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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
UN GRUPO DE PERSONAS QUE HAN ACOGIDO A NIÑOS DE CHERNOBYL
Jueves 26 de abril de 2001
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Con gran afecto os acojo en este significativo aniversario, quince años
después del trágico accidente que se produjo en la ciudad de Chernobyl, el 26
de abril de 1986. Os doy a cada uno un saludo cordial y una calurosa bienvenida.
Mi pensamiento va, en primer lugar, al presidente de la República de Ucrania,
señor Leonid Kuchma, que ha querido estar presente aquí con el mensaje que se
acaba de leer en esta sala. Saludo a la embajadora de la República de Ucrania
ante la Santa Sede, su excelencia la señora Nina Kovalska, a quien agradezco
las palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo asimismo a las
autoridades y a las personalidades que, con su participación, han querido
manifestar la solidaridad de las comunidades y las naciones que representan para
con los niños de Chernobyl. Saludo a todos los presentes, comenzando por los
representantes de las familias, las parroquias, las asociaciones, los
movimientos y las organizaciones que durante estos años han acogido y siguen
acogiendo en Italia a los niños que sufren las consecuencias de cuanto sucedió
en Chernobyl.
Por otra parte, al acercarse mi viaje a Ucrania, cada vez anhelo más
intensamente abrazar a todos los hijos de esa nación, que tanto quiero, y besar
esa tierra tan probada también por el desastre nuclear, cuyos nefastos efectos
se constatan aún hoy. Asimismo, con ardiente esperanza me preparo para
encontrarme con los hermanos y las hermanas en la fe que viven allí, a fin de
compartir con ellos el anhelo de una renovada evangelización.
2. El pensamiento de todos nosotros vuelve en este momento a aquel 26 de
abril de 1986, cuando en el corazón de la noche se produjo una tremenda explosión
en la central nuclear de Chernobyl. Algunos minutos después, una vasta nube tóxica
cubrió el cielo de la ciudad y de Ucrania, extendiéndose muy lejos. Las trágicas
consecuencias de tan infausto suceso resultaron más graves de lo que se podía
imaginar. Algunos, con razón, la han definido una catástrofe tecnológica histórica,
que ha hecho tristemente célebre en el mundo la ciudad de Chernobyl, la cual,
desde entonces, es símbolo de los peligros que implica el uso de la energía
nuclear.
Expreso mi aprecio a las administraciones civiles, a las comunidades religiosas,
a las diócesis y a los que, durante estos años, se han esforzado por ayudar a
quienes, sin culpa, han pagado y siguen pagando el precio de una calamidad de
tan vasto alcance.
Me dirijo sobre todo a vosotros, queridos niños de Chernobyl. Representáis a
los miles de vuestros amigos, coetáneos, que a lo largo del tiempo han
encontrado hospitalidad en Italia para ser curados y superar una fase difícil
de su existencia. El Papa os abraza y os pide que llevéis su saludo y su
bendición a vuestras familias, a vuestros amigos y compañeros de escuela. A
todos.
Al contemplaros, no puedo menos de dar gracias a Dios por la generosidad de
tantas personas, que desde entonces no han cesado de aliviar las penas y las
dificultades de los que siguen siendo víctimas inocentes de las consecuencias
de aquella enorme catástrofe. ¡Cuántas instituciones católicas en diversos
países han abierto sus puertas y acogido a las personas necesitadas! ¡Cuántos
pueden mirar con confianza al futuro gracias a este apoyo solidario, que nuestro
encuentro pone muy bien de relieve!
3. Hoy quisiera hacerme intérprete de los sentimientos de gratitud de
todos vosotros por esta cadena de solidaridad para con las víctimas de
Chernobyl. Es una solidaridad que se ha traducido en gestos de atención
concreta a hermanos y hermanas necesitados. Para los cristianos, este laudable
impulso de bondad se funda en el gran mandamiento que nos dejó Jesús:
"Amaos los unos a los otros" (Jn 15, 17). El amor recíproco ¿no
debe manifestarse particularmente en la hora de la prueba? Lo afirma también un
conocido proverbio popular: "Un amigo verdadero se reconoce en la
necesidad". Es un gran consuelo en la necesidad tener al lado amigos
fiables. Es importante que no se rompa nunca esta cadena de bondad. A la vez que
alivia al beneficiado, enriquece espiritualmente a quien gratuitamente le ayuda.
En el evangelio Jesús asegura a los creyentes: "Cuanto hicisteis a
uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt
25, 40). La caridad es el camino por el que se puede mejorar el mundo. En
efecto, amar a todos sin distinción de raza, lengua o religión, llega a ser un
signo, casi tangible, de la predilección de Dios por todo ser humano, del que
es Padre.
4. Al evocar los trágicos efectos causados por el accidente del reactor
nuclear de Chernobyl, el pensamiento va a las generaciones futuras, que
representan estos niños. Hay que prepararles un futuro de paz, sin esos miedos
y amenazas. Se trata de un compromiso que todos deben asumir. Para ello, es
necesario realizar un esfuerzo técnico, científico y humano, a fin de poner
todas las energías al servicio de la paz, respetando las exigencias del hombre
y de la naturaleza. De este compromiso depende el futuro de todo el género
humano.
A la vez que oramos por las numerosas víctimas de Chernobyl y por cuantos
llevan en su cuerpo los signos de una catástrofe tan grande, imploramos del Señor
luz y apoyo para los que, en diversos niveles, son responsables del destino de
la humanidad.
Pido a Dios, además, que en su omnipotencia y misericordia consuele a cuantos
sufren, y haga que nunca más se repita lo que hoy recordamos con
tristeza.
Con estos sentimientos, invoco la protección de María, Madre de la esperanza,
y, al mismo tiempo que os renuevo a cada uno mi saludo cordial, imparto de buen
grado a todos una bendición especial.
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