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PALABRAS DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II AL INICIO DE LA MISA EN LA FIESTA DE LA
TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Lunes 6 de agosto de 2001
Amadísimos hermanos y hermanas:
La solemnidad de la Transfiguración, que celebramos hoy, cobra para nosotros,
en Castelgandolfo, un carácter íntimo y familiar desde que, hace veintitrés años,
mi inolvidable predecesor el siervo de Dios Pablo VI concluyó precisamente aquí,
en este palacio apostólico, su existencia terrena. Mientras la liturgia
invitaba a contemplar a Cristo transfigurado, él terminaba su camino en la
tierra y entraba en la eternidad, donde el rostro santo de Dios brilla en todo
su esplendor. Por tanto, este día está vinculado a su memoria, envuelta por el
singular misterio de luz que irradia esta solemnidad.
Ese venerado Pontífice solía subrayar también el aspecto "eclesial"
del misterio de la Transfiguración. Aprovechaba cualquier ocasión para poner
de relieve que la Iglesia, cuerpo de Cristo, participa por gracia en el mismo
misterio de su Cabeza. "Yo quisiera -exhortaba a los fieles- que fueseis
capaces de entrever en la Iglesia la luz que lleva dentro, de descubrir a la
Iglesia transfigurada, de comprender todo lo que el Concilio ha expuesto tan
claramente en sus documentos". "La Iglesia -añadía- encierra una
realidad misteriosa, un misterio profundo, inmenso,
divino. (...) La Iglesia es el sacramento, el signo sensible de una
realidad escondida, que es la presencia de Dios entre
nosotros" (Homilía durante la misa celebrada en la parroquia de San
Pedro Damián, 27 de febrero de 1972: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 5 de marzo de 1972, p. 4).
Estas palabras muestran su extraordinario amor a la Iglesia. Esa fue la gran
pasión de toda su vida. Que Dios nos conceda a todos y cada uno servir
fielmente, como él, a la Iglesia, llamada hoy a una nueva y audaz evangelización.
Eso es lo que pediremos al Señor durante esta santa eucaristía por intercesión
de María, Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva evangelización.
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