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ALOCUCIÓN DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II EN LA PRESENTACIÓN DEL NUEVO EVANGELIARIO
Viernes
15 de diciembre de 2000
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y
en el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra encontrarme con vosotros hoy para la presentación del
primer ejemplar de la edición del Evangeliario en lengua latina, preparado
por ese dicasterio. Dirijo un cordial saludo a monseñor Francesco Pio
Tamburrino, secretario de la Congregación para el culto divino y la
disciplina de los sacramentos, a los colaboradores y a cuantos, de diferentes
modos, han cooperado en la realización de esa interesante edición.
Esta feliz circunstancia nos ofrece la posibilidad de reflexionar en el valor
de la palabra de Dios en la historia de la salvación y en la eficacia del
acto de la proclamación litúrgica. Desde la eternidad, en su inescrutable
designio de amor, Dios eligió la palabra como vehículo para revelarse a sí
mismo, y en la plenitud de los tiempos quiso presentarse en la persona de su
Hijo Jesucristo, a fin de que la fuerza y el poder mismo de la Palabra se
convirtieran en acontecimiento histórico-salvífico para todos. Así, el
misterio eterno de amor al hombre, encerrado en el corazón mismo de Dios, se
reveló de manera tangible y sublime en el Hijo predilecto, en quien el Padre estableció
su Alianza para siempre.
2. El testimonio de esa revelación, contenida en la sagrada Escritura y
en la sagrada Tradición, fue confiado por los Apóstoles a la Iglesia entera,
que ha venerado siempre las divinas Escrituras del mismo modo que lo ha hecho
con el Cuerpo mismo de Cristo (cf. Dei Verbum, 8 y 21). La centralidad
de Cristo en la economía de la salvación fundamenta y determina la
preeminencia misma que la Iglesia reserva al Evangelio durante la celebración
eucarística, poniéndolo en la cumbre de la liturgia de la Palabra.
Esta convicción induce a todos y a cada uno a tener respeto a la sagrada
Escritura, y estimula a un cuidado y a un decoro especiales al preparar sus
relativas ediciones. Por tanto, os expreso mi satisfacción por haber querido
preparar un texto tan elegantemente presentado, destinado a la proclamación
del Evangelio del Señor en circunstancias de singular relieve durante el año
litúrgico. Siguiendo la antigua costumbre de la tradición litúrgica
oriental y occidental, y según cuanto establece el Ordo lectionum Missae,
habéis recogido en un único libro las lecturas evangélicas relativas a las
varias fiestas y festividades, dispuestas según el orden litúrgico.
3. Espero que esta nueva iniciativa impulse la actividad pastoral con
vistas a la escucha y a la acogida del mensaje evangélico,
favoreciendo una auténtica renovación que, como dije en otra ocasión,
"pone hoy y siempre nuevas exigencias: la fidelidad al sentido auténtico
de la Escritura debe mantenerse siempre presente, especialmente cuando se
traduce a las diversas lenguas; el modo de proclamar la palabra de Dios para
que pueda ser percibida como tal; el empleo de medios técnicos adecuados; la
disposición interior de los ministros de la Palabra con el fin de desempeñar
decorosamente sus funciones en la asamblea litúrgica; la esmerada preparación
de la homilía a través del estudio y de la meditación; el compromiso de los
fieles a participar en la mesa de la Palabra, el gusto de orar mediante los
salmos; y -al igual que los discípulos de Emaús- el deseo de descubrir a
Cristo en la mesa de la Palabra y del Pan" (Vicesimus quintus annus,
8: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de mayo
de 1989, p. 12).
Con estos sentimientos, invocando la protección materna de María sobre
vuestro servicio diario a la Iglesia, os imparto de buen grado a todos una
especial bendición apostólica.
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