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  DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PONTIFICIO COLEGIO ESPAÑOL
DE SAN JOSÉ EN ROMA

Viernes 1 de diciembre de 2000

  

Señor Rector y Superiores,
queridos alumnos
del Pontificio Colegio Español de San José en Roma: 
 

1. Me es grato saludaros cordialmente en este encuentro, con el cual habéis querido reafirmar vuestro afecto y adhesión al Sucesor de Pedro. Dais así también un especial realce a la celebración del V Centenario del nacimiento de san Juan de Avila, patrón del clero secular español, a la vez que os unís a las iniciativas del Episcopado en vuestro País para promover, en este Año del Gran Jubileo, una significativa renovación de los sacerdotes. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido el Rector, Don Lope Rubio Parrado, interpretando vuestros sentimientos y esperanzas de servir fielmente a la Iglesia ante los retos de la Nueva Evangelización. 

Vuestra presencia me recuerda mis dos visitas a sede actual del Colegio Español de Roma y, sobre todo, me hace sentir la cercanía de vuestras diócesis y lugares de origen, así como el fervor y la acogida de sus gentes, que he tenido oportunidad de visitar en los inolvidables viajes pastorales a España. Cuando tengáis ocasión, llevadles a todos mi saludo y mi afecto. 

2. El Colegio Español os acoge a cada uno de vosotros, enviado por el propio Obispo para enriquecer la propia Iglesia local con una formación académica más amplia y una experiencia más universal de la Iglesia. Ambos son aspectos sumamente importantes para el sacerdote de hoy, llamado a proclamar el Evangelio en ambientes cada vez más pluriformes, cambiantes y, a la vez, íntimamente relacionados entres sí. La comprensión intelectual profunda del mensaje cristiano permite su correcta acomodación a las diversas situaciones, así como una intensa experiencia del misterio de la Iglesia hace posible una acción evangelizadora que nace y tiene como objetivo la plena comunión en el Evangelio de Cristo, transmitido fielmente por los Apóstoles en plena comunión con Pedro, quien recibió el encargo de confirmar a sus hermanos en la fe (cf. Lc 22, 32). 

En este sentido, la estancia en Roma durante algún tiempo os ofrece la ocasión de conocer la riqueza de otras realidades eclesiales, de fraternizar con sacerdotes provenientes de diversas diócesis, promoviendo así un espíritu abierto a horizontes más amplios y universales. Por eso, el Colegio Español contribuye a “mantener la unidad de esfuerzos en un clima de colaboración apostólica, impulsar la vida multiforme del Pueblo de Dios, actuando como principio de unidad y de concordia en medio de la variedad de opiniones y situaciones” (Pablo VI, Discurso en el Colegio Español, 13 de noviembre de 1965). 

Tenéis también cerca el principio de unidad, al vivir en esta Iglesia de Roma donde, como decía San Ireneo, “los que se encuentran en todas partes han conservado la Tradición apostólica” (Adv. Haer., III, 3, 2). Además, la proximidad a la memoria de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, y de los primeros mártires es, sin duda alguna, fuente de vigor evangelizador y de vitalidad eclesial, pues hace ver mejor la estrecha vinculación de cualquier proyecto o acción pastoral, por remoto que sea su lugar de realización, con los orígenes mismos de la misión de la Iglesia. 

3. El Espíritu Santo continúa suscitando en España numerosas iniciativas para fortalecer la fe de vuestros pueblos y dar esplendor a sus manifestaciones, aún cuando no falten dificultades para un mayor florecimiento del Evangelio en vuestra tierra. Con vuestra preparación académica y la experiencia de estos años pasados en Roma podréis dar nuevo impulso a los esfuerzos de tantos paisanos y compatriotas vuestros para que, en la sociedad española, el espíritu del mundo no prevalezca sobre la Palabra de Dios. 

En esta tarea os será de ayuda el ejemplo, siempre actual, de san Juan de Ávila. Él resumía su programa en un simple consejo: “ore, medite, estudie” (Carta, 2, 285 a Fray Alfonso de Vergara). En efecto, la meditación y una intensa vida espiritual hacen posible transmitir con convicción el misterio de Cristo, que llena la existencia del sacerdote y del que tanto necesita una generación frecuentemente aquejada de vacío vital y de sinsentido. El estudio, a su vez, favorece una recta comprensión de la doctrina y, por tanto, la capacidad de enseñarla correctamente en cada situación concreta.   

Éste es el programa seguido fielmente por él mismo, al dar testimonio de una vida santa y dejar abundantes escritos con una doctrina sólida y una predicación elocuente. Ambas siguen siendo actuales y es motivo de satisfacción que se hayan hecho más accesibles a todos con una reciente reedición. Os invito a imitar el ejemplo de vuestro Santo Patrono, su constante afán de llevar Cristo a los hombres, su preocupación por el bien de sus hermanos sacerdotes, su especial sensibilidad ante las nuevas situaciones y su inquebrantable fidelidad a la Iglesia. 

 4. La Virgen Santísima, venerada en vuestro Colegio como Madre de la Clemencia, que ha acompañado a todos los Colegiales desde hace más de cien años, os sostenga en vuestros buenos propósitos. Que Ella y el Beato Fundador Manuel Domingo y Sol alcancen para vosotros las gracias necesarias para imitar a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Como confirmación de estos vivos deseos, me complace impartiros la Bendición Apostólica, que gustosamente extiendo a la Comunidad de Siervas de San José, así como al personal y demás colaboradores del Colegio.

         

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