DISCURSO DEL SANTO PADRE
AL CUERPO DIPLOMÁTICO
ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE*
13 de enero de 2001
Excelencias,
Señoras y Señores,
1. Agradezco a cada uno de Ustedes los buenos
deseos que su Decano, el Embajador Giovanni Galassi, con tanta delicadeza ha
sabido expresar y presentarme en nombre de todos. Muy cordialmente correspondo
con mis mejores votos para cada uno de ustedes, para que Dios bendiga sus
personas y sus naciones y conceda a todos un año próspero y feliz.
Pero una pregunta viene enseguida a la mente: ¿Qué
es un año feliz para un diplomático? El espectáculo que ofrece el mundo en
este mes de enero de 2001 podría hacer dudar de la capacidad de la diplomacia
para hacer reinar el orden, la equidad y la paz entre los pueblos.
Sin embargo, no debemos resignarnos a la
fatalidad de la enfermedad, de la pobreza, de la injusticia o de la guerra. Es
cierto que, sin la solidaridad social o el recurso al derecho y a los
instrumentos de la diplomacia, estas terribles situaciones serían aún más
dramáticas y podrían incluso llegar a ser insolubles. Gracias pues, Señoras y
Señores, por su acción y por sus esfuerzos constantes en favor del
entendimiento y de la cooperación entre los pueblos.
2. El impulso del Año Santo, recién acabado y
los diversos "jubileos" que han reunido y motivado a hombres y mujeres
de todas las razas, edades y condiciones, ha demostrado, si había necesidad, que
la conciencia moral está aún muy viva y que Dios habita en el corazón del
hombre. Ante ustedes me limitaré a recordar el "Jubileo de los
Responsables de los Gobiernos, de los Parlamentarios y Políticos" de
primeros de noviembre. El Papa ha tenido gran consuelo espiritual al ver tan
buena voluntad y tanta disponibilidad en acoger la gracia de Dios. Así, una vez
más, se ha demostrado la verdad de lo que tan magníficamente proclama la
Constitución pastoral "Gaudium et spes" del Concilio ecuménico
Vaticano II: "La Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da
al hombre luz y fuerzas por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima
vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre
en el que haya que salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y el fin
de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro" (n. 10).
3. Siguiendo a los pastores, a los magos y a
todos los que, después de dos mil años, se han acercado al portal, también la
humanidad actual se ha parado algunos instantes en el día de Navidad para mirar
al Niño Jesús y para recibir un poco de esta luz que ha acompañado su
nacimiento y que continua a alumbrar las noches de los hombres. Esta luz nos
dice que el amor de Dios será siempre más fuerte que el mal y la muerte.
Esta luz indica el camino de todos los que en
nuestro tiempo se esfuerzan en Belén y en Jerusalén sobre el camino de la paz.
Nadie debe aceptar, en esta parte del mundo que acogió la revelación de Dios a
los hombres, la banalización de un tipo de guerrilla, la persistencia de la
injusticia, el desprecio del derecho internacional o la marginación de los
Lugares Santos y de las exigencias de las comunidades cristianas. Israelitas y
Palestinos no pueden proyectar su futuro mas que juntos, y cada una de las dos
partes debe respetar los derechos y tradiciones de la otra. Es el tiempo de
volver a los principios de la legalidad internacional: prohibición de la
apropiación de territorios por la fuerza, derecho de los pueblos a disponer de
sí mismos, respeto de las resoluciones de la Organización de las Naciones
Unidas y de las Convenciones de Ginebra, por citar sólo los más importantes,
Si no es así, todo puede fracasar: desde las iniciativas unilaterales
arriesgadas hasta una extensión difícilmente controlable de la violencia.
Esta misma luz llega a todas las demás regiones
de nuestro planeta donde hombres han elegido la violencia armada para hacer
valer sus derechos o sus ambiciones. Pienso en este momento en Africa,
continente en el cual circulan demasiadas armas y donde demasiados países
tienen una democracia incierta y una corrupción devastadora, donde el drama
argelino y la guerra al sur del Sudán continúan masacrando sin
sentido a las poblaciones; no puedo olvidar el caos que ha sumido a los países
de la Región de los Grandes Lagos. Es por ello que se debe acoger con
satisfacción el acuerdo de paz alcanzado el pasado mes en Argel entre Etiopía
y Eritrea, así como los esfuerzos felizmente concluidos en Somalia
con vistas a una vuelta progresiva a la normalidad. Más cerca de nosotros, debo
mencionar -y con cuánta tristeza- los atentados terroristas que siembran la
muerte en España y que hieren a todo el País y humillan a Europa
entera, que está a la búsqueda de su identidad. Es hacia Europa a donde miran
tantos pueblos como un modelo en el cual inspirarse. ¡Que Europa no olvide jamás
sus raíces cristianas que han hecho fecundo su humanismo! ¡Que sea generosa
con quienes -individuos o naciones- llaman a su puerta!
4. La luz de Belén que se dirige "a los
hombres de buena voluntad" nos hace presente el deber de combatir, siempre
y en todas partes, la pobreza, la marginación, el analfabetismo, las
desigualdades sociales o la vergonzosa trata de seres humanos. Nada de esto es
inevitable y nos debemos felicitar de que en reuniones e instrumentos
internacionales hayan permitido solucionar, al menos en parte, estas llagas que
ofenden a la humanidad. El egoísmo y la ambición de poder son los peores
enemigos del hombre. Están, de diversos modos, en el origen de todos los
conflictos. Esto se constata en particular en ciertas zonas de América del sur,
donde las desigualdades socioeconómicas y culturales, la violencia armada o la
guerrilla, la puesta en tela de juicio de las conquistas democráticas,
debilitan el entramado social y hacen perder a las poblaciones la confianza en
el futuro. Es preciso ayudar a este inmenso Continente para que haga fructificar
todo su patrimonio humano y material.
