispo Baselios;
queridos peregrinos de la Iglesia siro-malankar;
queridos profesores y alumnos del Pontificio Instituto San Juan Damasceno:
 

1. Habéis venido a Roma desde la India y desde diversos lugares para celebrar el gran jubileo del año 2000 y vuestra oración junto a las tumbas de los Apóstoles san Pedro y san Pablo es un signo luminoso de nuestra profunda comunión en Cristo.

Hace setenta años, el arzobispo metropolitano Mar Ivanios, el obispo Mar Theophilos y sus compañeros entraron en comunión plena con la Sede de Pedro, porque estaban profundamente convencidos de la verdad de las palabras escritas bajo la cúpula de la basílica vaticana:  Hinc una fides mundo refulget, "Desde aquí la única fe brilla sobre el mundo". Comprendieron que "la Iglesia es una sola. La Iglesia de Cristo de Oriente y de Occidente" (Orientale lumen, 20). Sabían que, al entrar en la comunión de la Iglesia católica, "de ninguna manera deseaban renegar de la fidelidad a su tradición" (ib., 21). Desde entonces, Dios ha bendecido abundantemente a  la  Iglesia siro-malankar en su obra de promoción de la unidad cristiana.

Ahora que coronáis vuestras celebraciones jubilares ofreciendo la santa Qurbana, os pido que invoquéis el amor de Dios sobre los cristianos de las Iglesias orientales, para que nos conceda descubrir, de un modo nuevo y más profundo, que en realidad "caminábamos juntos hacia el único Señor y, por tanto, los unos hacia los otros" (ib., 28). Orad también a fin de que este redescubrimiento entre los cristianos de Oriente sea una bendición para toda la Iglesia en el alba del tercer milenio.

2. Me alegra especialmente dar la bienvenida al rector, a los profesores y a los sacerdotes alumnos del Instituto pontificio San Juan Damasceno en este año en que, con ocasión de la fiesta de vuestro patrono celestial, celebráis el 60° aniversario de la fundación de vuestro instituto, creado por el Papa Pío XII. Demos juntos gracias hoy a Dios por los numerosos dones que ha derramado durante estos años.

Vuestros sacerdotes residentes en el Instituto proceden de las Iglesias siro-malankar y siro-malabar y, por tanto, todos sois hijos de santo Tomás apóstol, a cuya obra misionera debéis vuestra fe cristiana. Con razón os sentís orgullosos no sólo de la rica herencia de vuestras Iglesias, sino también de su fervor apostólico, su energía pastoral y sus numerosas vocaciones. Esta es la vitalidad cristiana que traéis a Roma, y la Iglesia de Roma, por su parte, os ofrece sus dones. Aquí podéis llegar a profundizar más el sentido de la misión especial del Sucesor del apóstol san Pedro, el primer servidor de la unidad de todos los fieles de Cristo. Aquí podéis aprender mejor lo que significa pertenecer a la Iglesia universal, y experimentar más la alegría y la gratitud que esto suscita en los corazones cristianos.

Queridos hermanos en el episcopado, queridos amigos en Cristo, que durante vuestras celebraciones jubilares resuenen profundamente en cada uno de vosotros estas palabras del Salmista:  "Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos" (Sal 132, 1). Y que la santísima Madre de Dios, por quien la luz resplandeció en la tierra, os guíe y os ampare durante vuestra peregrinación. Como prenda de gracia y de paz en su Hijo divino, nuestro Señor Jesucristo, os imparto cordialmente mi bendición apostólica.

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