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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LAS MAESTRAS PÍAS FILIPPINI
Lunes 29 de enero de 2001
Amadísimas Hijas de santa Lucía Filippini:
1. Me alegra acogeros y daros una cordial bienvenida a cada una. Os
agradezco esta visita, mediante la cual, con ocasión de vuestro capítulo
general ordinario, queréis renovar la expresión de vuestra plena fidelidad y
adhesión al Sucesor de Pedro.
Desde hace años desarrolláis vuestra actividad en diversos países del mundo y
os ponéis con amor al servicio del Evangelio, atentas a las necesidades de los
humildes, los pobres y los que sufren, procurando inspirar vuestro ministerio
educativo en Jesús Maestro, con un estilo de seguimiento basado en el amor
esponsal. Seguid por este camino, cooperando en la difusión del evangelio de la
caridad en los nuevos campos de apostolado que os confía el Señor. Al comienzo
del nuevo milenio, la experiencia que vuestro instituto ha adquirido durante
largos años de servicio a Cristo y a la Iglesia constituye una premisa feliz
para una estación aún más fecunda de vida consagrada y apostólica.
2. Vuestro capítulo general se celebra cuando acaba de concluir el gran
jubileo del año 2000. Aborda un tema de gran interés para vosotras:
"Las Constituciones, lámpara para mis pasos, luz en mi camino" (cf. Sal
118). Con la elección de este tema habéis querido poner de manifiesto la
necesidad de una renovada referencia a la Regla, porque en ella y en las
Constituciones se contiene un itinerario de seguimiento caracterizado por un
carisma específico reconocido por la Iglesia (cf. Vita consecrata, 37).
Por tanto, el objetivo fundamental del capítulo consiste en facilitar a los
miembros una interiorización más consciente de las Constituciones, para vivir
una auténtica espiritualidad comunitaria, que sea testimonio profético de los
valores del Reino. Queridas hermanas, ante la difusión de una mentalidad
secularizada, la observancia fiel de la Regla os ayudará en gran medida a
fortaleceros en vuestra tensión hacia lo Absoluto, de modo que no os conforméis
al espíritu de este mundo, sino que progreséis día a día en
vuestra configuración con Cristo.
La asamblea capitular os brinda la oportunidad de volver, con humildad y valentía,
a los orígenes de vuestro instituto, obteniendo así mayor vigor para responder
a los desafíos que se presentan ahora a vuestra actividad apostólica. Al
considerar la singular experiencia del cardenal Marcantonio Barbarigo y de la
joven Lucía Filippini podréis realizar la anhelada renovación de las
estructuras y de los métodos, manteniendo firme la referencia a la Regla
y a las Constituciones, que ofrecen un itinerario de seguimiento de
Cristo según vuestro específico carisma educativo, pedagógico y asistencial.
A través de una mayor adhesión a él, piedra angular, que "es el mismo
ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8), el don que el Espíritu Santo hizo
a vuestros fundadores podrá seguir animando vuestra experiencia diaria.
3. ¡Cómo no recordar en esta circunstancia cuando, a finales del siglo
XVII, el cardenal Marcantonio Barbarigo, con la ayuda de la joven Lucía
Filippini, comenzó una amplia acción de apoyo humano y espiritual a los jóvenes,
dedicándose también al mejoramiento de la condición femenina y a la
consolidación moral y cultural del clero y del pueblo! Precisamente con ese fin
se constituyeron, aproximadamente el año 1692, las "Escuelas de la
doctrina cristiana" para las muchachas del pueblo, con el fin de contribuir
a mejorar la familia y la sociedad. Nació así un cuerpo valioso y estable de
maestras, capaz de llevar a cabo, con fidelidad y creatividad, el proyecto de
intervención educativa que habían ideado el cardenal Barbarigo y la joven Lucía
Filippini.
Vuestro capítulo general, que se celebra en el alba del tercer milenio, es como
un alto en el camino para considerar el itinerario recorrido hasta ahora y
valorar el comienzo, más prometedor que nunca, de una nueva etapa de servicio
eclesial en Italia, en Europa y en los territorios de misión en los que estáis
presentes. Amadísimas hermanas, la Iglesia espera mucho de vosotras: de
vuestro ejemplo y de vuestra generosa entrega apostólica.
Estáis llamadas a desempeñar un singular ministerio educativo, que se
manifieste en constantes signos de amor, especialmente para con los pobres, y
que, a través de las escuelas, no sólo favorezca un sólido crecimiento
cultural de los alumnos, sino también su acercamiento consciente a las verdades
perennes del Evangelio.
4. Para que podáis proseguir con fruto vuestro apostolado, debéis
preocuparos en especial por cultivar una espiritualidad personal y comunitaria
que conjugue armoniosamente la salvaguardia de la interioridad y la entrega
generosa a vuestras múltiples actividades apostólicas y caritativas.
Con el fin de alcanzar este objetivo, durante los trabajos capitulares habéis
comprobado oportunamente que la formación para la vida consagrada, el espíritu
de oración, la comunión fraterna y la misión en la Iglesia y en
el mundo son los caminos privilegiados para seguir siendo, según el ejemplo
de vuestros fundadores, una presencia significativa en nuestro tiempo. Ante el
indiferentismo religioso generalizado, estáis llamadas a cumplir vuestra misión
específica, sobre todo en el campo escolar, teniendo en cuenta las dificultades
relacionadas con los diversos ambientes culturales y locales. Sed valientes y
entusiastas, y no os dejéis condicionar por los diferentes obstáculos que podáis
encontrar.
Revivid en vosotras el ardiente sentimiento de san Pablo, que exclamaba:
"¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16).
Siguiendo el ejemplo de vuestros fundadores, poned vuestro apostolado bajo la
protección de María, la Madre de Dios, a quien la Iglesia venera "como
Madre amantísima con sentimientos de piedad filial" (Lumen gentium,
53). Estoy seguro de que, de este modo, suscitaréis en el corazón de numerosas
jóvenes el deseo de encontrar a Cristo y servirlo con "corazón
indiviso" en los hermanos débiles e indefensos.
Queridas hermanas, con estos sentimientos os imparto de buen grado una bendición
especial, que extiendo de corazón a todas las personas, en particular jóvenes,
por quienes realizáis la tarea apostólica de vuestra familia religiosa.
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