La desconfianza y las luchas, lo mismo que las
secuelas de las crisis del pasado, pueden efectivamente ser superadas por la
buena voluntad y la solidaridad internacional. Asia nos aporta la prueba con el
diálogo entre las dos Coreas y con el proceso de Timor Oriental hacia
la independencia.
5. El creyente -y particularmente el cristiano-
sabe que es posible otra lógica. Yo la resumiría en unas palabras que podrían
parecer demasiado simples: ¡todo hombre es mi hermano! Si estamos
convencidos de que hemos sido llamados a vivir juntos, de que es bueno
conocerse, amarse y ayudarse, el mundo sería radicalmente diferente.
Mientras pensamos en el siglo que ha terminado,
se impone una consideración a este respecto: pasará a la historia como el
siglo que ha visto las mayores conquistas de la ciencia y de la técnica, pero
también como el siglo en el que la vida humana ha sido menospreciada de la
manera más brutal.
Me refiero sobre todo a las crueles guerras que
han surgido en Europa, a los totalitarismos que han dominado a millones de
hombres y mujeres, pero también a las leyes que han "legalizado" el
aborto o la eutanasia, y además a los modelos culturales que han diseminado la
ideología del consumismo y del hedonismo a cualquier precio. Si el hombre
trastorna los equilibrios de la creación, olvida que es responsable de sus
hermanos y no se cuida del entorno que el Creador ha puesto en sus manos, este
mundo programado por la sola medida de nuestros proyectos podría llegar a ser
irrespirable.
6. Cómo ya lo he recodado en mi mensaje para la
Jornada Mundial de la paz del 1 de enero, todos deberíamos aprovechar este año
2001, que la Organización de las Naciones Unidas ha señalado como "Año
internacional del diálogo entre las civilizaciones", "para
construir la civilización del amor...[que] se apoya en la certeza de que hay
valores comunes a todas las culturas, porque están arraigados en la naturaleza
de la persona" (n. 16).
Ahora bien, ¿existe algo más común a todos que
nuestra naturaleza humana? ¡Sí, en este inicio de milenio, salvemos al
hombre! ¡Salvémoslo todos unidos! A los responsables de la sociedad toca
proteger la especie humana, procurando que la ciencia esté al servicio de la
persona, que el hombre no sea ya un objeto para cortar, que se compra o se
vende, que las leyes no estén jamás condicionadas por el mercantilismo o la
reivindicaciones egoístas de grupos minoritarios. Cualquier época de la
historia de la humanidad no ha escapado a la tentación de cerrarse el hombre en
sí mismo con una actitud de autosuficiencia, de dominio, de poder y de orgullo.
Pero este riesgo, en nuestros días se ha hecho más peligroso para el corazón
de los hombres que, por su esfuerzo científico, creen que pueden llegar a ser
dueños de la naturaleza y de la historia.
7. Será siempre tarea de las comunidades de
creyentes proclamar públicamente que ninguna autoridad, ningún programa político,
ninguna ideología, puede reducir al hombre a lo que es capaz de hacer o de
producir. Los creyentes tienen el deber imperioso de recordar a todos y en todas
las circunstancias el misterio personal inalienable de cada ser humano,
creado a imagen de Dios, capaz de amar a la manera de Jesús.
Desearía ahora reiterarles y reiterar por su
medio a los gobernantes que les han acreditado ante la Santa Sede, la
determinación de la Iglesia católica a defender al hombre, su dignidad, sus
derechos y su dimensión trascendente. Tanto si algunos se resisten a
reconocer la dimensión religiosa del hombre y de su historia, como si otros
quisieran reducir la religión a la esfera de lo privado, o bien otros persiguen
todavía a las comunidades de creyentes, los cristianos seguirán proclamando
que la experiencia religiosa forma parte de la experiencia humana. Es un
elemento vital para la construcción de la persona y de la sociedad a la que
pertenecen los hombres. Así se explica el vigor con que la Santa Sede ha
defendido siempre la libertad de conciencia y de religión, en su dimensión
individual y social. El drama sufrido por la comunidad cristiana en Indonesia o
las discriminaciones patentes de las que son víctimas todavía hoy otras
comunidades de creyentes, cristianos no, en algunos países de obediencia
marxista o islámica, apremian a una vigilancia y a una solidaridad sin fisuras.
8. Éstas son las ideas que me ha inspirado este
encuentro tradicional que me permite dirigirme de alguna manera a todos los
pueblos de la tierra por medio de sus representantes más cualificados. Os pido
transmitir a todos vuestros compatriotas y a los Gobernantes de vuestros países
los fervientes votos que el Papa hace por sus intenciones. A través de esta
historia en la que somos actores, tracemos el camino del milenio que comienza.
Todos juntos, ayudémosnos unos a otros a ser dignos de la vocación a la que
les he llamado: ¡formar una gran familia feliz de sentirse amada por Dios
que nos quiere hermanos! ¡Que el Altísimo les bendiga a todos, así como a
sus seres queridos!
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 3 pp. 3, 4.
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