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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II
A LA ASOCIACIÓN DEPORTIVA DE FÚTBOL ROMA
Jueves 30 de noviembre
1. Me alegra
acogeros, queridos amigos romanistas -directivos, atletas y aficionados-, que
formáis la Asociación deportiva de fútbol Roma. Os saludo con afecto y os
felicito por vuestra decisión de celebrar el jubileo juntos, como una gran
familia.
Dirijo un saludo especial al doctor Francesco Sensi, presidente de vuestra
asociación, que se ha hecho promotor de esta iniciativa espiritual, y le
agradezco las amables palabras con las que ha interpretado vuestros
sentimientos comunes.
Vuestra asociación ha querido tomar el nombre de "Roma" para
identificarse, de algún modo, con la historia de nuestra ciudad, rica en
acontecimientos gloriosos. Sabéis que es historia, en particular, de
santidad: al martirio de san Pedro y san Pablo siguió el de muchísimos
otros testigos; además, a lo largo de los siglos, numerosos santos y santas
han nacido o vivido en Roma. Asimismo, Roma, como sede del Sucesor de Pedro,
"preside la comunión de la caridad" (san Ignacio de Antioquía, Carta
a los Romanos, 1, 1).
El hecho de que vuestra asociación lleve el nombre de Roma es para vosotros,
queridos amigos romanistas, un singular compromiso de vivir coherentemente la
fe cristiana; una invitación a testimoniar diariamente, en vuestro ambiente,
el amor evangélico. Podríamos decir que el Señor os repite a vosotros, como
a todo creyente que vive en Roma, lo que dijo a san Pablo: "Es
preciso que des testimonio de mí en Roma" (Hch 23, 11).
2. A vosotros se os pide que deis este testimonio fiel especialmente en
el deporte, que se ha convertido en uno de los fenómenos típicos de nuestro
tiempo. El deporte interesa e implica a grandes multitudes, entre otras
causas, gracias a los medios de comunicación social, y se ha transformado en
un acontecimiento planetario en el que naciones y culturas diversas viven la
misma experiencia de fiesta. Precisamente por eso el deporte puede favorecer
la construcción de un mundo más fraterno y solidario, contribuyendo a la
superación de situaciones de incomprensión recíproca entre personas y
pueblos.
El deporte, si se vive de modo adecuado, se convierte en una especie de
ascesis, el ambiente ideal para el ejercicio de muchas virtudes. Algunas
de estas virtudes fueron subrayadas muy bien por mi venerado predecesor el
Papa Pío XII: "La lealtad, que impide recurrir a
subterfugios, la docilidad y la obediencia a las sabias órdenes
de quien dirige un ejercicio de equipo, el espíritu de renuncia cuando
es preciso sacrificarse en bien de los propios "colores", la fidelidad
a los compromisos, la modestia en los triunfos, la generosidad
con los vencidos, la serenidad cuando la suerte es adversa, la paciencia
con el público no siempre moderado, la justicia, si el deporte de
competición está vinculado a intereses financieros acordados libremente y,
en general, la castidad y la templanza ya recomendada por los
antiguos" (Discurso al Centro deportivo italiano, 5 de octubre de
1955).
Sin embargo, el deporte se convierte en fenómeno alienante cuando las
demostraciones de habilidad y de fuerza física desembocan en la idolatría
del cuerpo; cuando la competitividad exasperada lleva a considerar al
adversario como un enemigo al que hay que humillar; cuando la afición impide
una valoración objetiva de la persona y de los acontecimientos y, sobre todo,
cuando degenera en violencia. Además, cuando prevalece el interés comercial,
se puede transformar la práctica deportiva en mera búsqueda de lucro.
Otro aspecto que no hay que descuidar es que, a causa de la actual organización
de las competiciones deportivas, resulta a veces menos fácil para los
creyentes la debida santificación del día festivo, mientras que para las
familias resulta más difícil vivir juntos momentos de útil distensión.
3. En cuanto al fútbol, se trata de una actividad que pueden practicar
todos, desde los niños hasta los adultos, y que, por su capacidad de asociación,
crea un espectáculo apreciado en el marco de un clima generalizado de fiesta.
Por su índole popular, el fútbol responde a múltiples expectativas y ofrece
un entretenimiento sereno tanto a aficionados como a familias enteras.
Sin embargo, a veces se convierte en ocasión de enfrentamientos, con
preocupantes episodios de intolerancia y agresividad, y desemboca en graves
manifestaciones de violencia. ¡Qué importante es entonces recordar el
necesario respeto de la ética deportiva! ¡Cuán urgente es la
responsabilidad de los directivos, de los atletas, de los cronistas y de los
aficionados! Pienso, sobre todo, en los atletas que tienen ante sí un público,
especialmente formado por jóvenes, que los ve como modelos para imitar. Con
su ejemplo pueden transmitir mensajes de alto valor humano y espiritual. Al
contrario, los comportamientos incorrectos causan efectos nocivos que, por
desgracia, se amplifican con una resonancia negativa imprevisible. Siempre hay
que ser conscientes de esto.
4. Amigos de la Asociación deportiva de fútbol Roma, que vuestro
jubileo os ayude a comprender, a través de la metáfora del deporte, las
exigencias de la vida del espíritu. San Pablo recuerda que la existencia es
como una carrera en el estadio, en la que todos participan. Pero, mientras que
en las carreras sólo uno triunfa, en la competición de la vida todos pueden
y deben conquistar la victoria. Y, para poder hacerlo, es preciso ser
moderados en todo, tener la mirada fija en la meta, valorar el sacrificio y
entrenarse continuamente para evitar el mal y hacer el bien. Así, con la
ayuda de Dios, se conquista la meta celestial.
María, a quien en la capilla de vuestro centro deportivo invocáis como Salus
populi romani, os ayude en este partido que dura toda la vida; os proteja
a vosotros, a vuestras familias y a todo el pueblo de los romanistas. Por mi
parte, os bendigo a cada uno de vosotros y a cuantos se han unido a vosotros
para esta celebración jubilar.
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