 |
DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LOS
MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE YUGOSLAVIA EN VISITA "AD
LIMINA"
Viernes 16 de febrero de 2001
Queridos hermanos
en el episcopado:
1. "Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que
nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una
esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y
palabra buena" (2 Ts 2, 16-17). Con estas palabras de san Pablo a
los cristianos de Tesalónica, os saludo cordialmente, queridos pastores de la
Iglesia que está en la República federal de Yugoslavia. Habéis venido en
visita ad limina Apostolorum para manifestar vuestra comunión católica
y vuestra adhesión al Sucesor de Pedro. Agradezco a monseñor Franc Perko,
arzobispo metropolitano de Belgrado y presidente de la Conferencia episcopal,
las amables palabras que ha querido dirigirme también en vuestro nombre.
Por medio de vosotros, saludo y doy las gracias a los presbíteros, a los
consagrados y a cuantos cooperan con vosotros en la obra de evangelización. El
Señor recompense a todos abundantemente, como él mismo prometió.
En estos días he podido mantener un coloquio fraterno con cada uno de vosotros,
y os agradezco las palabras de esperanza que me habéis comunicado con respecto
a las Iglesias que el Espíritu Santo os ha encomendado apacentar y, como
sucesores de los Apóstoles, custodiar el depósito de su fe (cf. Hch 20,
28-31). Con vosotros elevo la súplica al Padre, de quien viene toda dádiva
buena y todo don perfecto (cf. St 1, 17), a fin de que el pueblo
creyente, cuyos pastores sois, sepa aprovechar cualquier oportunidad para
testimoniar la buena nueva y dar abundantes frutos de santidad.
2. Este encuentro con vosotros me brinda la posibilidad de constatar el
gran celo y la disponibilidad con que procuráis dar una respuesta adecuada a
las exigencias pastorales del momento presente. Os exhorto a continuar con
valentía, juntamente con los presbíteros, en el cumplimiento de vuestros
deberes al servicio del pueblo de Dios que vive en vuestras regiones, sin
escatimar esfuerzos y sacrificios. Espero de corazón que el nuevo clima político,
que se ha creado en los últimos meses, abra nuevas perspectivas y ofrezca
nuevas oportunidades para el desarrollo regular de las actividades de las
comunidades católicas del país.
En vuestro servicio tened presente siempre el ejemplo del buen Pastor, Cristo Señor.
Cuando vuestros esfuerzos os parezcan inútiles, escuchad al Maestro, que también
os repite a vosotros: "Rema mar adentro, y echad las redes para
pescar". Responded entonces como hizo san Pedro: "Maestro, nos
hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra,
echaré las redes" (Lc 5, 4-5).
Permaneced atentos al soplo del Espíritu Santo y, junto con vuestras
comunidades diocesanas, dejaos guiar por él. No cesa de impulsar y derramar
abundantes dones sobre las comunidades y sobre cada uno de los fieles. Así, no
permitirá que os falte la audacia apostólica, la clarividencia profética y la
sabiduría necesaria para ser maestros de vida y pastores celosos de la grey que
se os ha confiado.
3. Vivimos un momento histórico particularmente rico en luces y sombras.
Al cruzar el umbral del nuevo milenio, en el horizonte de la Iglesia se perfila
un nuevo tramo de camino, que ha de recorrer con audacia misionera. Miremos con
confianza al futuro, porque también está iluminado por el Evangelio,
"fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm 1,
16). Precisamente a vosotros, discípulos de Cristo, os corresponde difundir
este luminoso mensaje a los hombres, a las familias y a toda la humanidad del
tercer milenio.
Por desgracia, las diversas situaciones en las que se encuentran vuestras
comunidades diocesanas no permiten, como sería de desear, programar en cada
sector actividades pastorales comunes. Sin embargo, esto no os impide
intercambiaros experiencias y ayudaros unos a otros, partiendo de las realidades
que ya os unen. Teniendo los mismos propósitos y evitando la dispersión de los
recursos de que disponéis y de las fuerzas de vuestras comunidades diocesanas,
procurad coordinar vuestros esfuerzos. Esto os permitirá imprimir un ulterior
impulso a la nueva evangelización, implicando a los hombres y a las mujeres de
todas las edades, a las familias y a las parroquias. Todo el pueblo de Dios
-presbíteros, religiosos, religiosas y fieles laicos- debe sentirse
comprometido responsablemente, junto con vosotros, en la vasta obra de
evangelización. Por el bautismo todo creyente está llamado a dar a la Iglesia
su contribución específica, según el estado de vida en que se encuentra.
