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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CALDEA
EN VISITA "AD LIMINA"

Martes 11 de diciembre de 2001

 

Beatitud;
queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio: 


1. Me alegra acogeros hoy a vosotros, pastores de  la  Iglesia caldea, que habéis venido de Irak, Irán, Líbano, Egipto, Siria, Turquía y Estados Unidos, con vuestro patriarca, Su Beatitud Raphaël I Bidawid, para esta visita ad limina Apostolorum. Me complace saludaros con las palabras iniciales de la segunda carta del apóstol san Pedro:  "Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que por la  justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como la nuestra. A vosotros, gracia y paz abundantes por el conocimiento de nuestro Señor" (2 P 1, 1-2). Permitidme dar las gracias de modo muy particular a quienes de entre vosotros, después de muchos años de servicio y entrega, han puesto su cargo episcopal a disposición del Sínodo patriarcal. Con san Pablo, "doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y  en todo conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo" (1 Co 1, 4-6).

2. En este momento recordamos que la sangre de innumerables mártires ha fecundado vuestra antigua y venerable Iglesia caldea desde los primeros siglos de la era cristiana. Ha brillado no sólo por sus grandes poetas y maestros, sino también por sus escuelas de teología y exégesis, como la de Nisibe. Sus ascetas y monjes la hicieron célebre gracias a una tradición mística de rara profundidad espiritual:  basta citar a san Efrén, doctor de la Iglesia, denominado el "arpa del Espíritu Santo", que resume en sí todo lo que la Iglesia en vuestra región ha dado a la Iglesia universal.

3. La Iglesia caldea que está en Irak atraviesa ahora un período difícil y las causas de esta crisis son múltiples, tanto en su seno como en el exterior. Pero, ¿no es precisamente en los tiempos de crisis cuando los obispos debemos "oír lo que el Espíritu dice a las Iglesias"? (Ap 2, 7).

Queridos hermanos, os manifiesto una vez más mi compasión por vuestras comunidades que están en Irak, probadas como toda la población del país, que desde hace muchos años sufre el rigor del embargo que se le ha impuesto. Pido al Señor que ilumine la mente y el corazón de los responsables de las naciones, para que se esfuercen por restablecer una paz justa y duradera en esa región del mundo, y para que cesen todos los atentados contra la seguridad de las personas y contra el bien de los pueblos. El día de ayuno al que he invitado a todos los fieles católicos será una ocasión propicia para que toda la Iglesia, experimentando la privación de alimentos, esté en relación más estrecha con los hombres que sufren. Ese día pediremos a Dios que asista a vuestro pueblo y abra el corazón de los hombres a los sufrimientos causados injustamente a tantos hermanos suyos.

4. A lo largo de los dos mil años transcurridos, el Señor no ha dejado de amar y proteger a vuestra Iglesia, permaneciendo fiel a su promesa:  "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). En cierto modo, esta fidelidad amorosa del Señor hacia los suyos es el espejo en el que los obispos pueden discernir su propia fidelidad, como mostró la reciente Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, subrayando que estaban llamados a vivir la santidad "en el ejercicio de su ministerio apostólico, con la humildad y la fuerza del buen pastor" (Mensaje de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, n. 14:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de noviembre de 2001, p. 9). Como ya he tenido ocasión de afirmar, el ministerio episcopal "no se ejerce bajo el signo del triunfalismo; más bien está marcado por la cruz de Cristo" (Discurso a los obispos nombrados desde el 1 de enero de 2000, 5 de julio de 2001, n. 2:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de julio de 2001, p. 8), que os convierte en servidores de vuestros hermanos, siguiendo el ejemplo de aquel que fue el Servidor de todos. En vuestras Relaciones quinquenales, el obispo aparece como el servidor de la unidad cuando se esmera por sostener a los sacerdotes, sus colaboradores en el ejercicio del ministerio apostólico, y los reúne en un mismo dinamismo misionero, arraigado siempre en la fraternidad sacramental, es decir, en la comunión más profunda del misterio de Cristo. Juntamente con ellos, el obispo se preocupa porque todos los fieles, según sus carismas propios, sigan las orientaciones pastorales que da a su Iglesia, para que cumpla su misión principal, que consiste en anunciar el Evangelio. El obispo es también servidor de la unidad cuando, con sus hermanos en el episcopado de una misma región o de un mismo rito, o de ritos diferentes, se esfuerza por impulsar colaboraciones y discernir los signos de los tiempos. El patriarca y los obispos, al ser los pastores de la grey, preocupándose por residir regularmente en su diócesis, como lo recuerda oportunamente el Código de cánones de las Iglesias orientales (cc. 93 y 204), dan un testimonio a todo el pueblo, cumpliendo con prudencia y equidad la misión que se les ha confiado y poniendo sumo cuidado en llevar una vida conforme a su ministerio.

