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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
DEL PARAGUAY EN VISITA "AD LIMINA"
Sábado 7 de abril de 2001
Queridos Hermanos en el Episcopado:
1. Es para mí motivo de gran alegría recibiros hoy, en este
momento culminante de la visita ad limina Apostolorum, que manifiesta la
comunión en la fe y en la caridad con el Sucesor de Pedro, por quién Jesús oró
para que no desfalleciera en su fe y confirmara en ella a sus hermanos (cf. Lc
22, 32). Esta misma fe, que nos acomuna y congrega en torno Cristo, el verdadero
Maestro, impulsa también la "solicitud por todas las Iglesias" (2
Co 11, 28) que incumbe a los Apóstoles y a sus sucesores. Bienvenidos,
pues, a este encuentro, sabiendo que en cada uno de vosotros acojo cordialmente
a las Iglesias particulares del Paraguay, a sus sacerdotes, comunidades
religiosas y pueblo fiel.
Agradezco las palabras de saludo de Monseñor Jorge Livieres
Banks, Obispo de Encarnación y Presidente de la Conferencia Episcopal, en las
que se ha hecho intérprete del afecto de todos vosotros por el Papa, así como
de las principales esperanzas y preocupaciones en el ministerio pastoral que
desempeñáis. Espero ardientemente que la experiencia de esta visita os
conforte e ilumine en las adversidades y os aliente en los desvelos por edificar
comunidades eclesiales cada vez más vigorosas, coherentes con el Evangelio y
deseosas de vivir con gozo el mensaje salvador de Cristo.
2. La Iglesia en el Paraguay cuenta con una gloriosa tradición
evangelizadora, que ha sabido conjugar sabiamente la santidad de vida con una
prolija actividad misionera, como en el caso del primer santo paraguayo, el
Padre Roque de Santa Cruz, al que tuve la dicha de canonizar, junto con sus dos
compañeros mártires, durante mi inolvidable visita pastoral a esa querida
tierra. En el alba del nuevo milenio, he querido subrayar precisamente este
aspecto de la santidad de vida como la llave maestra de todo proyecto apostólico,
que ha de tener su centro y su punto de partida en Cristo, "al que hay que
conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con
él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste" (Novo
millennio ineunte, 29).
El Paraguay cuenta también con uno de los más conocidos y
significativos testimonios de una iniciativa evangelizadora creativa y audaz,
como fueron las reducciones franciscanas y jesuíticas. Su recuerdo sigue enseñando
hoy que la "palabra de vida" (cf. Jn 6, 68) se acerca al ser
humano con suavidad, lo libera de tantas opresiones, promueve el desarrollo
integral de las personas y ennoblece la cultura de cada pueblo, purificando y
llevando a plenitud sus valores peculiares. En efecto, "el Señor es el fin
de la historia humana, el punto en que convergen los deseos de la historia y de
la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y
plenitud de sus aspiraciones" (Gaudium et spes, 45).
En todo ello late como una invitación a los Pastores de hoy a
que no escatimen esfuerzos en proclamar constantemente el Evangelio y formar la
conciencia cristiana mediante una catequesis, sistemática y continuada, que
cale muy hondo en todos sus fieles. A este respecto, quiero recordar las
palabras que dirigí en la memorable visita a vuestro País: "no basta con
dar la doctrina: hace falta conseguir que quienes reciben la instrucción
religiosa se sientan impulsados a vivir lo que aprenden" (A los Obispos
del Paraguay, Asunción, 16 mayo 1988, 3).
3. En este contexto, una mención especial merecen los
sacerdotes, pues ellos son los principales colaboradores del Obispo en su misión
pastoral, y en su nombre "reúnen a la familia de Dios" (Lumen
gentium, 28). Sé de los esfuerzos notables realizados para mejorar el
Seminario Nacional, y es consolador comprobar el aumento de seminaristas. Es
importante que éstos reciban una sólida formación espiritual, humana e
intelectual, que se prolongue también después del seminario en su vida
sacerdotal, de tal manera que sean fieles, constantes y generosos dispensadores
de los misterios de Dios.
