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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LAS FUERZAS DE SEGURIDAD
QUE PRESTAN SERVICIO EN TORNO AL VATICANO


Lunes 15 de enero de 2001

 

Señor director;
señores funcionarios y agentes:
 

1. ¡Bienvenidos a este encuentro al comienzo del año! Saludo al director general, doctor Roberto Scigliano, y le agradezco los sentimientos que ha querido manifestarme en nombre de todos. Deseo saludar cordialmente al jefe de la Policía, al prefecto de Roma y a los directivos de los cuerpos especiales de la Policía de Estado, que colaboran para garantizar la seguridad en vuestra Inspectoría.

Os saludo con mucho afecto a cada uno de vosotros, queridos agentes, que trabajáis diariamente con discreción y eficiencia. También os agradezco de corazón el significativo regalo que me hacéis hoy, la cruz de Cristo, signo de esperanza y salvación para todo cristiano.

2. Me alegra particularmente esta circunstancia, que me brinda la oportunidad de expresaros, con renovada estima, mi agradecimiento por cuanto habéis realizado, no sin sacrificio, durante el gran jubileo del año 2000.

Gracias a Dios -como ha dicho el director general-, las intensas jornadas jubilares han transcurrido sin graves episodios de desorden o peligro. Al contrario, sin duda ha reinado un clima de serenidad. Precisamente por esto siento la necesidad de felicitar a las Fuerzas de seguridad, que han sabido prevenir y vigilar, en beneficio de todos.

Cuando pienso en los acontecimientos que la Providencia nos ha permitido vivir, especialmente la Jornada mundial de la juventud, pero también los jubileos de las familias, de los trabajadores, de los discapacitados y muchas otras citas jubilares, me doy cuenta de cuántas dificultades habéis debido afrontar. Os he visto colaborar con inteligencia y generosidad con los voluntarios del jubileo. Para numerosos peregrinos, familias y grupos, habéis sido un punto seguro de referencia.
Por esto os doy las gracias de corazón a cada uno en nombre de la Iglesia, y estoy seguro de que vuestro servicio durante este año ha granjeado estima y aprecio además de a vosotros, también a las instituciones del Estado.

3. Albergo la esperanza de que, aunque os hayáis dedicado a cumplir vuestro deber, hayáis podido beneficiaros del clima de fe y de fiesta cristiana que en los meses pasados se ha vivido de modo intenso aquí en Roma, especialmente en torno a las basílicas mayores. También vale para vosotros lo que he escrito en la carta apostólica Novo millennio ineunte:  "Es imposible medir la efusión de gracia que, a lo largo del año, ha tocado las conciencias. Pero ciertamente, un "río de agua viva" (...) se ha derramado sobre la Iglesia" (n. 1).

Ahora es tiempo de encauzar esta agua saludable en los espacios ordinarios de la vida, en las ocupaciones diarias:  en la familia, en el trabajo, en las relaciones interpersonales y sociales, y en el tiempo libre. Como ha recordado oportunamente el doctor Scigliano, el jubileo ha terminado, pero ha dejado en nuestro corazón una huella indeleble. ¡Nada podrá ser como antes! Esto vale ante todo para los creyentes, a quienes un nuevo entusiasmo debe impulsar a huir de componendas y mediocridades, animándolos a realizar en cada campo lo mejor. Esta invitación se extiende incluso a quien no se declara creyente. En efecto, de la buena voluntad de todos dependerá lograr que uno de los efectos del jubileo sea, como conviene, una "salud" mejor, por decirlo así, de todo el cuerpo social.

Queridos amigos, al reanudar el ritmo ordinario de vuestra actividad, difundid en torno a vosotros serenidad y confianza. Que en vuestro servicio diario os acompañe la protección de María, que vela maternalmente por vosotros y por vuestras familias. Por mi parte, os aseguro un recuerdo en mi oración y, al mismo tiempo que os expreso mis mejores deseos a vosotros y a vuestros seres queridos por el año que acaba de comenzar, os bendigo de corazón a todos.

 

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