5. Con razón vuestra Iglesia se siente orgullosa de sus sacerdotes, sus religiosos y sus fieles:  son su fuerza viva en la prueba, y es conveniente no desanimarlos. Quiero dar las gracias ante todo a los sacerdotes. Transmitidles el saludo afectuoso del Papa, que les agradece todo lo que realizan en su ministerio. Viven en medio de sus hermanos, en condiciones a veces muy difíciles, para anunciarles la buena nueva de la salvación, celebrar los sacramentos de la nueva Alianza y guiarlos a través de las vicisitudes del tiempo presente hasta la patria celestial. Están particularmente atentos a la situación de los jóvenes, sosteniendo su esperanza cristiana y ayudándoles a insertarse en la sociedad. También están cercanos a quienes han dejado su país de origen y viven en condiciones precarias como refugiados o inmigrantes. Ojalá que prosigan con valentía su labor apostólica, sin cansarse de hacer el bien (cf. 2 Ts 3, 13).

En muchas de vuestras diócesis, hay jóvenes que quieren ser sacerdotes. Es un signo de la vitalidad espiritual de las comunidades en las que crecen. Insisto en la oportunidad y la responsabilidad que representan para vosotros, los obispos, estas vocaciones de jóvenes, y en la necesidad de acompañarlos con discernimiento hasta la ordenación. El seminario patriarcal interritual, que se encuentra en Bagdad, debe ser una preocupación importante de vuestro ministerio episcopal. Conviene que esté animado por un equipo de sacerdotes competentes y estimados, capaces de transmitir a los seminaristas el depósito de la fe y abrirlos a la comprensión y a la contemplación del misterio cristiano. El hecho de que en el seminario se formen seminaristas de diferentes ritos es esperanzador para el futuro de la Iglesia, pues permite a los futuros sacerdotes profundizar más su tradición propia, acogiendo con estima y benevolencia la de los otros ritos, con vistas a las colaboraciones necesarias, y abrirse también a las posibles cooperaciones con los fieles de las demás Iglesias y comunidades eclesiales.

Hay que dar gracias de igual modo a los religiosos y a las religiosas, que aportan su valiosa colaboración a la vida de vuestras diócesis. Con una gran cercanía pastoral al pueblo, testimonian valientemente los valores evangélicos, según sus votos religiosos, y dan prueba de una gran disponibilidad al servicio de la misión, colaborando con los sacerdotes diocesanos. Comprometidos frecuentemente en el servicio de la educación de los niños y los jóvenes, así como en la asistencia a los enfermos y los pobres, son testigos de la ternura de Dios hacia un pueblo que sufre.

6. Los fieles tienen sed de la palabra de Dios, pero también de una sólida formación doctrinal y espiritual para crecer en la experiencia de Dios y encontrar fuerza y aliento, a fin de ser verdaderos testigos del Evangelio en la vida diaria, familiar, profesional y social. Os invito a desarrollar dondequiera que sea posible programas de formación de los laicos que respondan a estas expectativas. Así, los laicos podrán participar, de manera específica y original, con el testimonio de su vida y el anuncio de Cristo Salvador, en la obra de la nueva evangelización, manifestando respeto y voluntad de diálogo con los creyentes de las demás religiones, en medio de los cuales viven.

