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ALOCUCIÓN DEL PAPA
EN LA VISITA AL BELÉN DE LOS BARRENDEROS


Domingo 7 de enero de 2001

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Me alegra manifestaros mis sentimientos de estima y afecto durante esta visita al belén que habéis preparado, al mismo tiempo que os expreso mis mejores deseos para el nuevo año. Desde el comienzo de mi ministerio petrino esta agradable cita se renueva todos los años, al término del tiempo navideño. Mi felicitación más sincera a cuantos han realizado un belén tan característico, que cada año se enriquece con un elemento nuevo.

Saludo con afecto a los presentes y, en primer lugar, al alcalde de Roma, a quien agradezco sus amables palabras. Por medio de él quisiera agradecer, una vez más, a la ciudad y a todos sus administradores la obra llevada a cabo generosamente con vistas al jubileo y luego en las diferentes fases de su realización.

2. En efecto, esta visita tiene lugar al día siguiente de la clausura del gran jubileo del año 2000, durante el cual millones de peregrinos han cruzado la Puerta santa. Así, innumerables personas han querido dar gracias al Señor por la abundante misericordia que mostró al encarnarse por nuestra salvación.

Para vosotros, barrenderos, el año recién terminado se ha caracterizado por un intenso trabajo, con el fin de lograr que nuestra amada ciudad estuviera siempre "vestida de fiesta". A menudo os he visto trabajando, alrededor de la plaza de San Pedro, muy de mañana, antes de que la gente llegara al Vaticano. Os agradezco vuestra solicitud y los sentimientos que la han motivado.

3. Ahora se trata de recomenzar el ritmo normal de vida, teniendo presente el mensaje que nos llega del gran jubileo. Es el mismo mensaje que nos brindan la Navidad y el belén, que es el símbolo más elocuente de la Navidad. Es preciso partir nuevamente de Cristo, para entrar confiadamente en el nuevo milenio como testigos del amor de Dios, que se hizo uno de nosotros, naciendo entre nosotros.

Con estos sentimientos, invoco sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre vuestro trabajo la protección de María, la Madre de Jesús, al que hoy contemplamos en el misterio del bautismo a orillas del Jordán. Os acompañe mi bendición, que de corazón os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos.

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