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JUBILEO DEL APOSTOLADO DE LOS LAICOS
MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
AL CONGRESO INTERNACIONAL
DEL LAICADO CATÓLICO
Al venerado hermano
Cardenal JAMES FRANCIS STAFFORD
Presidente del Consejo pontificio para los laicos
1. En los próximos días se celebrará en Roma el Congreso del laicado
católico, organizado por ese Consejo pontificio para los laicos, sobre el
tema "Testigos de Cristo en el nuevo milenio". Se trata de una feliz
iniciativa que, durante el gran jubileo, constituirá para los participantes
una ulterior ocasión de crecimiento en la fe y en la comunión eclesial. En
efecto, la asamblea contará con la presencia de muchos laicos, además de
cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, que representarán
idealmente a todo el pueblo de los bautizados en el Señor, los christifideles
que, en medio de las tribulaciones del mundo y los consuelos de Dios (cf. 2
Co 1, 4), caminan hacia la casa del Padre. Así el congreso podrá ser un
momento de reflexión y de diálogo, de comunión en la fe y de oración, bien
insertado en el marco de las celebraciones del jubileo del apostolado de los
laicos, que culminará con la santa misa en la plaza de San Pedro, el día de
la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.
A través de usted doy las gracias al Consejo pontificio para los laicos, que
ha querido promover esta estimulante iniciativa, la cual nos pone a la escucha
de cuanto el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap 2, 7) mediante la
experiencia de fe de tantos laicos cristianos, hombres y mujeres de nuestro
tiempo.
2. El congreso constituye una continuación ideal de otros grandes
encuentros de fieles laicos que, durante los últimos cincuenta años, han
marcado etapas importantes en el camino de promoción y desarrollo del laicado
católico. En particular, pienso en los Congresos mundiales del apostolado de
los laicos que se celebraron en Roma en 1951, en 1957 y luego en 1967,
inmediatamente después del Concilio. Y pienso también en las dos Consultas
mundiales del laicado católico organizadas por el Consejo pontificio para los
laicos con ocasión del Año santo de 1975 y como preparación para la VII
Asamblea general del Sínodo de los obispos de 1987, cuyos resultados recogí
en la exhortación apostólica Christifideles laici.
A este propósito, la actual asamblea, como ya tuve oportunidad de subrayar,
"podrá servir para recapitular el camino del laicado desde el concilio
Vaticano II hasta el gran jubileo de la Encarnación" (Discurso al
Consejo pontificio para los laicos con ocasión de su XVIII asamblea plenaria,
1 de marzo de 1999, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 12 de marzo de 1999, p. 2). Partiendo de un balance de
la aplicación de las enseñanzas del Concilio a la vida y al apostolado de
los laicos, vuestro encuentro contribuirá seguramente a imprimir un nuevo
impulso a su compromiso misionero. Dimensión esencial de la vocación y de la
misión del cristiano es dar testimonio de la presencia salvífica de Dios en
la historia de los hombres, como dice oportunamente el tema del congreso:
"Testigos de Cristo en el nuevo milenio".
3. Durante los últimos decenios del siglo XX han florecido en la Iglesia
las semillas de una espléndida primavera espiritual. Debemos dar gracias a
Dios, por ejemplo, porque los fieles laicos, hombres y mujeres, han adquirido
una conciencia más clara de su dignidad de bautizados convertidos en
"criaturas nuevas"; de su vocación cristiana; de la exigencia de
crecer, en la inteligencia y en la experiencia de la fe,
como christifideles, o sea, como verdaderos discípulos del Señor; y
de su adhesión a la Iglesia.
Pero, al mismo tiempo, en un clima de secularización generalizada, muchos
creyentes sienten la tentación de alejarse de la Iglesia y, por desgracia, se
dejan contagiar por la indiferencia o aceptan componendas con la cultura
dominante. Por otra parte, no faltan entre los fieles actitudes selectivas y
críticas con respecto al Magisterio eclesial. Por consiguiente, para
despertar en las conciencias de los cristianos un sentido más vivo de su
identidad, se necesita, en el marco del gran jubileo, el serio examen de
conciencia del que hablé en la Tertio millennio adveniente (cf. n.
