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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS, SACERDOTES Y FIELES
DE LA DIÓCESIS DE ROMA
AL FINAL DEL GRAN JUBILEO

Amadísimos hermanos y hermanas: 

Al término del gran jubileo deseo dirigirme a vosotros con este mensaje en el que, como si fuera una conversación familiar, evoco algunas de las emociones suscitadas por esa extraordinaria experiencia de fe, amor y conversión que hemos vivido juntos.
Roma no podrá olvidar jamás las multitudes de peregrinos procedentes de todas las partes de la tierra, que recorrieron sus calles y rezaron en las basílicas y en las iglesias, profesando la única fe en Cristo Señor y Salvador ante las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo y las de los mártires.
Los peregrinos, a su vez, no podrán olvidar el calor de la acogida gozosa y fraterna de las familias, las comunidades religiosas y las parroquias de esta maravillosa ciudad, que manifestó una vez más al mundo su vocación universal y testimonió que "preside en la caridad a todas las Iglesias".

Gratitud

1. Por todas esas experiencias doy gracias con vosotros al Señor. Me vienen a la memoria, en particular, algunos acontecimientos que marcaron la vida de la diócesis y fueron preparados y celebrados con gran intensidad espiritual y con generoso espíritu de servicio:  el jubileo diocesano, la semana del Congreso eucarístico internacional, con su sugestiva procesión eucarística desde la basílica de San Juan de Letrán hasta la de Santa María la Mayor, el jubileo de las familias y, sobre todo, el gozoso y entusiasta jubileo de los jóvenes, que quedará grabado profundamente en la memoria de todos los que tuvieron la gracia de participar en él. Como escribí en la carta apostólica Novo millennio ineunte, no será fácil ni a los mismos jóvenes, ni a los voluntarios, a las familias, a las parroquias y a las comunidades religiosas que los acogieron con amistad y simpatía, borrar de la memoria ese acontecimiento en el que Roma se hizo "joven con los jóvenes" (n. 9).

Los grandes acontecimientos jubilares, pero también el desarrollo diario, igualmente importante, del Año santo pudieron celebrarse del mejor modo posible gracias a la dedicación y al esfuerzo de los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y numerosos fieles de la diócesis. ¡Gracias, pues, Iglesia de Roma, por haberte abierto a la gracia del jubileo y haber correspondido a ella con todo el ardor de tu corazón!

Expreso mi gratitud en especial a los voluntarios, a las familias, a las parroquias y a las comunidades religiosas, que se prodigaron con entusiasmo y sacrificio en la hospitalidad a los peregrinos y en el servicio a los más pobres, a los discapacitados y a los que sufren. En particular, pienso en cuantos acogieron con alegría y compromiso responsable al gran número de jóvenes de la Jornada mundial de la juventud.

Una mirada al pasado...

2. Desde la ya lejana vigilia de Pentecostés del año 1986, el camino de la Iglesia de Roma se ha caracterizado y fortalecido por una serie de grandes compromisos y citas. En primer lugar, el Sínodo pastoral, para la plena acogida y valoración de las enseñanzas del concilio Vaticano II en nuestra diócesis:  la comunión y la misión fueron las ideas fundamentales en torno a las cuales giraron los trabajos del Sínodo, cuya misma celebración representó una gran experiencia de comunión. El libro del Sínodo sigue siendo el punto de referencia y el "vademécum" de nuestra pastoral.

En la solemnidad de la Inmaculada de 1995, también llamé a la Iglesia de Roma a la gran "Misión ciudadana", como preparación para el Año santo y para concretar el compromiso misionero asumido por el Sínodo. Se centró en la idea:  "Pueblo de Dios en misión"; y en realidad todos -sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, y sobre todo muchísimos laicos- se hicieron, con fe, valentía y entrega, misioneros en las familias, en las escuelas, en los ambientes de trabajo y por toda la ciudad.

