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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL COMITÉ CENTRAL
PARA EL GRAN JUBILEO
Y A SUS COLABORADORES


Jueves 11 de enero de 2001

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señores y señoras;
amadísimos hermanos y hermanas en Cristo: 


1. Me alegra particularmente acogeros hoy a vosotros que, de diferentes modos, habéis cooperado en la preparación y en la celebración del Año santo, que tanto eco ha tenido en la Iglesia y en el mundo.

En mi mente -y ciertamente os sucede lo mismo a vosotros- han quedado grabadas imágenes conmovedoras que, en cierto modo, sintetizan sus varias fases. Pienso, en particular, en el último período, y vuelvo a ver las interminables filas de peregrinos que, atravesando la plaza de San Pedro, iban con gran devoción a cruzar la Puerta santa. ¿Cómo olvidar ese icono vivo del pueblo de Dios en camino hacia Cristo, camino universal de salvación?

Esas multitudes, motivadas y pacientes, hacían pensar en aquellas otras que seguían a Jesús, induciéndolo a predicar sin pausa y, un día, a realizar el célebre milagro de la multiplicación de los panes, signo del "pan de vida" que daría luego al mundo (cf. Jn 6, 35. 48). Esas multitudes han sido un testimonio tangible del deseo profundo que impulsa al hombre a buscar la verdad y la misericordia, la esperanza y la reconciliación, en una palabra, a buscar a Cristo.

Ahora que la Puerta santa ha sido cerrada, hemos reanudado el camino "ordinario", con la certeza de que, hoy más que nunca, ha quedado abierto de par en par el acceso a la misericordia divina. Repitiendo las palabras del apóstol san Pablo, podemos decir que en el gran jubileo del año 2000 "se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres (...) y la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres" (Tt 2, 11; 3, 4). En la transición histórica que está viviendo la humanidad, este Año santo ha tenido la función providencial de hacer que en todo el mundo resonara nuevamente la "buena nueva":  "Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). El jubileo ha señalado, al inicio del siglo XXI y del tercer milenio, a Cristo, única salvación y esperanza de la humanidad, como punto cierto desde donde recomenzar.

2. Por todo esto debemos dar gracias a Dios, como ya hemos hecho especialmente durante la solemne celebración de clausura del jubileo. Pero nuestra acción de gracias a Dios tiene que ir acompañada por nuestra gratitud a los hombres. Y nuestro encuentro me ofrece la grata oportunidad de expresaros, una vez más, mi sincero agradecimiento a cada uno de vosotros y a los organismos que representáis. En diferentes ámbitos habéis contribuido, con vuestra colaboración concreta, al éxito de cada etapa del camino jubilar.

En las personas del cardenal presidente y del monseñor secretario, deseo, en primer lugar, expresar mi profunda gratitud a los miembros del Comité central para el gran jubileo:  cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Han trabajado en múltiples sectores:  la planificación teológico-pastoral, el servicio de acogida, el servicio litúrgico y espiritual, la información, la asistencia y la administración. Se ha tratado de una fructuosa e intensa experiencia de trabajo y comunión, en la que cada uno ha actuado en colaboración con los demás miembros de las oficinas y organismos de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano, con el Vicariato de Roma y con muchas otras instituciones civiles.

Quisiera mencionar aquí con gratitud la estrecha colaboración con el Gobierno italiano, a través de la Comisión mixta ítalo-vaticana y con la Comisaría extraordinaria, instituida oportunamente con vistas al jubileo. Pienso en la contribución constante que ha dado la región del Lacio, la provincia y, de modo muy especial, el ayuntamiento de Roma. Atento y preciso como siempre ha sido el servicio de los diferentes cuerpos de las Fuerzas de seguridad, coordinados por el ministerio del Interior. Doy las gracias asimismo al ministerio de Obras públicas por haber coordinado oportunamente la realización de importantes infraestructuras y obras, que, una vez terminado el jubileo, quedan para la ciudad de Roma y la nación.

Recuerdo también la actividad de la Agencia romana para el jubileo y la presencia muy numerosa de voluntarios:  ha sido una presencia simpática y sorprendente, que Roma no olvidará. Felicito a las sociedades, a los bancos y a las empresas que, con sus contribuciones, han permitido afrontar las múltiples exigencias financieras y han ayudado a los peregrinos pobres, costeando su viaje y su estancia en Roma. Agradezco de corazón a L'Osservatore Romano, al Centro televisivo vaticano, a Radio Vaticano y a la RAI, su profesionalidad y su disponibilidad en la transmisión de los acontecimientos jubilares, con la contribución de numerosos expertos y el apoyo constante del Consejo pontificio para las comunicaciones sociales.

Desde luego, la lista de las personas a las que habría que dar las gracias es mucho más larga. Por medio de vosotros, aquí presentes, deseo llegar a todos -verdaderamente a todos- los que han trabajado para el gran jubileo. Pido, además, a quienes han dado generosamente su contribución espiritual mediante la oración y el sufrimiento -a las personas ancianas, a los enfermos, a los religiosos y a las religiosas de vida contemplativa- que prosigan esta valiosa misión, para que las semillas sembradas durante el jubileo sigan produciendo frutos abundantes en los años futuros.

3. Ahora reanudamos el camino del "tiempo ordinario". También vosotros, que durante este período habéis afrontado un esfuerzo suplementario, volvéis a vuestras actividades habituales. Y, sin embargo, en cierto sentido, nada es como antes. En efecto, el Año jubilar ha impreso en cada uno, y especialmente en vosotros, un "estilo" de vida y trabajo que debe conservarse.

El pasado 6 de enero se nos ha entregado una valiosa herencia, que hay que transmitir a las generaciones futuras, según dos líneas principales. Ante todo, manteniendo a Cristo en el centro de la vida personal y social. Los frutos de santidad que demos en la vida ordinaria mostrarán si hemos vivido verdaderamente el jubileo.

En segundo lugar, es preciso llevar por doquier el testimonio de la caridad que se convierte en perdón, servicio, disponibilidad y comunión. Parafraseando el Evangelio, podríamos decir:  "En esto reconocerán que habéis vivido el jubileo:  si os amáis los unos a los otros".

Esta es la consigna que os dejo, amadísimos hermanos y hermanas, al mismo tiempo que renuevo a todos y a cada uno la expresión de mi gratitud. María, Estrella del tercer milenio, os acompañe y guíe cada paso de vuestra existencia. Os deseo todo bien y os bendigo de corazón a vosotros y a vuestros seres queridos.

 

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