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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL SIMPOSIO
"A DIEZ AÑOS DE LA REDEMPTORIS MISSIO"


Sábado 20 de enero de 2001

 

Venerados hermanos en el episcopado;
amadísimos hermanos y hermanas:
 

1. De buen grado os acojo con ocasión de vuestro interesante simposio, que se celebra a los diez años de la publicación de la encíclica Redemptoris missio. Doy las gracias a cuantos han organizado este simposio y saludo a todos con afecto. En particular, saludo y agradezco al cardenal Jozef Tomko las amables palabras con las que ha introducido este encuentro.

Este simposio, en el alba del nuevo milenio, quiere poner de relieve el valor primario que reviste la evangelización en la vida de la comunidad eclesial. En efecto, la misión ad gentes es la primera tarea que Cristo confió a sus discípulos. Al respecto, resuenan con mucha elocuencia las palabras del divino Maestro:  "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes. (...) He aquí que yo estoy con vosotros (...) hasta el fin del mundo" (Mt 28, 18-20). Y la Iglesia, recordando siempre el mandato del Señor, no cesa de preocuparse por sus miembros, de volver a evangelizar a quienes se han alejado, y de proclamar la buena nueva a quienes aún no la conocen. "Sin la misión ad gentes -escribí a este respecto en la encíclica que hoy recordamos-, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental y de su actuación ejemplar" (n. 34).

Teniendo presente todo esto, desde el comienzo de mi pontificado he invitado a toda persona y a todo pueblo a abrir las puertas a Cristo. Este anhelo misionero me ha impulsado a emprender muchos viajes apostólicos; a procurar que toda la actividad de la Sede apostólica se caracterice por su apertura misionera y a favorecer una constante profundización doctrinal de la tarea apostólica, que compete a todo bautizado. Este es el marco en el que nació la encíclica Redemptoris missio, cuyo décimo aniversario celebramos.

2. Hace diez años, cuando publiqué esta encíclica, se celebraba el vigésimo quinto aniversario de la aprobación del decreto misionero Ad gentes del concilio Vaticano II. Por tanto, en cierto modo, la encíclica podía ser la conmemoración de todo el Concilio, cuyo objetivo fue hacer más comprensible el mensaje de la Iglesia y más eficaz su acción pastoral para la difusión de la salvación de Cristo en nuestro tiempo.

Sin embargo, no se trataba de un texto simplemente conmemorativo y evocador de las intuiciones conciliares. Al recoger los grandes temas trinitarios de mis tres primeras encíclicas, deseaba más bien subrayar con vigor la urgencia perenne que siente la Iglesia con respecto a su mandato misionero, e indicar los caminos nuevos para su realización entre los hombres de la época actual.

Quisiera reafirmar aquí estas motivaciones, puesto que la acción misionera dirigida a los pueblos y a los grupos humanos aún no evangelizados sigue siendo necesaria, particularmente en algunas áreas del mundo y en determinados ambientes culturales. Si se mira bien, también la misión ad gentes en estos años resulta necesaria por doquier, a causa de los rápidos y enormes flujos migratorios que llevan a grupos no cristianos a regiones de consolidada tradición cristiana.

En el centro de la actividad misionera está el anuncio de Cristo, el conocimiento y la experiencia de su amor. La Iglesia no puede sustraerse a este mandato explícito de Jesús, porque privaría a los hombres de la "buena nueva" de la salvación. Este anuncio no elimina la autonomía propia de algunas actividades como el diálogo y la promoción humana; por el contrario, las funda en la caridad difusiva y las ordena a un testimonio siempre respetuoso de los demás mediante el discernimiento atento de lo que el Espíritu suscita en ellos.

3. Acaba de concluir el Año jubilar, que ha suscitado en la Iglesia un providencial impulso de entusiasmo religioso. Con la carta apostólica Novo millennio ineunte he indicado a los creyentes de todas las edades y culturas la exigencia de reanudar el camino, partiendo nuevamente desde Cristo. Es evidente que esto implica para la misión ad gentes un nuevo vigor, una renovación de métodos pastorales. Si cada pueblo y cada nación tienen derecho a conocer la buena nueva de la salvación, nuestro deber principal consiste en abrirles las puertas hacia Cristo, mediante el anuncio y el testimonio. Y cuando, a veces, la proclamación del Evangelio y la adhesión pública a Cristo se ven impedidas por diversas razones, el cristiano tiene siempre la posibilidad de colaborar en la obra de la salvación con la oración, el ejemplo, el diálogo y el servicio humanitario.

La Iglesia, enraizada en el amor trinitario, es misionera por su misma naturaleza, pero es preciso que llegue a serlo efectivamente en todas sus actividades. Y lo será si vive plenamente la caridad que el Espíritu difunde en el corazón de los creyentes y que -como enseñan los Padres- es "el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender" (Redemptoris missio, 60).

4. Amadísimos hermanos y hermanas, han pasado diez años desde que, con la encíclica Redemptoris missio, quise estimular a la Iglesia a una misión global ad gentes. Repito esta invitación ahora, al principio de un nuevo siglo y milenio. Toda Iglesia particular, toda comunidad, toda asociación y todo grupo cristiano deben sentirse corresponsables de esta vasta acción en el lugar donde viven y trabajan. En efecto, en todos los estados de vida en la Iglesia -sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos- existen hoy posibilidades inéditas de cooperación. Se multiplican las situaciones que ponen a los fieles de Cristo en contacto con los no cristianos. Hay organizaciones que permiten trabajar, también en el ámbito internacional, a fin de tutelar los derechos humanos y promover el bien común y mejores condiciones para la difusión del mensaje de la salvación (cf. ib., 82).

Pero no conviene olvidar jamás que la fidelidad del evangelizador a su Señor está en la base de la actividad misionera. Cuanto más santa sea su vida, tanto más eficaz será su misión. La llamada a la misión es una llamada incesante a la santidad. ¡Cómo no recordar cuanto escribí a este propósito en la encíclica! "La vocación universal a la santidad -afirmé entonces y repito hoy- está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión" (ib., 90). Sólo de este modo la luz de Cristo, reflejada en el rostro de la Iglesia, podrá iluminar también a los hombres de nuestra época.

Esta es la tarea principal del Sucesor de Pedro, llamado a garantizar y promover la comunión y la misión universal de la Iglesia. Es deber de la Curia romana y de los obispos, que comparten con él un ministerio tan elevado. Es, además, una responsabilidad a la que no puede sustraerse ningún creyente, independientemente de su edad y condición.

Conscientes de esta responsabilidad, amadísimos hermanos y hermanas, respondamos también nosotros generosamente a este llamamiento continuo del Espíritu Santo. María, Estrella de la nueva evangelización, interceda por nosotros, y nos ayuden con su ejemplo y su protección los santos patronos Teresa del Niño Jesús y Francisco Javier.

Con estos sentimientos, os bendigo de buen grado a todos vosotros y el servicio eclesial que prestáis diariamente.

 

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