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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
VARIAS PEREGRINACIONES JUBILARES
Sábado 23 de diciembre de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra daros a todos mi cordial bienvenida en este encuentro, en el
clima espiritual de la Navidad ya inminente. El gran misterio de la Encarnación,
que nos disponemos a celebrar con particular solemnidad al término del gran
jubileo, constituye una ocasión propicia para renovar nuestra fe en el Hijo de
Dios, que nació en Belén hace dos mil años.
El jubileo está a punto de terminar. Es importante que en esta etapa final del
itinerario jubilar todo creyente ponga un empeño más intenso en la purificación
y el fortalecimiento de su fe frente a los peligros y las insidias que pueden
amenazarla en nuestro tiempo. Y, entre las insidias, ¿acaso no figuran también
esas formas aberrantes del sentimiento religioso, que se aprovechan de
las necesidades y de las aspiraciones más profundas del alma humana,
proponiendo perspectivas ilusorias y falaces de satisfacción? Por desgracia,
numerosas familias se ven afectadas por este triste problema, a causa de la
implicación de alguno de sus miembros, en particular de los hijos, a menudo más
débiles y más expuestos a esos peligros.
Desde hace tiempo la Iglesia sigue con preocupación esas problemáticas, que
tocan el corazón de la vida de los cristianos. La difusión de las
"sectas" debe constituir para los creyentes un estímulo a profundizar
sus convicciones de fe. Sólo con un testimonio más fuerte de los valores
cristianos y una intensa renovación del compromiso pastoral se puede responder
adecuadamente a ese desafío. Sólo una fe profunda y vivida con coherencia
constituye un antídoto eficaz contra esas desviaciones tan peligrosas del
sentimiento y de la práctica religiosa.
2. Saludo ahora a los empleados de la Agencia romana para la preparación
del jubileo, acompañados por sus familiares. Queridos hermanos, este
encuentro me brinda la grata oportunidad de expresaros mi aprecio cordial y mi
profunda gratitud por la generosa obra que habéis realizado durante estos meses
de intenso trabajo. En particular, os agradezco la cooperación que habéis
ofrecido a los organismos de la Santa Sede. En efecto, también gracias a
vuestro compromiso el jubileo se ha podido desarrollar de modo intenso y
provechoso. Habéis contribuido con competencia y responsabilidad a que los
numerosos peregrinos y turistas que han llegado en este período a la capital,
disfrutaran de una estancia más serena y confortable.
Deseo de corazón que el servicio que habéis prestado con motivo de la
celebración del Año jubilar haya favorecido y siga favoreciendo vuestra
asimilación de los grandes valores espirituales y culturales propios del
jubileo.
3. Quisiera saludar ahora a los peregrinos que provienen de diversas
parroquias. Entre estos, al numeroso grupo de Grumo Nevano y, en particular, a
los niños, acompañados por sus padres. A vosotros, que sois los más pequeños,
os deseo que sigáis el ejemplo del Niño Jesús, de quien el Evangelio dice que
"vivía sujeto" a sus padres y "progresaba en sabiduría, en
estatura y en gracia" (Lc 2, 51-52). A todos recuerdo que la santa
Navidad nos llama a confrontar nuestra fe con el mensaje central del
cristianismo; es decir, nos invita a acoger con corazón humilde y agradecido a
Jesús, quien, al nacer, sale al encuentro del hombre en la pobreza y en el
ocultamiento.
Saludo también a los socios del Club automovilístico, que han venido en
peregrinación jubilar. Queridos hermanos, encontrad siempre motivaciones
profundas e ideales fuertes para compartir en las actividades asociativas y
deportivas. El jubileo constituye un apremiante llamamiento a la conversión del
corazón y a la solidaridad con los hermanos. Para que esto suceda, es necesario
acrecentar la escucha de Cristo y la acogida de su mensaje salvífico.
4. Por último, saludo cordialmente a los demás grupos y fieles
congregados aquí. Queridos hermanos, al manifestaros mi profunda gratitud por
esta visita, os invito a todos a dirigir la mirada a María, la Madre del
Redentor. Que ella os ayude a acoger dignamente al Hijo de Dios, que se
encarnó en su seno virginal para compartir nuestra existencia humana.
Imitemos su actitud sabia y contemplativa, descrita por san Lucas, el
evangelista del nacimiento y la infancia de Jesús: "María -afirma-
guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2,
19). Que así sea para cada uno de vosotros, a quienes imparto de corazón mi
bendición, acompañada por un ferviente deseo de una feliz y santa Navidad.
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