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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DEL PERÚ* Viernes 16 de febrero de 2001
Señor Embajador:
Con sumo gusto le recibo en este solemne acto de presentación
de las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y
Plenipotenciario de la República del Perú ante esta Sede Apostólica, y me
complace darle mi más cordial bienvenida en el momento en que inicia las
importantes funciones que su Gobierno le ha confiado. Agradezco sus amables
palabras y, muy especialmente, el saludo del Dr. Valentín Paniagua Corazao,
Presidente de la República, al que correspondo con los mejores deseos de que su
servicio al pueblo peruano, en estos momentos de su historia, ayude a todos a
progresar por el camino de la concordia, el mutuo entendimiento y la paz.
2. Viene como representante de un pueblo que, como bien recuerda
Usted en sus palabras, hunde sus raíces en la historia, siendo depositario de
ricas herencias culturales y morales. En efecto, la civilización inca,
exponente del esplendoroso pasado del Perú, con el pasar de los siglos se ha
amalgamado con la cultura occidental a partir de la llegada del Evangelio,
constituyendo a los peruanos en un pueblo profundamente religioso en el que el
cristianismo forma parte de su idiosincrasia. En ese ambiente, la fe y la
religiosidad han dado excelentes frutos, entre los cuales la Iglesia honra a los
Santos Toribio de Mogrovejo y Martín de Porres, Juan Macías y Francisco
Solano, a Santa Rosa de Lima y a la Beata Ana de los Ángeles Monteagudo.
Se ha referido Usted también a los dos inolvidables viajes que
he realizado a su País, el primero en 1985 y el segundo, tres años después
para la Clausura del Congreso Eucarístico Bolivariano. En ambas ocasiones tuve
el gozo de encontrar un pueblo acogedor y abierto, al que animé a continuar por
el buen camino emprendido, aprovechando todos los recursos con los que cuenta el
alma peruana.
3. Amplia y generosa ha sido la aportación de la Iglesia en
estos casi quinientos años de su presencia en el Perú, anunciando la Buena
Nueva a todos sus habitantes. Este servicio al hombre peruano aparece reconocido
incluso por la Constitución que, en su artículo 50, proclama que la Iglesia ha
tenido un papel "importante en la formación histórica, cultural y moral
del Perú". En efecto, no es difícil descubrir estos rasgos en los
momentos significativos de la historia peruana.
Ha recordado Usted, igualmente la presencia de la Iglesia en el
campo de la educación, con la creación de escuelas y universidades, así como
en el de la sanidad y en la ayuda a los más necesitados. El Episcopado peruano
tiene el decidido propósito de seguir por ese camino, en el que como he escrito
recientemente "se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha
tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy
quizá requiere mayor creatividad" (Novo millennio ineunte, 50).
Con su Doctrina social la Iglesia contribuye igualmente al bien
de la sociedad. En efecto, Ella no pretende resolver los problemas sociales
desde la perspectiva técnica y administrativa, propia de la autoridad civil,
sino que, por su sentido de la persona, la promoción de la solidaridad y la
atención a los más débiles, busca contribuir a la instauración de una vida
social mejor.
4. La crisis política e institucional que en los meses pasados
ha vivido su País, a la que se ha referido también Usted, Señor Embajador, ha
suscitado serios problemas para la Nación. He seguido con atención el
desarrollo de los acontecimientos, pidiendo al Señor que no se viera perturbada
la vida de los peruanos. Ahora es preciso aunar esfuerzos, dejar de lado
planteamientos de parte para que, con la colaboración de todos y desde la
honradez y buena voluntad, se fomente un clima de confianza, justicia real,
lealtad, transparencia, mutuo respeto, paz y libertad. De este modo el pueblo
peruano podrá superar esa crisis y recuperar los valores morales de una
sociedad justa, equitativa, solidaria y honesta, promoviendo un estado de
derecho en el que todos los ciudadanos se sientan corresponsales y participen en
la edificación de la Patria y en la realización del bien común.
En este sentido, será importante trabajar por mejorar la
situación económica, superando la lacra de la pobreza generada por la fuerte
deuda externa e interna, lo cual ha de ser afrontado por todos los protagonistas
de la vida social. En diversas ocasiones me he referido a este grave problema a
escala mundial, auspiciando que una condonación, o por lo menos una reducción
significativa de la deuda externa por parte de los Países acreedores, permita a
quienes se encuentran en tales circunstancias mirar al futuro con optimismo,
promover el conveniente desarrollo y alcanzar cotas deseables de bienestar.
La vuelta a la normalidad democrática ha de ir acompañada
ineludiblemente de la recuperación de los genuinos principios morales y
éticos. En efecto, como he repetido muchas veces, la vida política no puede
prescindir del respecto de la verdad y de los valores, pues "una democracia
sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto,
como demuestra la historia" (Centesimus annus, n. 46).
Quisiera referirme también al proceso de paz con la nación
hermana del Ecuador, con el que se firmó un Acuerdo favorecido también por la
abnegada cooperación de ambas Conferencias Episcopales. Es indispensable,
superando cualquier tentación de volver atrás, caminar hacia adelante en un
clima de convivencia propio de países que están unidos por tantos valores y en
conformidad con la tradición pacífica de la región. Además su País ha
resuelto sus asuntos pendientes con Chile, firmando en noviembre de 1999 el Acta
de Ejecución de las cláusulas del Tratado de Lima del 1929, con lo cual el
Perú ha manifestado su voluntad de concentrar sus esfuerzos en el desarrollo y
el bienestar de su sociedad.
5. Al concluir, Señor Embajador, formulo mis mejores votos por
el buen desempeño de su misión. En la Santa Sede encontrará la mayor
disponibilidad para todo lo que pueda redundar en bien del querido pueblo
peruano y para las buenas relaciones que existen entre su País y esta Sede
Apostólica. Pido al Señor, por intercesión de Nuestra Señora de la
Evangelización y de todos los Santos peruanos, que le asista en el ejercicio de
sus funciones, que bendiga a su distinguida familia, a sus colaboradores, así
como a los gobernantes y ciudadanos de la noble nación peruana, que recuerdo
siempre con gran cariño y estima.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXIV, 1 p.397-400.
L'Osservatore Romano 17.2.2001 p.6.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 8 p.7.
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