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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UN SIMPOSIO
INTERNACIONAL SOBRE EL VOLUNTARIADO 


 Sábado 1 de diciembre de 2001

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Os dirijo un cordial saludo a todos vosotros, al final del simposio internacional sobre el voluntariado católico en la sanidad, promovido y organizado por el Consejo pontificio para la pastoral de la salud.

Saludo con afecto, ante todo, a monseñor Javier Lozano Barragán, presidente de vuestro Consejo pontificio, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo a los demás prelados, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los representantes de los Estados y de los Gobiernos, a los estudiosos y a los investigadores, así como a los delegados de las numerosas asociaciones de voluntariado que, con su presencia y su contribución científica, han querido honrar esta importante manifestación.

A través de cada uno de vosotros deseo enviar mi saludo y mi agradecimiento a todos los voluntarios que, comprometidos en múltiples formas de solidaridad, trabajan en nombre de la Iglesia junto a los pobres y a los que sufren.

2. Vuestro simposio, que tiene como lema las palabras del Evangelio "Vade et tu fac similiter", "Ve y haz tú lo mismo" (Lc 10, 37), se sitúa en el marco del Año internacional del voluntariado, proclamado oficialmente por las Naciones Unidas. Por tanto, constituye una magnífica ocasión para reflexionar en el servicio voluntario, que la Iglesia ha alentado siempre con fuerza.

En una sociedad que siente la influencia del materialismo y el hedonismo, la vitalidad del voluntariado representa un signo prometedor de esperanza. La acción de los voluntarios destaca el valor de la solidaridad, contribución insustituible para responder a las expectativas profundas de la persona y resolver los graves y urgentes problemas de la humanidad. El voluntariado se caracteriza precisamente por su capacidad de testimoniar amor gratuito al prójimo, contribuyendo de este modo a realizar la anhelada civilización del amor.

3. "Ve y haz tú lo mismo". Como modelo de referencia de vuestra acción, habéis elegido, queridos voluntarios, al buen samaritano, del que habla la conocida parábola evangélica. Parábola muy elocuente, que exhorta a todo creyente y a todo hombre de buena voluntad a testimoniar personalmente el amor, en especial a los que sufren. Jesús es el modelo por excelencia del voluntario cristiano. Él "no  vino  a ser servido, sino a servir" (Mt 20, 28), y "siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de que nos enriqueciéramos con su pobreza" (2 Co 8, 9). En el Cenáculo, durante la última Cena, después de lavar los pies a sus discípulos, el Maestro les dijo:  "Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 15). Siguiendo su ejemplo, los voluntarios llevan a toda persona que sufre el bálsamo del amor divino.

Para cumplir fielmente esta misión, es preciso que mantengan fija la mirada en Cristo, porque sólo de su corazón viene el vigor espiritual que transforma la existencia. En nuestras sociedades modernas socialmente avanzadas, pero que prevén instituciones específicas para responder a las exigencias de los pobres y de los que sufren, se siente con fuerza la necesidad de un "suplemento de alma" que infunda esperanza incluso en la experiencia amarga del sufrimiento y de la precariedad, respetando plenamente la dignidad de todo ser humano. Ciertamente, las instituciones pueden responder a las necesidades sociales de la gente, pero ninguna de ellas es capaz de sustituir el corazón del hombre, su compasión, su amor y su iniciativa.

4. Gracias a Dios, numerosos fieles laicos están comprometidos hoy en múltiples formas de voluntariado. La comunidad cristiana realiza, a través de su obra, una profética fantasía de la caridad, evocando el espíritu de la primera comunidad de Jerusalén, que "ofreció a los no cristianos la imagen conmovedora de un intercambio espontáneo de dones, hasta la comunión de los bienes, en favor de los más pobres" (Novo millennio ineunte, 53).

Queridos voluntarios, que este sea siempre vuestro estilo de servicio, especialmente cuando tengáis que atender a los enfermos y a los que sufren. Que vuestras actividades sean expresión visible de la caridad de las obras, a través de la cual el anuncio del Evangelio, que es la primera caridad, no corre el riesgo de "ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día". En efecto, "la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras" (ib., 50).

Cuando con voluntarios de diferentes religiones, o que se declaran no creyentes, realizáis una acción común en favor del hombre, considerad providencial esta oportunidad para poner en práctica el diálogo y la colaboración interreligiosa e intercultural. En efecto, la defensa y la promoción de la vida no son monopolio de nadie; más bien, constituyen una tarea confiada a todos.

Juntos es más fácil combatir y derrotar las graves formas de injusticia y miseria que ofenden la dignidad humana; juntos es posible dar una contribución decisiva para el crecimiento de la sociedad civil, cuyas instituciones resultan a menudo insuficientes para satisfacer la petición de ayuda que se eleva de las personas necesitadas. Juntos se puede dar vida a un mundo más acogedor.

Por tanto, es interés de las mismas instituciones públicas incentivar y sostener las actividades del voluntariado, tanto las que realizan algunas personas individualmente como las que promueven las asociaciones organizadas para acelerar el camino hacia la construcción de una sociedad solidaria, donde reinen la justicia y la paz.

5. Vuestro interesante simposio se concluye hoy, un día rico en significado, en el que  se celebra la Jornada mundial de lucha contra el sida. Con esta ocasión la  opinión  pública  está invitada a tomar conciencia de las causas y las consecuencias de esta grave enfermedad.

Queridos hermanos y hermanas enfermos de sida, no os sintáis solos. El Papa está cerca de vosotros con afecto y os sostiene en vuestro difícil camino. La Iglesia acompaña a los hombres de ciencia, y anima a todos los que trabajan incansablemente para curar y derrotar esta grave forma de enfermedad. Siguiendo el ejemplo de Cristo, considera la asistencia a quien sufre como un componente fundamental de su misión, y se siente interpelada personalmente por este nuevo ámbito del sufrimiento humano. Consciente de que todo enfermo es un "camino particular" para la acogida de la Palabra, se inclina con amor sobre todo hermano y hermana afectados por la enfermedad.

Queridos profesionales de la salud y queridos voluntarios, se os ha confiado la tarea de hacer sentir a quien sufre el amor y el consuelo de Cristo. Que a través de vosotros resuene en el corazón de estos hermanos y hermanas nuestros doloridos la invitación, llena de amor, de Jesús:  "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré" (Mt 11, 28).

María, la Virgen del consuelo y de la misericordia, os acompañe con su ternura materna y sostenga vuestros pasos.

Con estos deseos, os imparto de corazón a cada uno de vosotros, a cuantos comparten vuestro laudable compromiso y a aquellos a quienes servís y consoláis en nombre de Cristo, una especial bendición apostólica.

 

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