Siguió la maravillosa experiencia espiritual del jubileo, que ha acrecentado la comunión y la colaboración entre todas las realidades, las vocaciones y los carismas que constituyen la riqueza de nuestra diócesis, y que nos ha confirmado ulteriormente que son muchas las personas y las familias, además de las que participan habitualmente en la vida de nuestras comunidades, en las que aún están presentes las raíces de la fe y el deseo del contacto con Dios y de una vida sin ambiciones e intereses terrenos.

...para proyectar el futuro

3. Así pues, podemos mirar hacia adelante con actitud de fe y esperanza cristiana y, como escribí en la carta apostólica Novo millennio ineunte (n. 1), "remar mar adentro" (cf. Lc 5, 4), para "vivir con pasión el presente" y "abrirnos con confianza al futuro", con la certeza de que "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8). En efecto, nos espera una nueva y fecunda era de evangelización de nuestra ciudad y del mundo entero.

A la vez que damos gracias al Señor por los dones recibidos, nos interrogamos sobre los modos mejores para hacerlos fructificar ulteriormente y, en particular, buscamos los caminos posibles y eficaces para renovar nuestra pastoral ordinaria, a fin de hacerla estable y concretamente misionera. A este objetivo está dedicada la gran "Asamblea diocesana" que, aceptando mi invitación, habéis programado para el próximo mes de junio y que ya ahora estáis preparando en las parroquias, en las prefecturas y en los otros ambientes eclesiales.

La carta apostólica Novo millennio ineunte ofrece la pista fundamental con vistas a la preparación y a las orientaciones de esa Asamblea, indicando los contenidos decisivos para la vida y el testimonio de la comunidad cristiana, tanto en Roma como en cualquier otra parte del mundo:  cada Iglesia particular, y también la Iglesia de Roma, está llamada a "establecer aquellas indicaciones programáticas concretas -objetivos y métodos de trabajo, formación y valorización de los agentes y búsqueda de los medios necesarios- que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura" (n. 29).

Pero hay algo más importante aún que la reflexión y la programación pastoral y es lo único que puede darles a estas y a toda la actividad apostólica una orientación justa, fecundidad y eficacia. Me refiero, como ya habéis comprendido, a la contemplación del rostro de Cristo (cf. Novo millennio ineunte, cap. II) que se convierte en oración, aspiración a la santidad y participación en la vida litúrgica y sacramental, de la que deriva el ""alto grado" de la vida cristiana ordinaria" (ib., 31).

Hermanos y hermanas de la Iglesia de Roma, os recomiendo especialmente a vosotros siempre, pero de modo particular en este tiempo en el que realizamos el discernimiento comunitario con vistas a los compromisos futuros, que os dediquéis más a la oración y a la escucha de la palabra de Dios y a valorar al máximo la Eucaristía, sobre todo la dominical. Nuestras comunidades "tienen que llegar a ser auténticas "escuelas" de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha e intensidad de afecto, hasta el "arrebato" del corazón" (ib., 33). Que el redescubrimiento del sacramento de la reconciliación, que experimentamos durante el Año santo, siga ahora y se apoye en oportunas catequesis, así como en la disponibilidad generosa de los sacerdotes en el confesonario.

Comunión eclesial

4. Ya he subrayado que el discernimiento pastoral debe realizarse con espíritu de comunión. En efecto, la comunión "encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia" (ib., 42). Por consiguiente, hay que "hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión" (ib., 43):  este es el desafío que nos espera, "si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo" (ib.).

Se trata, sobre todo, de incrementar la "espiritualidad de la comunión", que nos ayuda a superar toda búsqueda vana de afirmación personal y a valorar todos los carismas con los que el Señor enriquece a la Iglesia, confiriendo "un alma a la estructura institucional, con una llamada a la confianza y a la apertura que responde plenamente a la dignidad y responsabilidad de cada miembro del pueblo de Dios" (ib., 45).

