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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
EN EL XII CENTENARIO DE LA CORONACIÓN
IMPERIAL DE CARLOMAGNO


Al venerado hermano en el episcopado
Señor cardenal Antonio María JAVIERRE ORTAS


He sabido con agrado que el próximo día 16 de diciembre usted presidirá una sesión académica dedicada al XII centenario de la coronación imperial de Carlomagno, realizada por el Papa León III en la Navidad del año 800. Deseando participar al menos espiritualmente en la celebración de ese aniversario histórico, le envío este mensaje, con el que quiero transmitirle a usted y a esa distinguida asamblea mi saludo y mis mejores deseos.

La conmemoración de ese acontecimiento histórico nos invita a dirigir la mirada no sólo al pasado, sino también al futuro. En efecto, coincide con la fase decisiva de la redacción de la "Carta de derechos fundamentales" de la Unión europea. Esta feliz coincidencia invita a reflexionar sobre el valor que conserva también hoy la reforma cultural y religiosa promovida por Carlomagno. En efecto, su importancia es mayor aún que la obra que llevó a cabo para la unificación material de las diversas realidades políticas europeas de la época.

La grandiosa síntesis entre la cultura de la antigüedad clásica, principalmente romana, y las culturas de los pueblos germánicos y celtas, síntesis realizada sobre la base del Evangelio de Jesucristo, caracteriza la gran contribución dada por Carlomagno a la formación del continente. En efecto, Europa, que no constituía una unidad definida desde el punto de vista geográfico, sólo con la aceptación de la fe cristiana llegó a ser un continente que, a lo largo de los siglos, logró difundir sus valores en casi todas las demás partes de la tierra, para el bien de la humanidad. Al mismo tiempo, no se puede dejar de constatar que las ideologías que causaron ríos de lágrimas y de sangre en el siglo XX surgieron en una Europa que quiso olvidar sus fundamentos cristianos.

El compromiso asumido por la Unión europea de formular una "Carta de derechos fundamentales" constituye un intento de sintetizar nuevamente, al comienzo del nuevo milenio, los valores fundamentales en los que debe inspirarse la convivencia de los pueblos europeos. La Iglesia ha seguido con gran atención las vicisitudes de la elaboración de ese documento. Al respecto, no puedo ocultar mi desilusión por el hecho de que en el texto de la Carta no se halla insertada ni siquiera una referencia a Dios, el cual, por lo demás, es la fuente suprema de la dignidad de la persona humana y de sus derechos fundamentales. No se debe olvidar que la negación de Dios y de sus mandamientos fue la que creó, en el siglo pasado, la tiranía de los ídolos, que se manifestó en la glorificación de una raza, de una clase, del Estado, de la nación y del partido, en lugar del Dios vivo y verdadero. Precisamente a la luz de las desventuras del siglo XX se comprende cómo los derechos de Dios y del hombre se afirman y se niegan al mismo tiempo.

A pesar de los numerosos nobles esfuerzos, el texto elaborado para la "Carta europea" no ha colmado las justas expectativas de muchos. En particular, la defensa de los derechos de la persona y de la familia podía haber sido más valiente. En efecto, es más que justificada la preocupación por la tutela de estos derechos, no siempre comprendidos y respetados adecuadamente. Por ejemplo, muchos Estados europeos están amenazados por la política favorable al aborto, legalizado casi en todas partes, por la actitud cada vez más posibilista con respecto a la eutanasia y, últimamente, por ciertos proyectos de ley en materia de tecnología genética que no respetan suficientemente la calidad humana del embrión. No basta enfatizar con grandes palabras la dignidad de la persona, si después se la viola gravemente en las normas mismas del ordenamiento jurídico.

La gran figura histórica del emperador Carlomagno evoca las raíces cristianas de Europa, remitiendo a cuantos la estudian a una época que, a pesar de los límites humanos siempre presentes, se caracterizó por un imponente florecimiento cultural en casi todos los campos de la experiencia. Al buscar su identidad, Europa no puede prescindir de un esfuerzo enérgico de recuperación del patrimonio cultural legado por Carlomagno y conservado durante más de un milenio. La educación en el espíritu del humanismo cristiano garantiza la formación intelectual y moral que forma y ayuda a la juventud a afrontar los serios problemas planteados por el desarrollo científico-técnico. En este sentido, también el estudio de las lenguas clásicas en las escuelas puede ser una valiosa ayuda para introducir a las nuevas generaciones en el conocimiento de un patrimonio cultural de inestimable riqueza.

Por tanto, expreso mi aprecio a cuantos han preparado esta sesión académica y, en particular, al presidente del Comité pontificio de ciencias históricas, monseñor Walter Brandmüller. Esta iniciativa científica constituye una valiosa contribución para el redescubrimiento de  los  valores  en  los  que  se  puede reconocer el "alma" más auténtica de Europa.

En esta ocasión quisiera saludar también al coro de niños cantores de la catedral de Augsburgo, que, por medio de su canto, enriquecen dignamente el congreso.

Con estos sentimientos, le envío de buen grado a usted, señor cardenal, a los relatores, a los participantes y a los pueri cantores, una especial bendición apostólica.

Vaticano, 14 de diciembre de 2000
                 

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