34). Hay preguntas esenciales, que nadie puede evitar: ¿Qué he hecho
de mi bautismo y de mi confirmación? ¿Cristo es verdaderamente el centro de
mi vida? ¿Encuentra espacio la oración en mis jornadas? ¿Vivo mi vida como
una vocación y una misión? Cristo sigue recordándonos: "Vosotros
sois la sal de la tierra. (...) Vosotros sois la luz del mundo. (...) Brille
así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 13. 14. 16).
4. La vocación y la misión de los fieles laicos sólo pueden
comprenderse a la luz de una renovada conciencia de la Iglesia "como
sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad
de todo el género humano" (Lumen gentium, 1), y del deber
personal de adherirse más firmemente a ella. La Iglesia es un misterio de
comunión que tiene su origen en la vida de la santísima Trinidad. Es el
cuerpo místico de Cristo. Es el pueblo de Dios que, unido por la misma fe,
esperanza y caridad, camina en la historia hacia la definitiva patria
celestial. Y nosotros, como bautizados, somos miembros vivos de este
maravilloso y fascinante organismo, alimentado por los dones sacramentales,
jerárquicos y carismáticos que son co-esenciales para él. Por eso, hoy es más
necesario que nunca que los cristianos, iluminados y guiados por la fe,
conozcan a la Iglesia tal como es, con toda su belleza y santidad, para
sentirla y amarla como su propia madre. Para este fin, es importante despertar
en todo el pueblo de Dios el verdadero sensus Ecclesiae, junto con la
íntima conciencia de ser Iglesia, es decir, misterio de comunión.
5. En el umbral del tercer milenio Dios llama a los creyentes, de modo
especial a los laicos, a un nuevo impulso misionero. La misión no es una añadidura
a la vocación cristiana. Es más, el concilio Vaticano II recuerda que la
vocación cristiana, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado (cf. Apostolicam
actuositatem, 2). Es preciso anunciar a Cristo con el testimonio de vida y
con la palabra, y, antes de ser compromiso estratégico y organizado, el
apostolado implica la grata y alegre comunicación a todos del don del
encuentro con Cristo. Una persona, o una comunidad, madura desde el punto de
vista evangélico, está animada por un intenso celo misionero que la impulsa
a dar testimonio de Cristo en todas las circunstancias y situaciones, en todo
ambiente social, cultural y político. A este propósito, como enseña el
concilio Vaticano II, "los laicos tienen como vocación propia el buscar
el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas
según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y
actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y
social, que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los
llama (...) para que, desde dentro, como el fermento, contribuyan a la
santificación del mundo" (Lumen gentium, 31).
Amadísimos hermanos y hermanas, la Iglesia os necesita y cuenta con vosotros.
La promoción y la defensa de la dignidad y de los derechos de la persona
humana, hoy más urgente que nunca, exige la valentía de personas animadas
por la fe, capaces de un amor gratuito y lleno de compasión, respetuosas de
la verdad sobre el hombre, creado a imagen de Dios y destinado a crecer hasta
llegar a la plenitud de Cristo Jesús (cf. Ef 4, 13). No os desaniméis
ante la complejidad de las situaciones. Buscad en la oración la fuente de
toda fuerza apostólica; hallad en el Evangelio la luz que guíe vuestros
pasos.
La complejidad de las situaciones no debe desalentaros; al contrario, debe
impulsaros a buscar con sabiduría y valentía respuestas adecuadas a la
petición de pan y trabajo, y a las exigencias de libertad, paz y justicia,
comunión y solidaridad.
6. Queridos fieles laicos, hombres y mujeres, estáis llamados a asumir
también, con generosa disponibilidad, vuestra parte de responsabilidad en la
vida de las comunidades eclesiales a las que pertenecéis. El rostro de las
parroquias, llamadas a ser acogedoras y misioneras, depende de vosotros. Ningún
bautizado puede permanecer ocioso. Los laicos cristianos, que participan en el
oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, y están enriquecidos con múltiples
carismas, pueden dar su contribución en el ámbito de la liturgia, de la
catequesis y de iniciativas misioneras y caritativas de diferentes tipos. Además,
algunos pueden ser llamados a desempeñar cargos, funciones o ministerios no
ordenados, tanto a nivel parroquial como diocesano (cf. Christifideles
laici, 14). Se trata de un servicio valioso y, en varias regiones del
mundo, cada vez más indispensable. Sin embargo, hay que evitar el peligro de
desnaturalizar la figura del laico con una atención excesiva a las exigencias
intraeclesiales. Por tanto, es preciso respetar, por una parte, la identidad
propia del fiel laico y, por otra, la del ministro ordenado, mientras que la
colaboración entre fieles laicos y sacerdotes y, en los casos y según las
modalidades establecidos por la disciplina eclesial, la suplencia de los
sacerdotes por parte de laicos deben realizarse con espíritu de comunión
eclesial, en la que las tareas y los estados de vida se consideran
complementarios y se enriquecen recíprocamente (cf. Instrucción sobre
algunas cuestiones relativas a la colaboración de los fieles laicos en el
sagrado ministerio de los sacerdotes).
