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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A UNA EXPEDICIÓN AL POLO NORTE


Martes 20 de marzo de 2001 

Amadísimos hermanos: 

1. Os acojo de buen grado y me alegra daros mi cordial bienvenida a cada uno de vosotros, que os preparáis para la próxima expedición al Polo norte. Se realiza cien años después de la del príncipe Luis Amadeo de Saboya Aosta, duque de los Abruzos, en la que quiso participar también el joven sacerdote alpinista don Achille Ratti, el futuro Pío XI, pero no pudo partir a causa de contratiempos surgidos en los últimos días.

Deseáis completar, en cierto modo, aquella ardua expedición del año 1900 y emular a esos hombres intrépidos que se propusieron, en condiciones difíciles, alcanzar metas hasta entonces jamás conquistadas por el hombre. Siguiendo los pasos de aquella empresa y de la sucesiva de 1928, guiada por Umberto Nobile, os disponéis a dar un testimonio de la aspiración jamás colmada del hombre de conocer páginas poco exploradas del maravilloso libro de la creación. Estoy seguro de que vuestro singular viaje os permitirá compartir el asombro del salmista, que, ante los prodigios de la naturaleza, exclama extasiado:  "¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Sal 8, 1).

2. Si Dios quiere, precisamente el día de Pascua llegaréis al Polo norte, y allí podréis celebrar la santa misa. Se realizará así el deseo que Pío XI no logró cumplir en su tiempo. También haréis realidad otro deseo suyo:  plantar la cruz de Cristo en aquel extremo del globo terrestre. La artística cruz de madera, que hoy bendigo de buen grado, representa a hombres y mujeres en busca de la salvación. Guiados por el Sucesor de Pedro, encuentran a Cristo muerto en la cruz por nosotros. Él es el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre.

Estos dos "signos" otorgan a vuestra expedición un claro sello misionero. Al plantar el "árbol de la cruz" y al renovar el sacrificio eucarístico en los "confines de la tierra", queréis recordar que la humanidad  halla su auténtica dimensión sólo cuando es capaz de fijar la mirada en Cristo y se encomienda totalmente a él.

De manera especial, al celebrar el sacrificio divino en el Polo norte precisamente el día de Pascua, queréis hacer que resuene con fuerza, "hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8), el anuncio del Señor resucitado.

Os expreso mis mejores deseos de que esta misión, tan ardua y significativa, tenga pleno éxito y, con este fin, os encomiendo a cada uno de vosotros a la protección materna de la Virgen María, "Spes certa poli". Con estos deseos, os imparto de corazón la bendición apostólica, que extiendo de buen grado a cuantos colaboran en vuestro valiente proyecto.

 

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