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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL ENCUENTRO NACIONAL DE JÓVENES DE LA ACCIÓN CATÓLICA
ITALIANA
Amadísimos jóvenes:
1. En este día, en el que la Iglesia contempla las maravillas realizadas
por Dios en la Virgen María, me alegra dirigiros mi afectuoso saludo a todos
vosotros, que habéis acudido a Roma para dar vuestra contribución específica
de entusiasmo y lozanía a la renovación que la Acción católica italiana ha
emprendido con gran determinación en el alba del nuevo milenio. En la realización
de un programa tan importante de vida y actividad asociativa, seguid fielmente
las indicaciones de vuestros obispos, que ven en la Acción católica una ejemplaridad
formativa válida para todas las comunidades eclesiales de Italia.
Sois el sector juvenil de la Acción católica: una parte muy importante
de la Asociación. Ser jóvenes quiere decir tener la sencillez de Natanael,
que, después de manifestar su perplejidad sobre el Nazareno: "¿De
Nazaret puede venir algo bueno?" (Jn 1, 46), no sabe resistir a la
mirada de Jesús que llama, y lo sigue sin cálculos.
Ser jóvenes quiere decir lanzarse, como Pedro y Juan la mañana de Pascua (cf. Jn
20, 4), a una carrera impetuosa, con el corazón latiendo apresuradamente por el
amor tiernísimo a Jesús.
Ser jóvenes significa tener la misma obstinación de Tomás en el cenáculo
ante los relatos de la resurrección, una obstinación transformada en el
impulso de quien se fía completamente de aquel que es percibido como único
"Señor" y "Dios" (cf. Jn 20, 28). ¿No es esto lo
que también vosotros repetís con entusiasmo a Jesús cada día?
Ser jóvenes significa sentir el deseo de una vida plena, como el joven rico
expresó una vez a Jesús (cf. Mc 10, 17), y, al mismo tiempo, vencer la
debilidad que no permite desprenderse de sí mismo y de las falsas seguridades.
Ser jóvenes es hacer la experiencia de Lázaro, que pasó por la enfermedad y
la muerte, para participar en la alegría sin límites de la vida nueva dada por
Cristo (cf. Jn 11, 44).
Ser jóvenes significa, por último, gustar la compañía de Jesús y escuchar
"boquiabiertos" sus palabras, en la cálida acogida de un hogar como
el de Marta y María (cf. Lc 10, 42).
2. Queridos jóvenes amigos, habéis venido a Roma, a la tumba de los apóstoles
san Pedro y san Pablo, precisamente para expresar del mejor modo posible los
dones de vuestra juventud, valorizados por la relación personal con él, en el
calor de la comunión de la Iglesia. No dudéis en seguir su ejemplo en una
escuela de santidad, actualizada a través de la espiritualidad y el compromiso
eclesial específicos de la Acción católica.
Ser laicos cristianos hoy implica el compromiso de ser santos cada día, con
alegría y entusiasmo. Antes que vosotros, recorrieron este itinerario
espiritual Giorgio Frassati, Alberto Marvelli y muchos otros jóvenes como
vosotros. Se trata de un compromiso que debéis asumir ante todo por vosotros
mismos y por vuestros amigos, pero también por vuestras familias, por vuestras
comunidades y, más aún, por el mundo entero.
Quisiera renovaros hoy la invitación que os hice en Tor Vergata: sois y
debéis ser cada vez más los centinelas de la mañana en esta alba del nuevo
milenio. Aunque en esta primera parte del siglo, sacudido desgraciadamente
por el terrorismo, el miedo y la guerra, esta invitación puede parecer muy
ardua, sigue siendo válida. Hoy, más que nunca, para ser centinelas de esta
alba del nuevo milenio es preciso ser santos.