7. Queridos hermanos, acabáis de celebrar aquí, en Roma, un Sínodo de vuestra Iglesia patriarcal, y doy gracias por este trabajo fraterno que os proporciona un apoyo mutuo, os ayuda a considerar juntos las necesidades de la Iglesia y a valorar los progresos comunes, para proseguir con valentía la necesaria renovación de vuestras comunidades, según el espíritu de su gran tradición y con fidelidad al concilio ecuménico Vaticano II.

Os pido que estéis particularmente atentos a las estructuras de comunión en el seno de vuestra Iglesia patriarcal. En una Iglesia oriental católica, la Asamblea sinodal es uno de los lugares privilegiados de la comunión fraterna, que seguirá siendo siempre la fuente de vuestra eficacia apostólica, según el mandamiento del Señor:  "En esto conocerán todos que sois discípulos míos:  si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 35). En nombre del Señor, os exhorto a superar cualquier espíritu partidista, para unir cada vez más vuestras fuerzas. Que todo se supere con sinceridad fraterna, para que busquéis siempre la voluntad del Señor y para que el interés personal no ensombrezca el servicio pastoral que se os ha encomendado. El patriarca es "padre y cabeza" de vuestra Iglesia. Por eso mismo, tiene el deber de dar ejemplo y favorecer la comunión en el seno del episcopado, llamado a trabajar por el bien de todos. Pido al Espíritu Santo que consolide entre vosotros un clima verdaderamente fraterno y confiado, para superar las dificultades actuales.
Deseo vivamente que, desde esta misma perspectiva, deis nuevo impulso al trabajo de la Reunión interritual de los obispos de Irak, que debe convocarse a intervalos regulares para proseguir un trabajo común, real y eficaz, al servicio de la evangelización.

Os animo a mantener buenas relaciones con nuestros hermanos cristianos de otras confesiones, esmerándoos por suscitar nuevas iniciativas de oración y testimonio comunes, e invoco con ardor sobre todos los discípulos de Cristo el don de la unidad, por la que el Señor pidió tanto. Sé que mantenéis buenas relaciones con las demás autoridades religiosas de vuestro país. Consciente de la importancia que reviste hoy el diálogo interreligioso, al servicio de la comprensión y la paz entre todos los hombres, y con el espíritu de la invitación que he hecho recientemente a todos los responsables de las religiones del mundo para reunirse una vez más en Asís, proseguid con todos este diálogo de la vida diaria.

8. Debéis afrontar concretamente la urgencia pastoral de vuestros fieles en situación de diáspora. Sé que experimentáis como una grave dificultad el fenómeno de la emigración, pues empobrece a las comunidades locales y pone a las personas en situación de desarraigo; ese fenómeno se ve más acentuado aún por las sanciones económicas contra Irak. Sólo colegialmente podéis afrontar este drama, con la convicción de que el futuro de la Iglesia caldea depende también de la diáspora. Estad seguros de que la Santa Sede y las Iglesias particulares esparcidas por todo el mundo os ayudarán a afrontar las necesidades pastorales de la diáspora, a la cual os corresponde asegurar el necesario acompañamiento pastoral.

9. Beatitud, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, llevad a todos los fieles de la Iglesia caldea de vuestras diócesis el saludo cordial del Sucesor de Pedro, y transmitid mi aliento afectuoso a los sacerdotes y a los diáconos, así como a los religiosos y a las religiosas, todos tan entregados al servicio de sus hermanos. Que la protección materna de la Virgen María, a quien acabamos de celebrar en su Inmaculada Concepción, os acompañe cada día en vuestra misión. A todos os imparto de corazón la bendición apostólica.

 

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