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AUDIENCIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS ASAMBLEÍSTAS DE LA UNIÓN INTERNACIONAL DE JURISTAS CATÓLICOS
Viernes
24 de noviembre de 2000
Señor presidente; queridos amigos:
1. Me alegra acogeros, miembros de la Unión internacional de
juristas católicos, que celebráis vuestro jubileo y os habéis reunido
para vuestra asamblea plenaria; doy las gracias a vuestro presidente, profesor
Joël-Benoît d'Onorio.
Me complace que la Unión internacional de juristas católicos ponga en
contacto a juristas católicos de todo el mundo, vinculados a realidades no sólo
políticas sino también tradicionales e históricas muy diversas; responde así
a su vocación profunda y recuerda el carácter universal del derecho. No por
casualidad vuestra revista lleva el título significativo de Juristas del
mundo entero. Sin embargo, el carácter católico no es un signo de separación
y aislamiento, sino más bien un signo de apertura y una manifestación del
servicio que los juristas quieren prestar a toda la comunidad humana.
2. Con todo, es necesario reconocer que sobre el derecho se cierne el
peligro del particularismo. El particularismo actúa legítimamente para
salvaguardar el genio específico de cada pueblo y de cada cultura; pero, muy a
menudo, cuando pierde de vista la unidad esencial del género humano, no sólo
causa separaciones sino también situaciones injustificadas de fractura y
conflicto. Ciertamente, el enfoque mismo del estudio y de la teoría del
derecho puede diferenciarse legítimamente, aunque la gran tradición científica
del derecho romano, que la Iglesia católica ha apreciado mucho a lo largo de su
historia, ha dejado una impronta ante la cual ningún jurista,
independientemente de la escuela a la que pertenezca, puede permanecer
indiferente. Pero por encima de cualquier distinción entre los sistemas, las
escuelas y las tradiciones jurídicas, se impone un principio de unidad. El
derecho nace de una profunda exigencia humana, que está presente en todos los
hombres y que no puede resultar ajena o marginal a ninguno de ellos: se
trata de la exigencia de justicia, que es la realización de un orden
equilibrado de las relaciones interpersonales y sociales, aptas para garantizar
que cada uno reciba lo que le corresponde y nadie sea privado de lo que le
pertenece.
3. El antiguo y siempre inigualado principio de justicia "unicuique
suum" supone, en primer lugar, que todo hombre tiene lo que le
corresponde como propio y a lo cual no puede renunciar: reconocer el bien
de cada uno y promoverlo constituye un deber específico de todo hombre. El
orden de la justicia no es un orden estático, sino dinámico, precisamente
porque la vida de las personas y de las comunidades es dinámica; como decía
san Buenaventura, no se trata de un ordo factus, sino de un ordo
factivus, que exige el ejercicio continuo y apasionado de la sabiduría, que
los latinos llamaban iurisprudentia, sabiduría que puede poner en acción
todas las energías de la persona y cuyo ejercicio constituye una de las prácticas
virtuosas más elevadas del hombre. La posibilidad de dar lo debido no sólo al
familiar, al amigo, al compatriota y al correligionario, sino también a todo
ser humano, simplemente porque es una persona, simplemente porque lo exige la
justicia, honra al derecho y a los juristas. Si existe una manifestación de la
unidad del género humano y de la igualdad entre todos los seres humanos, es
precisamente la del derecho, que no puede excluir a nadie de su horizonte, pues
de lo contrario alteraría su identidad específica.
En esta perspectiva, los esfuerzos de la comunidad internacional desde hace
algunos decenios para proclamar, defender y promover los derechos humanos
fundamentales son el mejor modo para que el derecho realice su vocación
profunda. Por eso, los juristas deben ser siempre los primeros en comprometerse
en la defensa de los derechos del hombre, dado que a través de ellos se
defiende la identidad misma de la persona humana.
