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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN CONGRESO ORGANIZADO
POR LA PRELATURA DEL OPUS DEI
SOBRE LA "NOVO MUILLENNIO INEUNTE"
Sábado 17 de marzo de 2001
Amadísimos
hermanos y hermanas:
1. ¡Bienvenidos! Os saludo cordialmente a cada uno de vosotros, sacerdotes
y laicos, reunidos en Roma para participar en las jornadas de reflexión sobre
la carta apostólica Novo millennio ineunte y sobre las perspectivas que
tracé en ella para el futuro de la evangelización. Y saludo especialmente a
vuestro prelado, el obispo monseñor Javier Echevarría, que ha promovido este
encuentro con el fin de potenciar el servicio que la Prelatura presta a las
Iglesias particulares en las que se hallan presentes sus fieles.
Estáis aquí en representación de los diversos componentes con los que la
Prelatura está orgánicamente estructurada, es decir, de los sacerdotes y los
fieles laicos, hombres y mujeres, encabezados por su prelado. Esta naturaleza
jerárquica del Opus Dei, establecida en la constitución apostólica con la que
erigí la Prelatura (cf. Ut sit, 28 de noviembre de 1982), nos puede
servir de punto de partida para consideraciones pastorales ricas en aplicaciones
prácticas. Deseo subrayar, ante todo, que la pertenencia de los fieles laicos
tanto a su Iglesia particular como a la Prelatura, a la que están incorporados,
hace que la misión peculiar de la Prelatura confluya en el compromiso
evangelizador de toda Iglesia particular, tal como previó el concilio Vaticano
II al plantear la figura de las prelaturas personales.
La convergencia orgánica de sacerdotes y laicos es uno de los campos
privilegiados en los que surgirá y se consolidará una pastoral centrada en el
"dinamismo nuevo" (cf. Novo millennio ineunte, 15) al que todos
nos sentimos impulsados después del gran jubileo. En este marco conviene
recordar la importancia de la "espiritualidad de comunión" subrayada
por la carta apostólica (cf. ib., 42-43).
2. Los laicos, en cuanto cristianos, están comprometidos a realizar un
apostolado misionero. Sus competencias específicas en las diversas actividades
humanas son, en primer lugar, un instrumento que Dios les ha confiado para hacer
que "el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e
incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la
sociedad y en la cultura" (ib., 29). Por consiguiente, es preciso
estimularlos a poner efectivamente sus conocimientos al servicio de las
"nuevas fronteras", que se presentan como desafíos para la presencia
salvífica de la Iglesia en el mundo.
Su testimonio directo en todos esos campos mostrará que sólo en Cristo los
valores humanos más elevados alcanzan su plenitud. Con su celo apostólico, su
amistad fraterna y su caridad solidaria podrán transformar las relaciones
sociales diarias en ocasiones para suscitar en sus semejantes la sed de verdad
que es la primera condición para el encuentro salvífico con Cristo.
Los sacerdotes, por su parte, desempeñan una función primaria insustituible:
la de ayudar a las almas, una a una, por medio de los sacramentos, la predicación
y la dirección espiritual, a abrirse al don de la gracia. Una espiritualidad de
comunión valorará al máximo el papel de cada componente eclesial.
3. Queridos hermanos, os exhorto a no olvidar en todo vuestro trabajo el
punto central de la experiencia jubilar: el encuentro con Cristo. El
jubileo fue una continua e inolvidable contemplación del rostro de Cristo, Hijo
eterno, Dios y hombre, crucificado y resucitado. Lo buscamos en la peregrinación
hacia la Puerta que abre al hombre el camino del cielo. Experimentamos su
dulzura en el acto humanísimo y divino de perdonar al pecador. Lo sentimos
hermano de todos los hombres, guiados hacia la unidad por el don del amor que
salva. Sólo Cristo puede apagar la sed de espiritualidad que se ha suscitado en
nuestra sociedad.
"No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la
certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!" (ib.,
29). Al mundo, a cada uno de nuestros hermanos los hombres, los cristianos
debemos abrir el camino que lleva a Cristo. "Tu rostro busco, Señor"
(Sal 27, 8). El beato Josemaría, hombre sediento de Dios, y por eso gran
apóstol, solía repetir esa aspiración. Escribió: "En las
intenciones sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro amor; en la palabra,
nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo" (Camino, 271).
4. Es tiempo de dejar a un lado todo temor y lanzarnos hacia metas apostólicas
audaces. Duc in altum! (Lc 5, 4): la invitación de Cristo
nos estimula a remar mar adentro, a cultivar sueños ambiciosos de santidad
personal y fecundidad apostólica. El apostolado siempre es el desbordamiento de
la vida interior. Ciertamente, también es acción, pero sostenida por la
caridad. Y la fuente de la caridad está siempre en la dimensión más íntima
de la persona, donde se escucha la voz de Cristo que nos llama a remar con él
mar adentro. Que cada uno de vosotros acoja esta invitación de Cristo a
corresponderle con generosidad renovada cada día.
Con este deseo, a la vez que encomiendo a la intercesión de María vuestro
compromiso de oración, de trabajo y de testimonio, os imparto con afecto mi
bendición.
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