Estoy seguro de que en vuestra mochila no faltarán los libros útiles para una
escuela de santidad tan exigente. Estarán ciertamente los documentos del
concilio Vaticano II y las indicaciones de los pastores de vuestras Iglesias
particulares. Sobre todo, debéis tener el Evangelio que os intercambiasteis en
Tor Vergata. Enamoraos cada vez más de la palabra de Cristo. Escuchadla,
comprendedla, profundizadla, amadla y, sobre todo, vividla. Recurrid a los auténticos
maestros de la fe para que os ayuden en esto.
Palabra de Dios es de modo eminente Jesús, el Verbo hecho carne en el seno
virginal de María santísima. Y Jesús no puede estar simplemente en la
mochila: debe tener cabida en vuestros pensamientos, en vuestros ojos, en
vuestras manos y en vuestro corazón. En una palabra, en toda vuestra vida. Debéis
repetir con san Pablo: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive
en mí" (Ga 2, 20). Jesús vive en vosotros cuando lo invocáis
en la oración, en el tiempo en que sabéis estar con él en unión de corazón,
después de recibirlo en la Eucaristía. No tengáis miedo de volver a él,
cuando seáis engañados y heridos por los espejismos de una felicidad falsa y
artificial.
3. En Tor Vergata os dije que prenderéis fuego al mundo si tenéis la
valentía de ser cristianos hasta las últimas consecuencias (cf. Homilía
durante la concelebración eucarística en Tor Vergata, 20 de agosto de
2000, n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25
de agosto de 2000, p. 12). Cristo mismo, con quien os habéis encontrado
personalmente, os precede y os da siempre nuevas citas por los caminos de la
historia. Sí, Cristo os lleva a dondequiera es preciso aliviar el dolor,
expresar la solidaridad y celebrar la alegría; en el esfuerzo del estudio y del
trabajo, así como en la distracción del tiempo libre; en la vida familiar y en
la espera, demasiado larga, de un futuro que a menudo no se logra realizar.
Con vuestra decisión de afiliaros a la Acción católica habéis decidido
colaborar de manera particular con vuestros obispos, para ser una asociación de
laicos que, con impulso generoso, se pone a disposición de los pastores de la
comunidad eclesial con vistas a la actividad apostólica en el mundo contemporáneo.
A este propósito, deseo hacer mía la invitación de vuestros pastores, que os
piden "comunicar el Evangelio en un mundo que cambia" (cf. Orientaciones
pastorales del Episcopado italiano para el primer decenio del año 2000).
Vosotros mismos sois testigos singulares de nuestro tiempo, que está en
permanente evolución: el mundo juvenil, vuestros amigos y los ambientes
en los que vivís cambian continuamente. Por eso, comprometeos a comunicar el
Evangelio en este ámbito de transformaciones profundas, aprendiendo a "superar
los límites habituales de la acción pastoral, para explorar los lugares,
incluso los más inimaginables, donde los jóvenes viven, se encuentran,
expresan su originalidad, hablan de sus expectativas y manifiestan sus sueños"
(Educar a los jóvenes en la fe, en: Noticiario de la
Conferencia episcopal italiana 2/1999, p. 51). Solos es difícil; juntos es
posible: precisamente este es el apoyo que puede daros vuestra Asociación.
4. Amadísimos jóvenes de la Acción católica italiana, en esta
solemnidad de la Inmaculada os deseo que seáis siempre misioneros, como os
quiere la Iglesia, y santos según el corazón de Dios. Que os sostenga siempre
la protección materna de María, a quien hoy contemplamos en el resplandor de
su intacta belleza. Que ella sea vuestra guía, la estrella luminosa que indica
el camino de la Acción católica renovada, por la que vosotros mismos os sentís
comprometidos a dar una contribución significativa.
Os aseguro un recuerdo especial en la oración, y con afecto os bendigo a
vosotros, a vuestros educadores, a los muchachos a los que prestáis vuestro
generoso servicio formativo y a todos los miembros de la Acción católica
italiana.
Vaticano, 8 de diciembre de 2001
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