4. Nuestro mundo necesita hombres y mujeres que, con valentía, se opongan
públicamente a las innumerables violaciones de los derechos, que
desgraciadamente siguen constituyendo un desprecio hacia las personas y hacia la
humanidad. Por su parte, los juristas están llamados -esta es una de las tareas
de la Unión internacional de juristas católicos- a denunciar todas las
situaciones en las que se menoscaba la dignidad de la persona o en las que,
aunque en apariencia se busque su defensa, en realidad se la ofende gravemente.
Con mucha frecuencia hoy no se reconoce a la libertad de pensamiento y a la
libertad de religión el estatuto jurídico de derechos fundamentales que les
corresponde; en numerosas partes del mundo, incluso a nuestras puertas, se
violan de manera injustificable los derechos de las mujeres y de los niños.
Existen cada vez más casos en los que el legislador y el magistrado pierden la
conciencia del valor jurídico y social específico de la familia, y en los que
se muestran dispuestos a poner en el mismo plano legal otras formas de vida en
común, que crean mucha confusión en el campo de las relaciones conyugales,
familiares y sociales, negando en cierto modo el valor del compromiso específico
de un hombre y de una mujer, y el valor social en el que se funda ese
compromiso. Muchos de nuestros contemporáneos no respetan el derecho a la vida,
derecho primordial y absoluto que no depende del derecho positivo sino del
derecho natural y de la dignidad de todo hombre, o lo subestiman como si se
tratara de un derecho disponible y no esencial; basta pensar en el
reconocimiento jurídico del aborto, que elimina a un ser humano frágil durante
su vida prenatal en nombre de la autonomía de decisión del más fuerte sobre
el más débil; y en la insistencia con la que algunos hoy tratan de promover el
reconocimiento de un supuesto derecho a la eutanasia, un derecho de vida y de
muerte, para sí mismos o para los demás. Existen también casos en los que el
magistrado y el legislador toman decisiones independientemente de cualquier
valor moral, como si el derecho positivo pudiera tener en sí mismo su propio
fundamento y hacer abstracción de los valores trascendentes. Un derecho que se
aparte de los fundamentos antropológicos y morales entraña numerosos peligros,
dado que somete las decisiones al puro arbitrio de las personas que las
adoptan, sin tener en cuenta la dignidad insigne de los demás.
Para el mundo jurídico es importante proseguir una línea hermenéutica y
recordar constantemente los fundamentos del derecho a la memoria y a la
conciencia de todos, legisladores, magistrados y simples ciudadanos, ya que no
está únicamente en juego el bien de una persona o de una comunidad humana
determinadas, sino el bien común, que supera la suma de los bienes
particulares.
5. Así pues, el campo de acción de los juristas es vasto y, al mismo
tiempo, está sembrado de asechanzas. Por su parte, los juristas católicos no
son depositarios de una forma particular de saber: su identidad católica
y la fe que los anima no les proporcionan conocimientos específicos, de los que
estarían excluidos quienes no son católicos. Lo que poseen los juristas católicos
y quienes comparten la misma fe es la conciencia de que su trabajo apasionado en
favor de la justicia, de la equidad y del bien común se inscribe en el proyecto
de Dios, que invita a todos los hombres a reconocerse como hermanos, como hijos
de un Padre único y misericordioso, y que da a los hombres la misión de
defender a toda persona, en particular a las más débiles, y de construir la
sociedad terrena en conformidad con las exigencias evangélicas. Ciertamente, el
establecimiento de la fraternidad universal no podrá conseguirse sólo con los
esfuerzos de los juristas; pero su contribución a la realización de esa tarea
es específica e indispensable. Forma parte de su responsabilidad y de su misión.
Con este espíritu de servicio a vuestros hermanos realizáis vuestra
peregrinación jubilar. Que el Espíritu Santo os asista en vuestra tarea. Os
encomiendo a la intercesión de la Virgen María y de san Isidoro de Sevilla,
que fue un eminente jurista, y os imparto de todo corazón la bendición apostólica,
que extiendo a vuestras familias y a todos los miembros de vuestra unión
internacional.
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