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DISCURSO DEL PAPA JUAN
PABLO II A LOS PROFESORES Y ALUMNOS DEL INSTITUTO PONTIFICIO DE MÚSICA
SACRA
Viernes 19 de enero de 2001
Venerados hermanos
en el episcopado y en el sacerdocio; queridos profesores y alumnos del
Instituto pontificio de música sacra:
1. Me alegra acogeros con ocasión del XC aniversario de vuestro instituto,
fundado por mi venerado predecesor san Pío X en 1910, con sede en el palacio de
San Apolinar. Recuerdo la visita que os hice el 21 de noviembre de 1984, y os
dirijo con afecto a todos mi saludo cordial. Saludo también a la delegación de
Cataluña. Al mismo tiempo, me congratulo con las personalidades que han
recibido el doctorado honoris causa por los méritos adquiridos en el
campo de la música sacra.
En particular, expreso mi gratitud al arzobispo Zenon Grocholewski, prefecto de
la Congregación para la educación católica y vuestro gran canciller, por las
amables palabras de felicitación que ha querido dirigirme también en vuestro
nombre. Confirmo de buen grado, en esta circunstancia, mi estima y mi satisfacción
por el trabajo que todos realizáis con sentido de responsabilidad y apreciada
profesionalidad.
En esta ocasión, al repasar la actividad desarrollada hasta ahora y al
considerar los proyectos para el futuro, doy gracias a Dios por la obra que ha
realizado el Instituto pontificio de música sacra en beneficio de la Iglesia
universal. En efecto, la música y el canto no son simple ornato o un adorno añadido
a la acción litúrgica. Al contrario, constituyen una realidad unitaria con la
celebración, permitiendo la profundización y la interiorización de los
misterios divinos.
Por tanto, espero que todos vosotros -profesores, discípulos y cultivadores de
la música sacra- crezcáis día a día en el amor a Dios, "cantando y
salmodiando en vuestro corazón al Señor" (Ef 5, 19), y ayudéis
a los demás a hacer lo mismo.
2. En efecto, esta es la misión específica que los Sumos Pontífices
confiaron desde el comienzo a vuestra benemérita institución. Pienso, ante
todo, en el motu proprio de san Pío X, quien, en 1903, gracias a su
sensibilidad litúrgica, puso de relieve cómo la música sacra "es parte
integrante de la solemne liturgia y participa en su fin general, que es la
gloria de Dios y la santificación y edificación de los fieles" (Inter
sollicitudines: ASS 36 [1903] 332). Fruto principal de esta
instrucción fue la institución, en 1910, de la Escuela superior de música
sacra. Apenas un año después, san Pío X hizo pública su aprobación de la
Escuela con el breve Expleverunt desiderii, y el 10 de julio de 1914 le
concedió el título de "pontificia".
También el Papa Benedicto XV, algunos días después de su elevación al trono
pontificio, el 23 de septiembre de 1914, declaró que consideraba esa Escuela
como una herencia muy querida que le había dejado su predecesor, y que la
apoyaría y promovería del mejor modo posible. Asimismo, conviene recordar el motu
proprio Ad musicae sacrae del Papa Pío XI, promulgado el 22 de
noviembre de 1922, en el que se reafirmaba el vínculo particular entre la
Escuela y la Sede apostólica.
Con la constitución apostólica Deus scientiarum Dominus de 1931, la
Escuela, denominada Instituto pontificio de música sacra, fue incluida entre
los institutos académicos eclesiásticos, y como tal prosiguió con mayor empeño
su laudable actividad al servicio de la Iglesia universal. Numerosos alumnos
formados en ella se convirtieron a su vez en formadores en sus respectivas
naciones, según el espíritu originario querido por san Pío X.
En esta circunstancia quisiera rendir homenaje a los profesores que han
trabajado en vuestro instituto durante muchos años y, de modo particular, a los
directores que se han dedicado totalmente a él. Deseo mencionar en especial a
monseñor Higini Anglés, director desde 1947 hasta su muerte, acaecida el 8 de
diciembre de 1969.
3. El concilio ecuménico Vaticano II, continuando la línea de la rica
tradición litúrgica de los siglos anteriores, afirmó que la música sacra
"constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás
expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las
palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne"
(Sacrosanctum Concilium, 112).
En efecto, desde siempre los cristianos, siguiendo los diferentes tiempos del año
litúrgico, han expresado su acción de gracias y su alabanza a Dios con himnos
y cánticos espirituales. La tradición bíblica, con las palabras del salmista,
exhorta a los peregrinos llegados a Jerusalén a cruzar las puertas del templo
alabando al Señor "tocando trompetas, con arpas y cítaras, con tambores y
danzas, con trompas y flautas, con platillos sonoros" (cf. Sal 150,
3-5). Por su parte, el profeta Isaías exhorta a cantar con la cítara en el
templo del Señor, en señal de gratitud, todos los días de la vida (cf. Is
38, 20).
La alegría cristiana, que el canto manifiesta, debe marcar el ritmo de todos
los días de la semana y resonar con fuerza el domingo, "día del Señor",
caracterizado por una alegría peculiar. Un vínculo íntimo une entre sí, por
una parte, la música y el canto, y, por otra, la contemplación de los
misterios divinos y la oración. El criterio que debe inspirar toda composición
y ejecución de cantos y música sacra es el de una belleza que invite a la
oración. Cuando el canto y la música son signos de la presencia y la acción
del Espíritu Santo, en cierto sentido favorecen la comunión con la Trinidad.
La liturgia se convierte entonces en opus Trinitatis. Es necesario que el
"canto en la liturgia" brote del sentire cum Ecclesia. Sólo así
la unión con Dios y la capacidad artística se funden en una síntesis feliz en
la que los dos elementos -el canto y la alabanza- impregnan toda la liturgia.
4. Amadísimos hermanos y hermanas, noventa años después de su fundación,
vuestro Instituto, dando gracias al Señor por el bien realizado, quiere dirigir
la mirada a los nuevos horizontes que le esperan. Hemos entrado en un nuevo
milenio, y la Iglesia está totalmente comprometida en la obra de la nueva
evangelización. Que no falte vuestra contribución en esta vasta acción
misionera. A cada uno de vosotros se os pide un estudio académico riguroso y
una atención constante a la liturgia y a la pastoral. A vosotros, profesores y
alumnos, se os pide que valoricéis al máximo vuestras dotes artísticas,
conservando y promoviendo el estudio y la práctica de la música y del canto en
los ámbitos y con los instrumentos que el concilio Vaticano II indicó como
privilegiados: el canto gregoriano, la polifonía sacra y el órgano. Sólo
así la música litúrgica podrá desempeñar dignamente su función en el ámbito
de la celebración de los sacramentos y, en especial, de la santa misa.
Dios os ayude a cumplir fielmente esta misión al servicio del Evangelio y de la
comunidad eclesial. María, que supo elevar a Dios el Magníficat, el
canto de la verdadera felicidad, sea vuestro modelo. Inspirándose en las
palabras de este canto, la música ha producido a lo largo de los siglos
infinitas melodías, y los poetas han desarrollado una vasta y conmovedora
antología. Ojalá que a esas voces se una también la vuestra para alabar al Señor
y llenarse de júbilo en Dios Salvador.
Por mi parte, os aseguro un recuerdo constante en la oración y, a la vez que os
deseo que el nuevo año recién comenzado rebose de gracia, de reconciliación y
de renovación interior, os imparto con afecto a todos una especial bendición
apostólica.
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