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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II
AL FINAL DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES


Sábado 10 de marzo de 2001

 

1. Hemos concluido los ejercicios espirituales con una meditación sobre el Magnificat. Quisiera que esta breve intervención se hiciera eco del cántico de María, expresando con sus palabras una profunda acción de gracias al Señor por todo lo que nos ha dado durante estos días de silencio y recogimiento.

La predicación del querido arzobispo de Chicago, el señor cardenal Francis Eugene George, nos ha guiado en la contemplación de los misterios divinos. A usted, venerado hermano, le expreso, también en nombre de los señores cardenales y de los prelados de la Curia romana que han participado en los ejercicios, mi más cordial agradecimiento. El estilo personal y sobrio adoptado por usted ha puesto muy bien de relieve la eficacia de la palabra evangélica. En verdad, nos ha hecho sentir a san Lucas como compañero de viaje en nuestro itinerario cuaresmal. Además de la profundización del texto bíblico, ha ofrecido estimulantes testimonios tomados de su rica experiencia de misionero y obispo, que han favorecido la aplicación de las reflexiones a la vida. En torno a los grandes temas de la conversión, la libertad y la comunión, nos ha llevado diariamente a contemplar a Cristo y a profundizar la fe en él, la fe que es "para todos los pueblos".

2. También han sido frecuentes las referencias a los documentos elaborados después de las recientes Asambleas sinodales continentales. Eso ha contribuido a conferir a nuestro retiro un clima intensamente apostólico, muy adecuado al tiempo eclesial que estamos viviendo, después del gran jubileo del año 2000.

Es un tiempo para el que he querido poner como lema las palabras de Cristo a san Pedro:  "Duc in altum", "Rema mar adentro" (Lc 5, 4). Sabemos cuál fue la respuesta de Simón:  "En tu palabra, echaré las redes" (Lc 5, 5). "En tu palabra":  es lo que hemos querido hacer durante estos días. Hemos permanecido a la escucha del Señor para fortalecer, con la ayuda del Espíritu Santo, la fe, corroborar la esperanza y reavivar la caridad. Confiando en la eficacia de la palabra de Cristo, la Iglesia echa las redes en el vasto océano del nuevo milenio recién iniciado. Es una red singular:  ¡quien queda atrapado, es liberado! En efecto, la fe en Cristo es libertad que nace de la conversión personal y abre a la comunión con todos los hombres.

3. Gracias, señor cardenal, por habernos guiado en este camino. ¡Que el Señor lo recompense! Por nuestra parte, le aseguramos que lo recordaremos en nuestras oraciones, invocando sobre usted y sobre su ministerio la asistencia materna de la Virgen Inmaculada, Madre de su consagración misionera.

Expreso un agradecimiento cordial también a cuantos han colaborado para que los ejercicios espirituales se desarrollaran del mejor modo posible, tanto en lo que respecta a la animación litúrgica como al servicio de acogida.

Que María nos ayude a todos a atesorar los dones espirituales recibidos durante esta tanda de ejercicios espirituales y a proseguir con renovado impulso el itinerario cuaresmal. Con estos sentimientos, imparto de buen grado a todos una especial bendición apostólica.

 

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