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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A
UNA DELEGACIÓN DE PARLAMENTARIOS DE ESTADOS UNIDOS
Lunes 8 de enero de 2001
Señor presidente; miembros del Congreso; distinguidos
huéspedes:
Me alegra daros la bienvenida al Vaticano esta mañana, y me siento honrado por
el amable gesto que os ha traído aquí. No es propio del Sucesor del apóstol
san Pedro buscar honores, pero acepto de buen grado la medalla de oro del
Congreso como un reconocimiento de que en mi ministerio ha resonado una palabra
que puede llegar a todo corazón humano. He proclamado la palabra de Dios, que
en la primera página de la Biblia nos recuerda que el hombre y la mujer han
sido creados a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26).
De esta gran verdad deriva todo lo que la Iglesia dice y hace para defender la
dignidad humana y promover la vida humana. Esta es una verdad que contemplamos
en la gloria de Jesucristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado de entre
los muertos. En los años de mi ministerio, pero especialmente en el Año
jubilar que acaba de terminar, he invitado a todos a dirigirse a Jesús para descubrir
de un modo nuevo y más profundo la verdad del hombre, puesto que sólo
Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
grandeza de su vocación (cf. Gaudium et spes, 22). Comprender la verdad
de Cristo significa experimentar con profundo estupor el valor y la dignidad de
todo ser humano, que es la buena nueva del Evangelio y el centro del
cristianismo (cf. Redemptor hominis, 10).
Acepto este premio como un signo de que vosotros, en calidad de legisladores,
reconocéis la importancia de defender la dignidad humana sin componendas, para
que vuestra nación esté siempre a la altura de sus grandes responsabilidades
en un mundo donde a menudo no se respetan los derechos humanos. Por eso, señoras
y señores, os agradezco esta medalla de oro del Congreso. Al expresaros mis
mejores deseos para el nuevo año, invoco sobre vosotros, sobre vuestras
familias y sobre todos los que representáis, "la paz de Dios, que supera
todo conocimiento" (Flp 4, 7).
¡Dios os bendiga a todos!
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