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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PASTORES DE LAS IGLESIAS DEL CÁUCASO
CON MOTIVO DE SU VISITA "AD LIMINA"


Viernes 9 de febrero de 2001

 

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio: 

1. Es para mí motivo de gran alegría daros mi cordial bienvenida durante vuestra visita ad limina, con la que queréis reafirmar los sentimientos de comunión que os unen al Sucesor de Pedro.
Agradezco a monseñor Nerses Der Nersessian las amables palabras que me ha dirigido, interpretando vuestros sentimientos comunes. Al saludaros, amados pastores, deseo expresar mi afecto sincero a los fieles de vuestras Iglesias. Los tengo a todos presentes en mi oración diaria.

Nuestro encuentro se realiza al comienzo de un nuevo milenio. La herencia dejada por el difícil siglo recién terminado obliga a la Iglesia en muchas regiones a afrontar problemas urgentes y complejos. En el campo de la evangelización y del cuidado pastoral del pueblo cristiano la primera tarea que os espera es seguramente la reconstrucción de vuestras respectivas comunidades, pequeña grey largamente maltratada y dispersa.

2. La experiencia que estáis realizando durante estos años os ha persuadido de que, con el anuncio del Evangelio, no sólo se puede renovar el entusiasmo de las comunidades eclesiales, sino también contribuir eficazmente a la construcción de una nueva sociedad basada en sólidos valores éticos y morales. En todas vuestras intervenciones mantened firme la confianza en Dios. En efecto, es él quien edifica la Iglesia y guía el camino de los pueblos según sus inescrutables designios de salvación.

Sed portadores convencidos de una cultura nueva que, predicando el respeto de todos a todos, se funde en los valores perennes del espíritu y reconozca el primado de Dios en la existencia. Con la fuerza de esta convicción, esmeraos por difundir la esperanza, estimulando con todos los medios posibles la cooperación de todos en el anuncio del Evangelio.

Es preciso, ante todo, que vuestra grey desarrolle una mentalidad renovada, inspirada en la civilización del amor, que afirme el respeto a todo ser humano. No tengáis miedo de alzar vuestra voz en defensa de toda causa justa, y ofreced explícitamente el don que habéis recibido, es decir, la fe en Cristo, que os ha elegido. Dad testimonio de su mensaje salvífico destinado a todas las naciones.

3. Para cumplir esta misión profética, vuestras comunidades deben tomar cada vez mayor conciencia de su vocación. En la carta apostólica Novo millennio ineunte, pensando en la barca de la Iglesia que debe adentrarse en el vasto océano que Dios le presenta al comienzo del nuevo milenio, invité a los pastores y a los fieles a "recomenzar desde Cristo", sostenidos por la esperanza y afrontando las nuevas tareas con gran confianza en el apoyo indefectible de la Providencia. Para esta vasta acción apostólica hay que aprovechar plenamente las energías de los sacerdotes, los consagrados y los laicos. Preocupaos, sobre todo, por su formación, para que, tomando del tesoro de la oración y del estudio, puedan compartir los problemas del hombre de hoy, ofreciendo a todos el alimento sustancioso de la palabra de Dios.

Prestad atención particular a los jóvenes, que son el futuro de la Iglesia y de la humanidad. Si Cristo los llama para que lo sigan por el camino del sacerdocio o de la vida consagrada, estad a su lado y comprometed en la necesaria obra vocacional a toda la comunidad cristiana.

4. Las tareas prioritarias, a las que debéis dedicar siempre vuestro tiempo, siguen siendo "la oración y el ministerio de la Palabra" (Hch 6, 4). El Señor os ha elegido para que, después de haber rezado largamente, anunciéis su Evangelio y llevéis la esperanza y el consuelo de su amor a todos. El contacto prolongado con él os dará el entusiasmo necesario para seguir proclamando con intrepidez la buena nueva del Reino y comunicando el mensaje del amor misericordioso de Dios, que se abre para acoger toda miseria humana.

A pesar de que disponéis de pocos medios, no os olvidéis de los pobres y de quienes se encuentran en dificultades. La dura herencia del pasado os sitúa ante familias frágiles, amenazadas por las plagas sociales del divorcio y del aborto. ¡Y cuántos, también en vuestras regiones, se sienten tentados por el espejismo del materialismo práctico y del hedonismo consumista!
Permaneced al lado de vuestra gente, dándole un apoyo concreto, vivificado por el consuelo de la fe. Acordaos, sobre todo, de los jóvenes que buscan motivaciones sólidas para afrontar un futuro que a menudo no ven claro.

A todos transmitid la seguridad de mi cercanía espiritual. Sentidme, ante todo, solidario con vuestra solicitud pastoral diaria. Ojalá que el amor a la grey de Cristo os impulse a cada uno a trabajar con actitud de sintonía activa, para que se afiance en la Iglesia "el amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14).

La Madre celestial de Dios os proteja y acompañe.

Con estos sentimientos, y como prenda de mi afecto, os imparto una bendición apostólica especial, que extiendo de buen grado a toda la grey que la misericordia de Dios os ha confiado.

 

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