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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO ECUMÉNICO COMPUESTO
POR TEÓLOGOS EVANGÉLICOS
Y CATÓLICOS DE ALEMANIA


Martes 3 de abril de 2001

 

Querido señor cardenal;
amados hermanos y hermanas:
 

1. "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Co 13, 13). Me uno de buen grado al saludo del Apóstol de los gentiles, al daros mi cordial bienvenida al palacio apostólico. Agradezco al cardenal Karl Lehmann, presidente de vuestro grupo, las amables palabras con las que os ha presentado. Saludo asimismo al obispo evangélico Hartmut Löwe, co-presidente. Me alegro por este encuentro, que tiene lugar con ocasión de la asamblea que vuestro grupo ecuménico ha organizado este año en Roma.

2. La creciente conciencia de la comunión en Dios uno y trino ha permitido a cristianos de las diversas confesiones no considerarse ya enemigos o extraños, sino hermanos y hermanas. La certeza de la pertenencia común a Cristo, que se nos da con el bautismo, se ha profundizado sobre todo en los años sucesivos al concilio Vaticano II. Por esto podemos dar gracias de corazón.
Ya antes de ese acontecimiento, importante también desde el punto de vista ecuménico, el corazón de numerosos cristianos se hizo eco del deseo del Señor:  Ut unum sint! (Jn 17, 21). El eco de este anhelo resuena también en vuestro grupo ecuménico, fundado hace más de medio siglo.

La segunda guerra mundial destruyó el mundo de muchas personas. También muchas convicciones religiosas comenzaron a vacilar. Numerosos hombres y mujeres buscaron seguridad y apoyo. El cardenal Lorenz Jäger y el obispo luterano Wilhelm Stählin reconocieron esos "signos de los tiempos". Reunieron en torno a sí a teólogos católicos y evangélicos para dar a ese mundo fragmentado un nuevo centro:  Jesucristo. Así, en el año 1946, se constituyó vuestro grupo ecuménico, que ha perseguido hasta hoy los objetivos de sus fundadores. Doy gracias al Señor de la historia por haber suscitado a esos "pioneros del ecumenismo", y espero que el grupo siga siendo consciente de su origen y contribuya también en el futuro, como "laboratorio del ecumenismo", a alcanzar la unidad.

3. Con este deseo de unidad cruzamos el umbral del tercer milenio. La firma de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación es una piedra miliar en el camino ecuménico. También durante la celebración del gran jubileo pudimos observar nuevamente el eficaz signo profético del ecumenismo.

Al mismo tiempo, hemos tomado conciencia de que aún no se ha logrado el objetivo de la unidad plena. La conmemoración de la encarnación de Cristo nos ha recordado que el diálogo ecuménico debe tender, sobre todo, hacia Cristo. Este diálogo se desarrolla, primero, en una dimensión vertical, que lo orienta hacia la plenitud de la revelación bíblica y hacia el único Redentor del mundo. De este modo, se convierte para todos los participantes en un "diálogo de conversión".

Así se manifiesta que el amor a la verdad debe ser la dimensión más profunda de una búsqueda creíble de la comunión plena de los cristianos. Sin el amor a la verdad es imposible afrontar las dificultades teológicas y también psicológicas que encontramos al examinar las diferencias que aún perduran. Compruebo con gratitud que en vosotros el amor a la verdad va acompañado del respeto y la estima por vuestro interlocutor. De esta manera, podréis experimentar siempre que el diálogo ecuménico puede ser ocasión para un conocimiento recíproco más profundo y para un intercambio de dones espirituales.

4. Estoy seguro de que se cumplirá el deseo que expresé en mi carta apostólica Novo millennio ineunte:  "La confrontación teológica sobre puntos esenciales de la fe y de la moral cristiana, la colaboración en la caridad y, sobre todo, el gran ecumenismo de la santidad, con la ayuda de Dios, producirán sus frutos en el futuro" (n. 48).

También el hecho de que hayáis elegido Roma como lugar de vuestro encuentro constituye un signo de esperanza:  tal vez algún día, gracias a un diálogo paciente, se logre encontrar la forma con la que el ministerio petrino pueda prestar a la verdad y al amor un servicio reconocido por unos y otros (cf. Ut unum sint, 95).

Ojalá que vuestro grupo ecuménico de teólogos católicos y evangélicos ayude en esta búsqueda. Con este fin, imploro sobre vosotros la plenitud del Espíritu Santo y la riqueza de las bendiciones de Dios.

 

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