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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LA DELEGACIÓN DE UNA EDITORA AUSTRIACA
Miércoles 28 de marzo
de 2001
Ilustre señor nuncio; queridos hermanos en el episcopado
y en el sacerdocio; amados hermanos y hermanas:
1. "Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo" (Flp 1, 2). Con este deseo de san Pablo, el Apóstol de
los gentiles, os doy cordialmente la bienvenida al palacio apostólico, donde
hemos tenido la oportunidad de celebrar juntos la Eucaristía e intercambiarnos
el saludo de la paz.
Acepto de buen grado las amables palabras que el nuncio apostólico, arzobispo
Donato Squicciarini, me ha dirigido en nombre de todos vosotros. Refiriéndose a
este encuentro, ha dicho que es un gran honor; también yo deseo expresar la
profunda alegría que me produce esta ocasión: la entrega del
tercer volumen de mis mensajes para la Jornada mundial de la paz desde 1993
hasta 2000.
2. Agradezco a mi representante en Austria el esfuerzo que ha realizado
como promotor de esta importante obra, y la valiosa contribución que ha dado
con ella a la difusión de los mensajes de paz. También doy las gracias a todos
los que han estudiado a fondo mi pensamiento sobre la paz, y así se han
convertido en intérpretes competentes del mismo. Igualmente, expreso mis
sentimientos de estima a quienes con gran esmero han editado y realizado técnicamente
este libro tan útil.
3. El mensaje de paz es más actual que nunca en un tiempo en el que los
pueblos se acercan cada vez más entre sí, y se tiene la impresión de que la
tierra se convierte progresivamente en una "aldea global". A pesar de
todos los riesgos y peligros que sin duda alguna entraña el proceso de
globalización, no se debe ignorar un fenómeno que constituye un signo de
esperanza: la conciencia cada vez mayor de la dependencia mutua entre las
personas, los pueblos y las naciones.
El hecho de que los hombres y las mujeres en diferentes partes del mundo sienten
las injusticias y las ofensas contra los derechos del hombre -aunque se
perpetren en países lejanos- como si las sufrieran ellos mismos, muestra una
creciente sensibilidad de los corazones. Pero, al mismo tiempo, hay también un
motivo de preocupación: destacar demasiado los intereses nacionales,
hasta el punto de que el encuentro entre las culturas no se percibe como
enriquecimiento, sino como amenaza. Por eso, los avances logrados gracias a la
globalización deben repercutir en las conciencias. De este modo, el mensaje de
paz adquiere una resonancia nueva.
4. El creciente entramado de las relaciones entre los hombres, tanto en las
cosas grandes como en las pequeñas, exige decididamente la solidaridad. En
efecto, la paz sólo es posible si la dependencia recíproca fomenta la superación
de toda marginación, la renuncia a cualquier forma de imperialismo económico,
militar o nacional, y la transformación de la desconfianza recíproca en
colaboración amistosa. Precisamente aquí reside el gesto innato de solidaridad
entre las personas y los pueblos.
A este respecto, quisiera citar el lema que mi venerado predecesor, de feliz
memoria, el Papa Pío XII, escogió para su pontificado: Opus iustitiae
pax. La paz es fruto de la justicia. Hoy se puede reformular este lema también
desde la perspectiva bíblica (cf. Is 32, 17; St 3, 18): Opus
solidarietatis pax. La paz es fruto de la solidaridad.
Para que la "paz de las armas" pueda aumentar y perdurar, el hombre
debe confiar en las "armas de la paz"; entre ellas están tanto el
respeto a la dignidad humana como la práctica de la justicia y de la
solidaridad. No se utilizan estas "armas de la paz" cuando se
desprecia la dignidad de la persona humana, se somete al débil y se oprime al
pobre.
5. Quiera Dios que esta obra ayude a muchos lectores a comprender cada vez
más profundamente el mensaje de paz y a actuarlo en su vida. La paz no puede
quedarse sólo en palabras; debe hacerse realidad. Albergo en mi corazón la
esperanza de que la "cultura de la paz" se difunda cada vez más, para
que la tierra sea envuelta finalmente por una "red de paz", tejida con
la "globalización de la solidaridad". No cabe duda de que el volumen
que habéis preparado y que publicáis ahora contribuirá a lograr ese objetivo.
Como signo de mi reconocimiento y mi gratitud por la realización del proyecto
de este libro, os imparto de buen grado la bendición apostólica.
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