Muchos son los caminos y las formas concretas con los que podemos incrementar la comunión en nuestra diócesis, tan rica en múltiples experiencias espirituales y pastorales; pero para alcanzar este fin es decisivo que toda parroquia y comunidad religiosa, toda realidad eclesial, y también cada bautizado, particularmente quienes tienen mayores responsabilidades pastorales, se pregunten con sinceridad:  ¿qué aporto al crecimiento de la comunión plena en la Iglesia? ¿Cómo puedo colaborar para que llegue a ser casa y escuela de comunión?

Formación misionera

5. Sobre la base de la comunión recíproca será más fácil desarrollar el compromiso de formación cristiana con un matiz específicamente misionero que, con el paso de los años, resulta claramente cada vez más necesario. En efecto, en el actual marco social y cultural, y en presencia de tantas familias que no son capaces de dar la primera formación cristiana a sus hijos, nuestras comunidades eclesiales, comenzando por las parroquias, deben encargarse de todo el itinerario formativo, desde los años de la infancia y, sin interrupción, hasta la juventud, la madurez y la vejez.

Se trata de formar cristianos auténticos, y esto no puede lograrse sin un profundo compromiso personal, tanto de los formadores como de los formandos. Pero se trata también de dar a todo este itinerario una dimensión fuertemente misionera, que haga del cristiano un hombre celoso y capaz de dar un claro testimonio de su fe, en cada uno de los ámbitos en los que se desarrolla su vida. Únicamente así la "misión permanente", que es nuestro gran objetivo pastoral, podrá realizarse de forma concreta, no sólo mediante iniciativas especiales, sino también y sobre todo en el entramado diario de la vida de nuestra diócesis, con sus múltiples articulaciones.

Pastoral vocacional

6. Aunque todo cristiano recibe del Señor su vocación específica y necesita una formación adecuada para poder corresponder a ella, conservan todo su valor peculiar las vocaciones de especial consagración, particularmente al sacerdocio y a la vida consagrada. También la Iglesia de Roma, que ha sido bendecida por Dios en estos años con el don de muchas ordenaciones sacerdotales, siente la necesidad de "organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y a las familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la entrega total de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino" (ib., 46).

Pido a cada creyente y a cada institución eclesial, especialmente a las comunidades de vida contemplativa, que intensifiquen la oración por las vocaciones. Es el primer compromiso y el más necesario. Asimismo, es preciso trabajar con empeño en la promoción, el acompañamiento y la maduración de cada vocación. Es una tarea de toda la diócesis, en la que se inserta la responsabilidad específica que compete a nuestros seminarios diocesanos, a los cuales quisiera asegurar mi constante atención y mi recuerdo especial en la oración.

Los caminos de la misión permanente

7. La audacia y la prudencia del discernimiento deberán expresarse especialmente en proyectar y desarrollar las formas de misionariedad que ya experimentamos durante la Misión ciudadana y que ahora hay que integrar oportunamente en la pastoral ordinaria, enriqueciéndolas con nuevas modalidades. Pienso, en particular, en las opciones e iniciativas fundamentales que se realizaron:  la visita a las familias -a la que siguió la formación de centros de escucha del Evangelio en los hogares-, el testimonio misionero en los ambientes de vida y trabajo, y el diálogo a la luz de la fe con las instituciones culturales presentes en nuestra ciudad. Pero para que estas opciones encuentren un terreno fértil y un apoyo adecuado, es preciso que la catequesis, la acción litúrgica y las diversas iniciativas de nuestras comunidades asuman una fisonomía más claramente misionera, poniendo siempre en el centro el anuncio de Jesucristo, único Salvador, y haciendo que ese testimonio responda a los interrogantes, las preocupaciones y las expectativas de la vida diaria de nuestro pueblo.

En el momento mismo en que el compromiso misionero impulsa a nuestras parroquias y a los diferentes ambientes eclesiales a salir de sí mismos para proponer a todos el encuentro con Cristo, nos ponemos en contacto con los múltiples sufrimientos y formas de pobreza, antiguas y nuevas, presentes en los hogares y en los barrios de Roma. Por eso, ha llegado también para nosotros "la hora de una nueva "creatividad de la caridad", que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de mostrarse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda no sea percibido  como limosna humillante, sino como un compartir fraterno" (ib., 50). En esta frontera de la caridad, en la que la Iglesia de Roma se ha comprometido a lo largo de toda su historia, pido una presencia general y generosa que implique a todos los componentes eclesiales.

