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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS RELIGIOSOS ROGACIONISTAS,
A LAS HIJAS DEL DIVINO CELO
Y A LAS MISIONERAS ROGACIONISTAS


 Jueves 6 de diciembre de 2001

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Os acojo con alegría y a cada uno doy mi más cordial bienvenida. Gracias por vuestra visita, que quiere subrayar una celebración muy significativa:  el 150° aniversario del nacimiento de vuestro fundador, el beato Aníbal María De Francia. Dirijo un saludo especial al superior general, padre Giorgio Nalin, a quien agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido en nombre de todos.

Al acogeros a vosotros, que constituís una representación cualificada de los Rogacionistas, de las Hijas del Divino Celo, de las Misioneras Rogacionistas, de los ex alumnos y de los animadores vocacionales laicos que comparten el mismo carisma, extiendo mi saludo a vuestros beneméritos hermanos y hermanas. En todos los continentes, humildes y generosos, gastan su vida con alegría y empeño por la difusión del "Rogad" que brotó del Corazón de Cristo.

Durante el Año jubilar vuestras celosas familias religiosas tuvieron la oportunidad de volver espiritualmente a su origen común para hallar en él inspiración y aliento. Al mismo tiempo, se han proyectado hacia el futuro, con el renovado compromiso de profundizar el ideal carismático rogacionista e irradiarlo con entusiasmo en todos los continentes.

2. Juntamente con vosotros, deseo dar gracias a Dios por el bien realizado por vuestras congregaciones durante estos 150 años de historia. Le doy gracias porque sigue fluyendo en vuestras casas la consoladora vena de caridad y celo, que comenzó en el lejano 1878. El encuentro fortuito del padre Aníbal con un mendigo casi ciego fue la chispa que incendió de amor evangélico a vuestro fundador, quien se puso en contacto con el degradado barrio "Aviñón" de Messina, donde vivían los más pobres de los pobres de la ciudad, verdaderos "parias" de la sociedad.

"Desde entonces -escribe en sus memorias- me comprometí, según mis débiles fuerzas, en el alivio espiritual y temporal de aquella plebe abandonada" (Aníbal María De Francia, Preziose Adesioni, Messina 1901, p. 3). Y desde aquel momento no se apagó jamás la llama de la caridad en su vida. Eligió consagrarse totalmente a los pobres y a los humildes, viendo y sirviendo en ellos a Cristo. Aquella pequeña y humilde semilla se ha desarrollado de manera prodigiosa durante estos 150 años. Se ha transformado en un árbol majestuoso, que ahora extiende sus ramas en todas las partes del mundo, a través del celo ardiente de los hijos y las hijas del padre Aníbal. A la vez que me congratulo con vosotros por el camino recorrido, os animo a hacer más fiel vuestro testimonio y más generosa vuestra entrega apostólica.

La celebración de un acontecimiento tan significativo para vuestros institutos no puede limitarse a una simple evocación del pasado, aunque sea luminoso; debe transformarse en estímulo a mirar al futuro para responder con el fervor del inicio a las antiguas expectativas y a los nuevos desafíos de la humanidad.

3. Pero ¿cómo hacer que el árbol vigoroso, plantado por vuestro beato fundador, siga dando flores y frutos en abundancia?

Amadísimos hermanos y hermanas, la respuesta a esta pregunta, que os formulasteis durante el Año jubilar, es antigua y siempre actual:  es la santidad, terreno fértil en el que ha crecido vuestra familia religiosa, terreno que podrá asegurarle, también en el nuevo milenio, un futuro prometedor y fecundo.

Sí, la santidad es posible también en nuestro tiempo, tan difícil. Más aún, es la prioridad que, al final del gran jubileo, indiqué en la carta apostólica Novo millennio ineunte como perspectiva en la que debe situarse todo el camino pastoral de la Iglesia (cf. n. 30).

A esta luz, la vida consagrada, hoy más nunca, desempeña un papel significativo y determinante:  debe ser santa si no quiere fallar a su misma razón de ser; debe vivirse con plenitud en sus elevadas y duras exigencias de oración, humildad, pobreza, espíritu de sacrificio y observancia austera de los votos.

Vuestro punto firme de referencia es la enseñanza de vuestro beato fundador. El padre Aníbal María De Francia reconocía "que vocación al estado religioso es lo mismo que vocación a la santificación" (L'Anima del Padre, p. 38).

¡Cuán actuales son sus palabras! Os estimulan a asegurar el primado de la vida interior en medio de vuestras múltiples actividades educativas, asistenciales, caritativas, misioneras y editoriales.

4. No tengáis miedo de que el tiempo dedicado a la oración pueda frenar de algún modo el dinamismo apostólico y el meritorio servicio a los hermanos, que constituyen vuestro compromiso diario.

Sucede exactamente lo contrario. Amar la oración y ponerla en el centro de todo proyecto de vida y de apostolado es la auténtica escuela de los santos. Por tanto, distinguíos en el arte de rezar:  este "es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas" (Novo millennio ineunte, 32).

Que la Virgen santísima sea vuestro ejemplo y apoyo. Conservando en toda su primitiva lozanía el típico carácter mariano que vuestro fundador imprimió como rasgo inconfundible a los institutos fundados por él, permaneced en la escuela de María.

Mientras mantengáis la mirada fija en ella, excelsa obra de arte de Dios, modelo e ideal de toda vida consagrada y apoyo de toda actividad apostólica, no se secará en vuestra gran familia espiritual el manantial de generosidad y entrega, de interioridad y fervor, de santidad y gracia, que os hace valiosos obreros de la viña del Señor.

Por último, sed almas profundamente eucarísticas, que saben adorar, amar y gozar de la Eucaristía. En los albores de vuestras congregaciones, el beato Aníbal María De Francia puso el misterio eucarístico en el centro de todo. Con la adoración eucarística no sólo obtendréis el don de nuevas vocaciones, sino también la gracia de acrecentar el entusiasmo y la alegría de vuestro sacerdocio, de vuestra consagración y de vuestra militancia cristiana.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, esto es lo que la Iglesia espera de vosotros. No defraudéis sus expectativas; al contrario, secundad siempre con generoso empeño sus esperanzas. El testimonio convencido es el secreto para atraer a vuestro ideal a un gran número de jóvenes fervorosos y generosos.

Que el Señor os bendiga por cuanto habéis hecho hasta ahora y os colme de su gracia, para que en el presente y en el futuro sigáis trabajando con abnegación y alegría por el reino de Dios. Os acompaño con la oración, que elevo confiado al Señor, por intercesión del beato Aníbal María De Francia. Que Dios conceda un nuevo florecimiento de vocaciones a vuestros institutos y a toda la Iglesia.

Con estos deseos, os imparto de corazón a vosotros aquí presentes mi bendición, que extiendo de buen grado a toda vuestra familia espiritual.

 

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