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 MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA UNIÓN MUNDIAL 
DE LAS ORGANIZACIONES FEMENINAS CATÓLICAS

 

A la señora María Eugenia
DÍAZ DE PFENNICH
Presidenta de la Unión mundial de
las Organizaciones femeninas católicas


1. Saludo con alegría a las participantes en la asamblea general de la Unión mundial de las Organizaciones femeninas católicas, que tiene lugar en Roma del 17 al 21 de marzo de 2001. Desde 1910 vuestro movimiento ha congregado a mujeres católicas de todos los continentes y de diferentes ámbitos y culturas. Con espíritu de respeto a esta diversidad formáis ahora una amplia y dinámica familia en el seno de la Iglesia católica. Vuestro encuentro en el corazón de la Iglesia universal es una oportunidad especial para reafirmar vuestra identidad y beneficiaros de las gracias del jubileo a fin de abrir a Cristo de par en par la puerta de vuestro corazón y de los hogares y las comunidades en los que vivís, rezáis y seguís la vocación que Dios os ha confiado a cada una de vosotras.

2. Al comienzo de un nuevo milenio, las seiscientas delegadas de esta asamblea tienen la oportunidad de dar gracias a Dios por todo lo que significa ser mujer en el plan divino, e implorar su ayuda para superar los numerosos obstáculos que aún impiden el pleno reconocimiento de la dignidad y la misión de la mujer en la sociedad y en la comunidad eclesial. El camino recorrido durante el siglo pasado ha sido notable. En muchos países las mujeres gozan hoy de libertad de acción, de decisión y de expresión, libertad que han conquistado con claridad de ideas y valentía. Expresan su genio característico en muchos ámbitos. En el mundo actual existe cada vez mayor conciencia de la necesidad de afirmar la dignidad de la mujer. No se trata de un principio abstracto, puesto que implica un esfuerzo concertado en todos los niveles para oponerse con firmeza "a cualquier práctica que ofenda a la mujer en su libertad y en su femineidad:  el así llamado "turismo sexual", la compraventa de muchachas, la esterilización masiva y, en general, toda forma de violencia" (Audiencia general, 24 de noviembre de 1999, n. 2:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 26 de noviembre de 1999, p. 3). Con todo, la mujer afronta también muchos obstáculos para su realización auténtica. La cultura dominante difunde e impone modelos de vida que son contrarios a la naturaleza más profunda de la mujer. Ha habido graves aberraciones, algunas causadas por el egoísmo y el rechazo del amor; otras por una mentalidad que acentúa los derechos individuales de la persona hasta el punto de que se debilita el respeto a los derechos de los demás, y, en particular, los de los niños por nacer, indefensos, que en muchos casos carecen de toda protección legal.

3. Vuestra Unión existe para ayudaros a comprender cada vez mejor vuestra misión y para vivirla a fondo. Está presente como una voz también en los foros internacionales, para reafirmar que toda vida es un don de Dios y merece ser respetada. Trabajando juntas, debéis tratar de proporcionar mayor apoyo material y moral a las mujeres que atraviesan dificultades, víctimas de la pobreza y la violencia. No olvidéis jamás que este importante trabajo está arraigado en el amor de Dios y que dará fruto en la medida en que vuestro testimonio muestre su infinito amor a toda persona humana.

La santidad femenina, a la que cada una de vosotras está llamada, es indispensable para la vida de la Iglesia. "El concilio Vaticano II, confirmando la enseñanza de toda la tradición, ha recordado que en la jerarquía de la santidad precisamente la "mujer", María de Nazaret, es "figura" de la Iglesia. Ella "precede" a todos en el camino de la santidad" (Mulieris dignitatem, 27). Las mujeres que viven santamente son "un modelo de la sequela Christi, (...) un ejemplo de cómo la Esposa ha de responder con amor al amor del Esposo" (ib.).

4. El tema de vuestra asamblea, La misión profética de la mujer, debería ofreceros una ocasión para dedicaros a una amplia reflexión sobre vuestro compromiso. El mundo y la Iglesia necesitan vuestro testimonio específico. Todo el pueblo de Dios participa del carácter profético de Cristo, que consiste sobre todo en escuchar y comprender la palabra de Dios (cf. Lumen gentium, 12). Las mujeres católicas que viven con fe y caridad, y alaban a Dios con su oración y su servicio (cf. ib.), han desempeñado siempre un papel sumamente fecundo e indispensable en la transmisión del sentido genuino de la fe y en su aplicación a todas las circunstancias de la vida. Hoy, en un tiempo de profunda crisis espiritual y cultural, esta tarea reviste una urgencia notable. La presencia y la acción de la Iglesia en el nuevo milenio dependen de la capacidad de la mujer de recibir y conservar la palabra de Dios. En virtud de su carisma específico, la mujer está especialmente dotada para transmitir el mensaje y el misterio cristiano a la familia y al mundo del trabajo, del estudio y del tiempo libre.

5. El reciente jubileo de los laicos fue una ocasión para renovar la llamada del concilio Vaticano II a todos los fieles laicos para proclamar la buena nueva de Cristo con su palabra y su testimonio. En la familia y en la sociedad contribuís "desde dentro (...) a la santificación del mundo" (Lumen gentium, 31). Toda actividad, incluso la más sencilla, si se realiza con amor, contribuye a la santificación del mundo. Hay que recordar esta importante verdad hoy, en un mundo fascinado por el éxito y la eficiencia, pero en el que muchas personas no pueden compartir los beneficios del progreso global, son cada vez más pobres y están más desamparadas que nunca.

El jubileo ha infundido nuevas energías a toda la Iglesia. ¡Caminemos con esperanza! (cf. Novo millennio ineunte, 58). La Iglesia, que ha recomenzado su misión de proclamar a Cristo al mundo, necesita mujeres que contemplen el rostro de Cristo, mantengan su mirada fija en él y lo reconozcan en los miembros más débiles de su Cuerpo. "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). Vigilad, sed una presencia atenta y fuerte, contemplad siempre a Cristo, seguidlo y guardad su palabra en vuestro corazón. De este modo, vuestra esperanza no se quebrantará, sino que se difundirá por todo el mundo en este tiempo prometedor y estimulante.

Os aseguro una vez más mi cercanía en la oración, confiando en que esta asamblea sea una ocasión para encontrar nuevas energías con vistas a vuestra misión. Encomendándoos a todas vosotras a la protección de María, Madre del Redentor, os imparto cordialmente mi bendición apostólica.

Vaticano, 7 de marzo de 2001

 

                

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