La indudable necesidad de vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada en modo alguno debe llevar a exigir menos y contentarse con una
formación y una espiritualidad mediocres. Por el contrario, las circunstancias
actuales requieren, tal vez más aún que en otras épocas, un mayor cuidado en
la selección y formación de quienes, además de ser competentes en su
ministerio pastoral, han de corroborar con el ejemplo lo que predican. En
efecto, el evangelizador, viviendo "con sencillez según el modelo de
Cristo, es un signo de Dios y de las realidades trascendentales" (Redemptoris
missio, 42). Por eso se requiere un esfuerzo especial para que los
sacerdotes, lejos de limitarse a cumplir rutinariamente determinadas funciones,
se sientan enteramente impregnados de la caridad pastoral que apremia en todo
momento al Apóstol (cf. 2 Co 5, 14).
Estas consideraciones nos llevan a plantear la grave
responsabilidad de los Obispos, no sólo de organizar bien la formación de su
clero, sino también de atenderlo personalmente, "como hermanos y
amigos" (cf. Presbyterorum Ordinis, 7). En este delicado y crucial
cometido el Obispo ha de sentirse afectiva y efectivamente cercano a todos sus
sacerdotes, preocupado por sus necesidades espirituales y materiales, e
interesado por sus proyectos pastorales y actividades de cada día. No se ha de
pasar por alto algo que he querido resaltar expresamente en mi Carta a los
sacerdotes para el Jueves Santo de este año, al confesar "mi admiración
por este ministerio discreto, tenaz y creativo, aunque marcado a veces por las lágrimas
del alma que sólo Dios ve" (n. 3), porque "este empeño cotidiano es
precioso a los ojos de Dios" (ibíd.). En efecto, no faltan
ocasiones en que la escasa estima por el ejercicio ordinario del ministerio
provoca desaliento, especialmente en los sacerdotes más jóvenes, a los que se
debe prestar una especial atención y premura.
4. En el Paraguay hay una presencia importante de personas
consagradas, religiosas y religiosos, a los que la historia de ese País debe
mucho, y que ahora siguen contribuyendo de manera decisiva a la evangelización,
bien a través de una pastoral directa en parroquias o misiones, bien mediante múltiples
obras de apostolado educativo o asistencial.
En este sentido, es particularmente digno de mención el papel
que desempeña la mujer consagrada en tantos ámbitos de la vida eclesial, sobre
todo por su sencillez, espíritu de sacrificio y cercanía al pueblo. Su
aportación resulta sumamente valiosa, especialmente en aquellos ámbitos en que
la dignidad de la mujer es ultrajada o insuficientemente reconocida, y en los
que se espera del "genio femenino" (cf. Mulieris dignitatem,
31) una colaboración específica para superar esta penosa discriminación que
perdura en nuestro tiempo.
La Iglesia, aún apreciando en los religiosos y religiosas la
disponibilidad, eficiencia y capacidad de responder con prontitud a las nuevas
fronteras de la evangelización, no ha dejado de subrayar que "tienen en su
vida consagrada un medio privilegiado de evangelización eficaz. A través de su
ser más íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia" (Evangelii
nuntiandi, 69). Por eso les recuerda la necesidad de mantener siempre una
"fidelidad creativa" al propio carisma (cf. Vita consecrata,
37). Asimismo, reitera la responsabilidad que tienen los Obispos de conservar y
defender el rico patrimonio espiritual de cada Instituto (cf. CIC 586,
2), correspondiendo "al don de la vida consagrada que el Espíritu suscita
en la Iglesia particular, acogiéndolo con generosidad y con sentimientos de
gratitud al Señor" (Vita consecrata, 48). Se destaca así que, en
la edificación de la Iglesia, más que los esfuerzos humanos "es Dios que
hace crecer" (cf. 1 Co 3, 7). Además, ante la difusa exigencia de
espiritualidad, que se manifiesta como un "signo de los tiempos" en
este comienzo de milenio (cf. Novo millennio ineunte, 33), cabe esperar
de las personas consagradas, en virtud de su origen carismático, su testimonio
de vida auténticamente evangélica y esa "especie de instinto
sobrenatural" (Vita consecrata, 94) cultivado con esmero, que den
una especial aportación en cada Iglesia particular, para que se mantenga vivo
el sentido de la presencia de Dios y se suscite en todos los fieles "un
verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación
personal en un clima de oración cada vez más intensa" (Tertio
millennio adveniente, 42; Vita consecrata, 39).
