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  MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL MOVIMIENTO FE Y LUZ

 

A los queridos hijos e hijas del Movimiento Fe y Luz

1. En esta Semana Santa del primer año del nuevo milenio, sintiéndome cercano a vosotros con el afecto la oración, os saludo cordialmente a cuantos habéis peregrinado a la gruta de Massabiel con ocasión del trigésimo aniversario de la fundación de ese Movimiento. Que María misma os acoja y reavive en vosotros el deseo de "venir a beber a la fuente", y os conduzca, como ya hizo con Bernardette, al encuentro de su Hijo. En Lourdes, brilla con una fuerza singular el amor de Jesús y de María por los más débiles, invitándoos a una acción de gracias por las maravillas que Dios ha hecho en vosotros. Os animo a reavivar y reafirmar vuestra fe, para ser misioneros todos los días.

2. Vosotros, los que tenéis un handicap, sois el corazón de la gran familia de Fe y Luz. Vuestra vida es un don de Dios y hace que seáis testigos de la vida verdadera, pues si el handicap os lleva a veces a combates difíciles en vuestra existencia, vosotros, según las palabras de Claudel, vivís con "almas engrandecidas en cuerpos entorpecidos". Queridos amigos, sois un tesoro para la Iglesia, que es también vuestra familia, y tenéis un puesto especial en el corazón de Jesús.

3. Desde hace treinta años, Fe y Luz no ha dejado de recordar con audacia, valentía y perseverancia la eminente dignidad de la persona humana. Podemos estar agradecidos por la esperanza y la confianza que tantas personas y tantas familias han encontrado en el movimiento. Deseo agradecer cordialmente las que personas que rodean a los disminuídos por el trabajo inrremplazable que realizan cotidianamente al servicio de los olvidados de nuestras sociedades y, sobre todo, por la alegría que les ofrecen. Ellas dan testimonio también de que la alegría de vivir es una fuente recóndita, que tiene su origen en la confianza en Dios y en María, su Madre. Quisiera saludar de un modo particular a Jean Vanier y Marie-Helène Mathieu, que se desde hace tanto tiempo se dedican sin reservas a la vida y la promoción de las personas disminuidas.

4. Vuestra presencia en Lourdes, queridos hermanos y hermanas, es también una llamada dirigida a los cristianos y a los responsables de nuestra sociedad para que comprendan cada vez mejor que el handicap, si es cierto que necesita ayudas, es ante todo una invitación a superar cualquier forma de egoísmo y a comprometerse en nuevas modalidades de fraternidad y de solidaridad. Como recordaba en Roma durante su jubileo, las personas con handicap vuelven a "cuestionar las concepciones de la vida vinculadas únicamente a la satisfacción personal, a la apariencia y a la eficacia" (Homilía, 3 de diciembre de 2000, 5). En ellas se exhorta a todos los miembros de la sociedad a apoyar moral y materialmente a los padres que tienen a su cargo hijos minusválidos. Mientras que se tiende cada vez más a suprimir antes de su nacimiento al ser humano susceptible de ser portador de handicap, la acción de Fe y Luz es un signo profético en favor de la vida y de una atención prioritaria a los más débiles de la sociedad.

5. Al venir de setenticinco países, vivís en vuestra gran diversidad una verdadera dimensión ecuménica. La presencia conjunta en Lourdes de cristianos de diversas confesiones, católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes, da testimonio, en una convicción fundada en la fe común en Cristo resucitado, de que cada persona es un don de Dios, con un dignidad y con derechos inalienables, y que, no obstante un handicap, es posible vivir feliz.

6. Invoco sobre vosotros con gran afecto, así como sobre los que os acompañan y los que no han podido venir, la fuerza del Señor Resucitado, para que otorgue a todos la fuerza y la alegría de continuar la misión de testimoniar el amor de Dios en nuestro mundo. Tomad ejemplo de Bernardette, acoged y haced fructificar cada día más la Buena Noticia, de la cual la humanidad tiene tanta necesidad. Confiándoos a la ternura maternal de Nuestra Señor de Lourdes, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Vaticano, a 2 de abril de 2001

IOANNES PAULUS II

           

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