7. La participación de los fieles laicos en la vida y en la misión de
la Iglesia se manifiesta y se apoya también en diversas asociaciones, muchas
de las cuales están representadas en este congreso. Sobre todo en nuestro
tiempo, constituyen un significativo medio para una formación cristiana más
profunda y para una actividad apostólica más eficaz. El concilio Vaticano II
afirma: "Las asociaciones no son un fin en sí mismas, sino que han
de servir a la misión que la Iglesia debe cumplir en el mundo; su eficacia
apostólica depende de la conformidad con los fines de la Iglesia y del
testimonio cristiano, del espíritu evangélico de cada uno de sus miembros y
de toda la asociación" (Apostolicam actuositatem, 19). Por tanto,
para permanecer fieles a su identidad, las asociaciones laicales deben
confrontarse siempre con los criterios de eclesialidad que describí en la
exhortación apostólica Christifideles laici (cf. n. 30).
Hoy podemos hablar de una "nueva época asociativa de los fieles
laicos" (ib., 29). Es uno de los frutos del concilio Vaticano
II. Además de las asociaciones de larga y benemérita tradición, observamos
un vigoroso y diversificado florecimiento de movimientos eclesiales y nuevas
comunidades. Este don del Espíritu Santo es un signo más de que Dios
encuentra siempre respuestas adecuadas y prontas a los desafíos planteados a
la fe y a la Iglesia en cada época. También aquí hay que agradecer a las
asociaciones, a los movimientos y a los grupos eclesiales el empeño que ponen
en la formación cristiana y el entusiasmo misionero que siguen
mostrando en la Iglesia.
8. Amadísimos hermanos y hermanas, durante estos días compartís
reflexiones y experiencias, haciendo un balance del camino recorrido y
dirigiendo la mirada al futuro. Al contemplar el pasado, podéis constatar
claramente cuán esencial es el papel de los laicos para la vida de la
Iglesia. ¡Cómo no recordar aquí las duras persecuciones que la Iglesia del
siglo XX ha sufrido en vastas áreas del mundo! Sobre todo gracias al valiente
testimonio de fieles laicos, a veces incluso hasta el martirio, la fe no ha
sido erradicada de la vida de pueblos enteros. La experiencia demuestra que la
sangre de los mártires se transforma en semilla de confesores, y los
cristianos debemos mucho a esos "soldados desconocidos de la gran causa
de Dios" (Tertio millennio adveniente, 37).
En cuanto al futuro, existen muchos motivos para encaminarnos al nuevo milenio
con fundada esperanza. La primavera cristiana, de la que ya podemos vislumbrar
muchos signos (cf. Redemptoris missio, 86), es perceptible en la opción
radical de la fe, en la auténtica santidad de vida y en el extraordinario
celo apostólico de muchos fieles laicos, hombres y mujeres, jóvenes, adultos
y ancianos. Por tanto, esta generación tiene la misión de llevar el
Evangelio a la humanidad del futuro. Vosotros sois los "testigos de
Cristo en el nuevo milenio", como dice el tema de vuestro congreso. Sed
muy conscientes de ello y responded con pronta fidelidad a esta urgente
llamada misionera. La Iglesia cuenta con vosotros.
Os deseo éxito en los trabajos de vuestra asamblea y, a la vez que invoco
sobre cada uno la protección de María, Reina de los Apóstoles y Estrella de
la nueva evangelización, le envío de corazón a usted, señor cardenal, y a
todos los participantes mi especial bendición, que extiendo de buen grado a
vuestros seres queridos y a cuantos encontráis en vuestro apostolado.
Vaticano, 21 de noviembre de 2000
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