5. Veo con satisfacción cómo los Obispos del Paraguay han
acompañado y siguen acompañando a su pueblo en la búsqueda, no siempre fácil,
de una convivencia armónica y pacífica, basada en los valores de la justicia,
la solidaridad y la libertad. En este ámbito, la Iglesia, que no tiene afanes
ajenos a su propia misión, busca la salvación del ser humano y anuncia el
Evangelio, cuya luz, "en cuanto que sana y eleva la dignidad de la persona
humana, fortalece la consistencia de la sociedad" (Gaudium et spes,
40). Por eso, cuando es necesario, no rehuye la denuncia de la injusticia y
propone en su doctrina social los principios de carácter ético que han de
orientar también la actuación en la vida civil.
Difundir la doctrina social de la Iglesia adquiere la dimensión
de "una verdadera prioridad pastoral" (Ecclesia in America,
54), tanto para afrontar adecuadamente las diversas situaciones con una
conciencia recta, iluminada por la fe, como para fomentar y orientar el
compromiso de los laicos en la vida pública. En efecto, de poco servirían las
denuncias, la proclamación teórica de los principios, si éstos no son
firmemente interiorizados mediante una formación generalizada y sistemática.
De este modo se abre un cauce de incidencia real y concreta de los valores
inspirados por el Evangelio en el mundo de la cultura, de la tecnología, de la
economía o de la política.
A esta formación, que debe acompañar el crecimiento en la fe
de todo fiel cristiano, ha de añadirse un esfuerzo por evangelizar también a
cuantos ya tienen responsabilidades en las diversas áreas de la administración
pública. Puesto que el Evangelio tiene algo que decirles también a ellos, es
necesario ayudarles a descubrir que el mensaje de Jesús es valioso y
pertinente, tanto para su vida personal y familiar como para la función que
desempeñan (cf. Ecclesia in America, 67).
Un medio particularmente apto para que los fieles laicos colmen
la grandes esperanzas que la Iglesia tiene puestas en ellos, en las tareas que
les son propias, es el de una conveniente organización, que facilite la formación,
la progresiva incorporación de las nuevas generaciones, la ayuda mutua y la
acción apostólica coordinada. El surgir de diversos movimientos laicales puede
ser, a este respecto, un fenómeno esperanzador que merece una especial atención
por parte de los Obispos, llamados a que, como dice el apóstol San Pablo,
"no extingan al Espíritu ni desprecien las profecías; sino que lo
examinen todo y se queden con lo mejor" (1 Ts 5, 19-21). De esta
manera, con la ayuda de sus Pastores y en perfecta comunión con ellos, se irá
forjando un laicado vigoroso, firmemente comprometido en el camino de santidad
personal, en la edificación de la Iglesia y en la construcción de una sociedad
más justa.
6. No quiero terminar este encuentro sin hacer mención de una
de las más preciadas herencias que enriquecen las comunidades eclesiales
paraguayas, como es la religiosidad popular. En muchos casos es la manera en que
el Evangelio ha echado raíces más profundas en el alma de tantos creyentes. Es
necesario promover esta capacidad expresiva, que implica la totalidad de la
persona e impregna la vida comunitaria, encauzándola hacia una progresiva
profundización en la fe, que ilumine todos los aspectos de su vida. De este
modo, serán cada día más conscientes de que han de crecer como piedras vivas
que construyen un edificio espiritual (cf. 1 Pe 2, 5), con la fuerza que
brota de las "obras maestras de Dios" que son los sacramentos (cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, 1116).
7. Queridos hermanos en el Episcopado, encomiendo vuestras
personas e intenciones pastorales a la Virgen María, nuestra Madre celestial,
invocada con fervor por los fieles paraguayos bajo la advocación de la Pura y
Limpia Concepción de Caacupé. Que Ella tienda su mano a los queridos hijos e
hijas del Paraguay, a los que os ruego hagáis llegar el saludo y el cariño del
Papa. Con estos deseos, que están acompañados de mi oración y afecto, os
bendigo de todo corazón.
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