Igualmente necesaria es una atención constante al vasto mundo de la cultura, en sus múltiples expresiones. El "proyecto cultural orientado en sentido cristiano", que constituye una de las grandes prioridades de la Iglesia en Italia, debe alcanzar también, y particularmente en Roma, un desarrollo cada vez más concreto. No se trata sólo de estar presentes en los lugares dedicados más específicamente a la elaboración y a la comunicación de la cultura, sino también de lograr influir en la mentalidad y en la cultura a través de la actividad pastoral diaria. Será necesario, asimismo, suscitar en cada creyente la conciencia  de  la  contribución  que, con su trabajo, sus convicciones y su estilo de vida, puede dar a la formación de un ambiente social más cristiano en la ciudad.

No necesito subrayar cuán importante es, para un compromiso misionero en toda la diócesis, la pastoral familiar, en este momento histórico en el que la familia misma, también en Roma, está atravesando una crisis profunda y generalizada. Precisamente por eso, no podemos contentarnos con una atención esporádica a las familias o limitada a los núcleos más cercanos y disponibles. Por el contrario, el rostro materno de la Iglesia debe manifestarse, en la medida de lo posible, a todo núcleo familiar mediante la actividad de los pastores, pero también mediante el testimonio y la solicitud de familias cristianas capaces de dar "un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana:  tanto de la de los cónyuges como, sobre todo, de la de los más frágiles, que son los hijos" (ib., 47).

La Jornada mundial de la juventud, tanto en su desarrollo como en todo su trabajo de preparación, en el que se distinguió la diócesis de Roma, nos ha confirmado que sería un error imperdonable no tener confianza en el "don especial del Espíritu de Dios" que son los jóvenes para Roma y para la Iglesia (cf. ib., 9). Hemos podido constatar que muchos jóvenes están enamorados de Cristo, y saben superar la tentación insidiosa de separar a Cristo de la Iglesia. Esos jóvenes pueden y deben convertirse en los primeros misioneros para sus amigos y coetáneos:  el nuevo impulso apostólico que queremos dar a toda la vida de nuestra Iglesia exige cultivar e incrementar, con una actitud de confianza y una formación adecuada, su capacidad de ser testigos auténticos y creíbles del Señor.

El amor de Cristo nos apremia (2 Co 5, 14)

8. Queridos hermanos y hermanas, los meses que faltan para la Asamblea de junio os permitirán poneros a la escucha del Espíritu que habla a su Iglesia y escucharos unos a otros, a fin de redescubrir juntos los caminos más eficaces para que el compromiso de la nueva evangelización sea permanente.

Pero sabemos muy bien que todo el impulso, la energía y la entrega de los evangelizadores provienen de la fuente que es el amor de Dios, infundido en nuestro corazón con el don del Espíritu Santo. Este amor abraza, en Cristo, a todos nuestros hermanos los hombres, llamados como nosotros a la fe y a la salvación. Abraza, en particular, a cada uno de los que viven en esta gran ciudad, pobres y ricos, jóvenes y ancianos, italianos y extranjeros. Y junto con ellos abraza a toda la ciudad, a cuyo auténtico progreso humano y civil, como creyentes en Cristo, deseamos dar nuestra contribución más sincera. Por eso, dispongámonos a vivir, ante todo como un acto de amor, tanto la preparación de la Asamblea como todo lo que seguirá.

María santísima, Salus populi romani, los apóstoles san Pedro y san Pablo, y todos los santos y santas de la Iglesia de Roma nos sostengan con su intercesión, para que todos juntos cumplamos con fidelidad y confianza la misión que el Señor nos confía.

Como prenda de mi gran afecto, de corazón os imparto a todos la bendición apostólica, propiciadora de la gracia y de la alegría que vienen del Espíritu Santo.

Vaticano, 14 de febrero de 2001

 

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