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JUBILEO DE LAS PERSONAS DISCAPACITADAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 3 de diciembre de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Está a punto de concluir esta jornada jubilar de la "Comunidad con
las personas discapacitadas", que tuvo su momento culminante esta mañana
en la basílica de San Pablo extramuros con la celebración de la Eucaristía.
Saludo a todos los presentes, así como a cuantos están en conexión con
nosotros a través de la radio y la televisión.
Esta tarde de fiesta demuestra que la integración de las personas
discapacitadas ha mejorado, aunque aún quede mucho camino por recorrer. En
efecto, existen algunas importantes urgencias sobre las que es preciso
reflexionar.
Ante todo, el derecho que tiene todo discapacitado, tanto hombre como mujer, en
cualquier país del mundo, a una vida digna. No se trata sólo de
satisfacer determinadas necesidades, sino, más aún, de que se les reconozca su
deseo de acogida y de autonomía. Es preciso que la integración
se convierta en mentalidad y cultura, y, al mismo tiempo, que los
legisladores y los gobernantes presten a esta causa su apoyo coherente.
2. La investigación científica, por su parte, está llamada a garantizar toda
posible forma de prevención, tutelando la vida y la salud. Cuando no es
posible eliminar la discapacidad, siempre se pueden explotar las
potencialidades que la minusvalidez no destruye. Son potencialidades que se
han de sostener e incrementar, pues la rehabilitación, además de restituir
funciones comprometidas, activa otras y pone un dique a la decadencia.
Entre los derechos que es preciso garantizar no pueden olvidarse los derechos al
estudio, al trabajo, a la casa, a la supresión de las
barreras, no sólo arquitectónicas. Para los padres, además, es
importante saber que la sociedad se hace cargo del así llamado "después
de nosotros", permitiéndoles ver a sus hijos o hijas disminuidos
encomendados a la atención solícita de una comunidad dispuesta a cuidar de
ellos con respeto y amor.
3. La Iglesia, como solía decir mi venerado predecesor Pablo VI, es
"un amor que busca". ¡Cuánto quisiera que os sintierais acogidos y
abrazados por ese amor! Ante todo vosotras, queridas familias: las
que tienen hijos discapacitados y las que comparten su experiencia. Quiero
repetiros hoy que estoy cerca de vosotras. Gracias por el testimonio que dais
con la fidelidad, la fortaleza y la paciencia de vuestro amor.
Además de las familias en sentido propio, quisiera recordar a las comunidades
y asociaciones en las que las personas afectadas por diversas discapacidades
encuentran un ambiente adecuado para desarrollar sus potencialidades. ¡Qué don
tan precioso de la Providencia son, por ejemplo, las "casas-familia",
donde encuentran cordial y generosa acogida personas antes abandonadas a sí
mismas! Mucho más beneméritas son aún las diversas asociaciones en las
que, con espíritu de participación generosa, los límites no constituyen un
obstáculo, sino un incentivo a crecer juntos. Y ¿qué decir de los voluntarios,
que acompañan a los hermanos y hermanas necesitados? Vosotros, amadísimos
hermanos, sois un pueblo de testigos de la esperanza que, de forma silenciosa
pero eficaz, contribuís a construir un mundo más libre y fraterno.
4. La palabra del Señor ilumina este camino de solidaridad. Hace poco ha
resonado en esta sala el evangelio de las bienaventuranzas y sobre esta
pantalla gigante hemos podido admirar el rostro de Jesús misericordioso. En el
reino de Dios, como nos recuerda Cristo, se vive una felicidad "contra
corriente", que no se basa en el éxito y en el bienestar, sino que
encuentra su razón profunda en el misterio de la cruz. Dios se hizo hombre por
amor; quiso compartir hasta el fondo nuestra condición, eligiendo ser, en
cierto sentido, "discapacitado" para enriquecernos con su pobreza (cf.
Flp 2, 6-8; 2 Co 8, 9).
"Bienaventurados los pobres, los afligidos, los perseguidos a causa de la
justicia", porque será grande su recompensa en el cielo. Aquí radica la
paradoja de la esperanza cristiana: lo que parece humanamente una
desgracia, en el plan divino siempre es un proyecto de salvación. Volvamos
reconfortados a nuestra casa, después de esta jornada jubilar, marcada
profundamente por las bienaventuranzas evangélicas. Cristo, nuestro compañero
de viaje, es nuestra alegría. Dentro de pocos días lo contemplaremos en el
misterio de su Nacimiento: desde Belén, donde eligió hacerse uno de
nosotros, renovará su anuncio de felicidad. A nosotros corresponde la tarea de
hacer que ese anuncio llegue a todas partes, para que sea para cada uno fuente
de serenidad y de paz. Por esto ruego, mientras de corazón os bendigo a todos.
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