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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
SEMINARIO ROMANO MAYOR
Sábado 24 de febrero de 2001
Amadísimos hermanos:
1. Me encuentro nuevamente entre vosotros, para esta cita que ya forma
parte de la tradición del Seminario romano, que es el seminario del Papa. Por
eso, se trata de una ocasión propicia para reafirmar, con mi presencia, lo que
escribí recientemente en el Mensaje a la diócesis de Roma, es decir,
que "al seminario diocesano aseguro mi constante atención y mi recuerdo
especial en la oración" (n. 6).
Expreso, ante todo, mi estima y afecto al cardenal vicario, que acaba de
festejar sus setenta años. Le renuevo mi gratitud por el bien que realiza al
servicio de la Iglesia de Roma y, como presidente de la Conferencia episcopal,
al servicio de toda la Iglesia que está en Italia. Saludo a los obispos
presentes, a los párrocos y a los sacerdotes que han intervenido en esta
significativa manifestación, así como al rector y a los formadores del
seminario. Os saludo a cada uno de vosotros, queridos seminaristas, que realizáis
aquí vuestro camino de formación, preparándoos para la entrega total a la
causa del Reino. Extiendo mi saludo a vuestros familiares, a vuestros amigos y a
los jóvenes que hoy se han unido a la comunidad del seminario para honrar a la
"Virgen de la Confianza" y participar en este encuentro de fiesta.
2. Hemos escuchado con emoción el oratorio musical compuesto por el
querido monseñor Marco Frisina. Se inspira en la breve pero intensa vida
terrena del siervo de Dios Bruno Marchesini, ex alumno del seminario, que
falleció a los 23 años y soñaba ser sacerdote. Vosotros, con razón, lo llamáis
"el amigo del cielo". Su vida fue un constante y valiente camino hacia
la santidad.
Por las páginas de su diario sabemos que en 1936, a fines del mes de mayo,
durante el segundo año del bienio filosófico en el Seminario mayor, se consagró
al Corazón Inmaculado de María. Repitiendo con solemnidad el ofrecimiento
de su castidad, escribió: "Por medio de ti, oh María, hoy he osado
presentar a Jesús, realmente presente en mi corazón bajo las especies eucarísticas,
el lirio de mi pureza nuevamente florecido. Tú me lo has inspirado y tú me
ayudarás a mantenerlo con todo el fervor de este día". Y, para aclarar
mejor su pensamiento, añadió que esa consagración expresaba su intención de
una "entrega total de amor a Cristo Jesús".
3. Bruno Marchesini intuyó que la Virgen es el camino más seguro para
llegar a Jesús y pertenecerle totalmente y para siempre. Esta es también mi
experiencia personal. Amadísimos seminaristas, acoged en vuestra vida a la
Virgen santísima como Madre vuestra. Que cada uno tenga conciencia amorosa de
este papel de María, sobre todo durante los valiosos años de la formación
mientras se prepara para ser sacerdote, es decir, alter Christus.
En la capilla del seminario veneráis a la Virgen santísima con el título de
"Virgen de la Confianza". Os exhorto a ir a menudo a visitarla y
abrirle vuestro corazón: María es "aurora luminosa y guía segura
de nuestro camino" (Novo millennio ineunte, 58). La esclava fiel del
Señor os ayudará también a vosotros, como el "amigo del cielo" que
hoy recordamos, a consagrar vuestra vida al servicio del Evangelio, en un camino
generoso de santidad.
4. Ser santos es el programa de todo cristiano, porque "los caminos de
la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno" (ib.,
31). Queridos jóvenes amigos, espero que este programa oriente también vuestra
existencia. Vivisteis con empeño la Jornada mundial de la juventud; visteis a
cientos de miles de coetáneos vuestros que, desde todas las partes del mundo,
acudieron a la tumba del apóstol san Pedro. Vinieron para confirmar su fe y
expresar su firme decisión de ser, en el nuevo milenio, los hombres y las
mujeres de las bienaventuranzas.
Roma necesita santos. Se abre ante nosotros una época fecunda de nueva
evangelización, la cual, para tener éxito, exige la valentía de la santidad.
Queridos seminaristas, cultivad este deseo en vuestra oración diaria. Hacedlo
vuestro, imitando al amigo Bruno Marchesini, que en la Navidad de 1937 hizo esta
oración a Jesús: "Hazme sacerdote santo, o llámame antes a ti.
Hazme comprender la miseria de esta vida, si no se gasta totalmente para amarte
a ti".
5. En el oratorio musical hemos escuchado la invitación de Jesús:
"Venid y lo veréis", con el comentario de san Juan:
"Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él" (Jn
1, 39). Queridos hermanos, las palabras con las que el evangelista habla de su
vocación nos han permitido releer a fondo la existencia de Bruno Marchesini y
descubrir su sincera devoción a la Virgen santísima, la mujer que fue total y
plenamente del Señor.
Contemplémosla de nuevo a ella, la Madre de Cristo, y pidámosle que nos enseñe
también a nosotros a "quedarnos" con el Señor. Pidámosle que la
comunidad del Seminario romano sea cada vez más conscientemente "auténtica
escuela de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese
solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza,
adoración, contemplación, escucha e intensidad de afecto, hasta el arrebato
del corazón" (Novo millennio ineunte, 33). Que todo esto se
convierta en vuestra experiencia diaria.
Que aquella a quien aprendéis a invocar como "Virgen de la
Confianza", título que tanto amaba el beato Juan XXIII, el cual también
estudió en vuestro seminario, sea vuestra esperanza y vuestro consuelo.
Con estos sentimientos, al mismo tiempo que os agradezco una vez más este
encuentro, os imparto de corazón a todos una especial bendición apostólica.
Al
final del encuentro con la comunidad del Seminario romano mayor:
Me alegra haber pasado con vosotros esta velada tradicional, haber escuchado
el nuevo oratorio compuesto por monseñor Marco Frisina y haberme encontrado
personalmente con cada uno de vosotros.
Al final de esta cena, quiero dar las gracias también a las religiosas.
Debo concluir este saludo porque el cardenal vicario me mira recordándome que
mañana por la mañana debemos visitar la parroquia. Sí, también os espera,
dentro de poco, la parroquia. Os deseo que entréis en una parroquia romana.
Siempre es algo estupendo. La parroquia es una realidad viva.
Os deseo también que viváis una santa Cuaresma, una santa Pascua. Os deseo
todo bien para el futuro: la ordenación diaconal y luego la sacerdotal.
¡Muchas gracias! El Señor os bendiga y la Virgen de la Confianza os proteja
siempre a cada uno.
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