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 ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 
A UNA DELEGACIÓN DE LA IGLESIA PRESBITERIANA 
DE ESTADOS UNIDOS 


Jueves 22 de marzo de 2001

Queridos hermanos en Cristo: 

La visita de una delegación de la Iglesia presbiteriana de Estados Unidos es ciertamente motivo de alegría. Os saludo a todos con afecto en el Señor.

Vuestra visita a esta ciudad, donde los apóstoles san Pedro y san Pablo derramaron su sangre por Cristo, tiene lugar al término de la celebración del gran jubileo de la Encarnación y en el alba del tercer milenio cristiano. La participación de numerosas Iglesias y comunidades eclesiales en diversos acontecimientos jubilares testimonia nuestro común agradecimiento por las abundantes gracias que acompañaron la primera venida del Señor. Confirma nuestro compromiso de trabajar por la unidad plena de los cristianos, mientras esperamos su vuelta gloriosa.

A pesar de los significativos pasos dados en los últimos decenios hacia la meta de la unidad visible, debemos reconocer que "la triste herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el umbral del nuevo milenio", y sabemos que "queda aún mucho camino por recorrer" (Novo millennio ineunte, 48). Ojalá que veamos el futuro que se abre ahora ante nosotros como una llamada del Señor a "renovar el espíritu de nuestra mente y a revestirnos del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad" (cf. Ef 4, 23-24). En efecto, esta es una condición para que podamos superar las barreras que aún separan a los cristianos.

Os deseo que vuestra estancia en Roma y vuestras conversaciones con el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos den abundantes frutos para las actividades ecuménicas futuras. Sobre vosotros y sobre vuestras familias invoco cordialmente la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo.

            

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