4. El anuncio del Evangelio tendrá mayor impacto si, como es debido, va
acompañado por el testimonio de una vida coherente y fiel a Cristo, y por la búsqueda
de los modos y métodos pastorales que conviene adoptar para dar respuestas
adecuadas a los desafíos de nuestro tiempo. Por tanto, las actividades
pastorales deben tratar de suscitar una adhesión fiel a Cristo y a su
Evangelio. Este compromiso pastoral dará frutos abundantes si insiste en la
centralidad de la palabra de Dios y en la importancia vital de los sacramentos.
Este es el camino del crecimiento en la fe, en la esperanza y en la caridad; el
camino de la santidad a la que todo cristiano debe tender diariamente.
La urgencia de la evangelización requiere una atención constante a la formación
de los candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada. También es necesaria la
formación permanente del clero en el plano teológico, litúrgico y pastoral.
Al mismo tiempo, hay que promover una intensa pastoral vocacional, sostenida por
una oración constante, que implique y responsabilice a toda la comunidad
eclesial.
Para una renovación de la vida religiosa en el país en que vivís y trabajáis,
pueden ayudaros la valoración de la sana religiosidad popular, las misiones
populares y todos los medios pastorales tradicionales, a los que es preciso añadir
los que responden a las exigencias modernas, incluido el uso de los medios de
comunicación social. A la luz de la palabra de Dios y del magisterio de la
Iglesia, sabed valorar experiencias pasadas y nuevas oportunidades para el
anuncio de la salvación.
Además, hay que tener en cuenta la necesidad de inculturar el Evangelio en las
realidades de la vida diaria, para que quien lo acoja se comprometa en la
construcción de la civilización del amor y de la paz. De esta forma contribuiréis
también al desarrollo de la cultura y a su progreso constante. En efecto,
"la cultura es expresión cualificada del hombre y de sus vicisitudes históricas,
tanto a nivel individual como colectivo. (...) Ser hombre significa
necesariamente existir en una determinada cultura" (Mensaje para la
Jornada mundial de la paz del año 2001, nn. 4-5: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 15 de diciembre de 2000, p. 9).
Conozco las circunstancias dramáticas que afrontaron vuestras poblaciones en el
pasado. Ahora me habéis informado sobre la difícil situación en que viven aún
hoy, en particular sobre la persistencia de tensiones políticas y sociales, que
pueden causar nuevos enfrentamientos. Animad a vuestros fieles a no ceder a la
tentación de recurrir a la violencia.
5. Venerados hermanos en el episcopado, permaneced unidos entre vosotros;
tened con vuestras comunidades un solo corazón y una sola alma, perseverando en
la doctrina de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en la
oración (cf. Hch 2, 42; 4, 32). A pesar de las dificultades,
comprometeos con todas vuestras energías en el diálogo ecuménico, para que
prosiga el camino hacia la unidad plena de los discípulos de Cristo. Él mismo
está con nosotros y nos da el Espíritu Santo, para llevarnos hacia la unidad
por la que rogó al Padre (cf. Jn 17, 20-21) antes de entrar "en el
santuario una vez para siempre, (...) con su propia sangre, consiguiendo una
redención eterna" (Hb 9, 12).
El camino de la unidad pasa por el perdón cordial y la reconciliación sincera.
Así se abrirá el camino a la unidad tan necesaria de los discípulos de Cristo
y se preparará un futuro de paz y de progreso para todos.
"Que sean uno para que el mundo crea" (Jn 17, 21). La unidad de
los cristianos es un don de Dios que requiere nuestro esfuerzo generoso e
incondicional: "La oración de Cristo nos recuerda que este don ha de
ser acogido y desarrollado de manera cada vez más profunda. (...) La confianza
de poder alcanzar, incluso en la historia, la comunión plena y visible de todos
los cristianos se apoya en la oración de Jesús, no en nuestras
capacidades" (Novo millennio ineunte, 48).
6. Nos conforta la certeza de que Dios hará crecer cuanto cada uno de
vosotros ha sembrado (cf. 1 Co 3, 5-6), superando abundantemente todas
las expectativas humanas.
Os encomiendo a vosotros, a vuestros presbíteros y diáconos, así como a los
religiosos, las religiosas y los fieles laicos de vuestras Iglesias a la
protección materna de la Madre del Redentor. María, aurora de los tiempos
nuevos, os obtenga el don de la fidelidad a la misión recibida, la valentía de
proseguir con celo el anuncio del Evangelio y la alegría de testimoniar a
Cristo.
Asegurándoos el recuerdo constante en mi oración, os bendigo de corazón.
|