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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LA FUNDACIÓN PAPAL
Martes 24 de abril de 2001
Querido cardenal
Bevilacqua; eminencias; excelencia; queridos hermanos y hermanas en
Cristo:
Una vez más me complace saludaros a vosotros, miembros de la Fundación Papal,
con ocasión de vuestra visita anual a Roma. Os doy la bienvenida con las
palabras que el Señor resucitado dirigió a sus discípulos la tarde del primer
domingo de Pascua, hace casi dos mil años: "La paz esté con
vosotros" (Jn 20, 19).
Sí, el don permanente del Señor a su Iglesia y a su pueblo en todos los
tiempos es el don de su paz, de su tranquilizadora presencia con nosotros para
siempre, "hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Y los que
creen y proclaman que el Señor ha resucitado verdaderamente de entre los
muertos están llamados a llevar este don de su paz a los demás, especialmente
a los pobres y a los que sufren, a los abandonados u oprimidos, a aquellos cuyo
clamor nadie escucha y cuyas esperanzas parecen quedar siempre defraudadas. No
puedo por menos de sentir este deber de modo particular, porque la misión que
el Señor resucitado confió al apóstol san Pedro, es decir, la tarea de
"apacentar sus corderos" y "apacentar sus ovejas" (cf. Jn
21, 15-17), corresponde de manera especial al Sucesor de Pedro. En efecto, al
Obispo de Roma se le ha confiado la solicitud por todas las Iglesias; está
llamado a usar todos los medios a su disposición para ayudar y fortalecer a las
comunidades más necesitadas de atención espiritual y material.
Por esta razón, queridos hermanos, os estoy muy agradecido: el apoyo que
dais a través de la Fundación Papal permite realizar muchas obras buenas en
nombre de Cristo y de su Iglesia. Los numerosos programas y proyectos
financiados con fondos proporcionados por la Fundación Papal hacen posible que
la proclamación pascual de alegría, esperanza y paz por parte de la Iglesia
llegue a los oídos, a la mente y al corazón de numerosas personas en muchas
partes del mundo. Así, el generoso ofrecimiento de vuestro tiempo, de vuestros
talentos y recursos, manifiesta vuestro amor al Sucesor de Pedro y es expresión
elocuente de la comunión fraterna que caracteriza la vida de los que conocen al
Señor y experimentan "el poder de su resurrección" (Flp 3,
10).
Al comienzo del tercer milenio cristiano, renovados y fortalecidos por el
encuentro jubilar lleno de gracia con Aquel que es la fuente viva de nuestra
esperanza, estamos invitados una vez más a emprender nuestra peregrinación de
fe y servicio, con la seguridad de que Cristo resucitado camina con nosotros.
Encomendándoos a todos vosotros a la amorosa intercesión de la santísima
Virgen María, modelo de todos los seguidores de Cristo y "guía segura de
nuestro camino" (Novo millennio ineunte, 58), os imparto
cordialmente mi bendición apostólica a vosotros y a vuestras familias como
prenda de alegría y paz en el Salvador resucitado.
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