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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II AL
CONGRESO INTERNACIONAL ORGANIZADO POR EL COMITÉ EUROPEO PARA LA EDUCACIÓN
CATÓLICA
Sábado 28 de abril de 2001
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Señor cardenal; queridos amigos:
1. Os doy una cordial bienvenida con ocasión del Congreso internacional de
las escuelas católicas de Europa, organizado por el Comité europeo para la
educación católica. Al unirme a vosotros en una ferviente oración, deseo
que de vuestro encuentro surja una nueva conciencia del papel y de la misión
específicos de la escuela católica en el ámbito histórico y cultural
europeo. Aprovechando la riqueza de vuestras tradiciones pedagógicas, debéis
buscar con audacia respuestas adecuadas a los desafíos planteados por los
nuevos modos de pensar y de actuar de los jóvenes de hoy, para que la escuela
católica sea un lugar de educación integral, con un proyecto educativo claro
que tiene su fundamento en Cristo. El tema de vuestro congreso, "La misión
de educar: testimoniar un tesoro escondido", pone en el centro del
proyecto educativo de la escuela católica la exigencia fundamental de todo
educador cristiano: no sólo trasmitir la verdad con palabras, sino también
testimoniarla explícitamente con su vida.
La escuela católica, al asegurar una enseñanza escolar de calidad, propone una
visión cristiana del hombre y del mundo que ofrece a los jóvenes la
posibilidad de un diálogo fecundo entre la fe y la razón. Del mismo modo, debe
transmitir valores para asimilar y verdades para descubrir, "con la certeza
de que todos los valores humanos encuentran su realización plena y, por
consiguiente, su unidad en Cristo" (Congregación para la educación católica,
Carta circular, 28 de diciembre de 1997, n. 9).
2. Las transformaciones culturales, la globalización de los intercambios,
la relativización de los valores morales y la preocupante desintegración del vínculo
familiar crean en numerosos jóvenes gran inquietud, que influye inevitablemente
en su estilo de vida y en su modo de entender y afrontar su futuro. Esta situación
invita a las escuelas católicas europeas a proponer un auténtico proyecto
educativo, que no sólo permita a los jóvenes adquirir una madurez humana,
moral y espiritual, sino también comprometerse eficazmente en la transformación
de la sociedad, dedicándose a trabajar por la venida del reino de Dios. De esta
forma serán capaces de difundir en las culturas y en las sociedades europeas,
así como en los países en vías de desarrollo donde la escuela católica puede
aportar su contribución, el tesoro escondido del Evangelio, para construir la
civilización del amor, de la fraternidad, de la solidaridad y de la paz.
3. Para afrontar los numerosos desafíos que se les plantean, las
comunidades educativas tienen que cuidar en especial la formación de sus
profesores, religiosos y laicos, a fin de que adquieran una conciencia cada vez
más viva de su misión de educadores, combinando la competencia profesional y
la opción libremente asumida de testimoniar de modo coherente los valores
espirituales y morales, inspirados por el mensaje evangélico de "libertad
y amor" (Gravissimum educationis, 8). Consciente de la nobleza,
pero también de las dificultades de enseñar y educar hoy, apoyo la misión de
todo el personal comprometido en el sistema educativo católico, para que
alimente la esperanza de los jóvenes, con la ambición de "proponer simultáneamente
la adquisición de un saber tan amplio y profundo como sea posible, la educación
exigente y perseverante de la verdadera libertad humana, y el encaminamiento de
los niños y adolescentes que le son confiados hacia el ideal concreto más
elevado que hay: Jesucristo y su mensaje evangélico" (Discurso
del Papa al Consejo de la Unión mundial de profesores católicos, 18 de
abril de 1983: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
8 de mayo de 1983, p. 4).
La experiencia adquirida por las comunidades educativas de las escuelas católicas
en Europa, con "fidelidad creativa" al carisma vivido y transmitido
por los fundadores y fundadoras de las familias religiosas que trabajan en el
mundo de la educación, es insustituible. Permite fortalecer sin cesar el vínculo
que une las intuiciones pedagógicas y espirituales propuestas, y su
conveniencia para el desarrollo integral de los jóvenes que se benefician de
ellas. No podemos menos de insistir también en la estrecha colaboración que
deben mantener la escuela y la familia, especialmente en este tiempo en que el
entramado familiar se ha debilitado. Cualquiera que sea la estructura escolar,
los padres seguirán siendo los primeros responsables de la educación de sus
hijos. Corresponde a las comunidades educativas estimular la colaboración, para
que los padres tomen cada vez mayor conciencia de su papel educativo propio y
sean ayudados en su tarea primordial, pero también para que el proyecto
educativo y pastoral de la escuela católica se adecue a las legítimas
aspiraciones de las familias.
4. Las escuelas católicas deben afrontar también otro desafío, el que
concierne al diálogo constructivo en la sociedad multicultural de nuestro
tiempo. "La educación tiene una función particular en la construcción de
un mundo más solidario y pacífico. La educación puede contribuir a la
consolidación del humanismo integral, abierto a la dimensión ética y
religiosa, que atribuye la debida importancia al conocimiento y a la estima de
las culturas y de los valores espirituales de las diversas civilizaciones"
(Mensaje para la Jornada mundial de la paz, 8 de diciembre de 2000, n.
20: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de
diciembre de 2000, p. 11). Por tanto, el esfuerzo realizado para acoger en el
seno de las escuelas católicas a jóvenes pertenecientes a otras tradiciones
religiosas debe proseguir, sin que por ello se atenúe el carácter propio y la
especificidad católica de las instituciones. Al permitir la adquisición de
competencias en el mismo ámbito educativo, esta acogida fortalece el vínculo
social, favorece el conocimiento mutuo a través de una confrontación serena, y
permite proyectar juntos el futuro. Este modo concreto de superar el miedo al
otro constituye ciertamente un paso decisivo hacia la paz en la sociedad.
5. Las escuelas católicas en Europa también están llamadas a ser
comunidades dinámicas de fe y evangelización, en estrecha relación con la
pastoral diocesana. Estando al servicio del diálogo entre la Iglesia y la
comunidad humana, y comprometiéndose a promover al hombre en su integridad,
recuerdan al pueblo de Dios el fin principal de su misión: permitir a
todo hombre dar sentido a su vida, descubriendo el tesoro escondido que
tiene, e invitar así a la humanidad a acoger el proyecto de Dios manifestado en
Jesucristo.
Encomendando la fecundidad de vuestro Congreso a la intercesión de la Virgen
María, os invito a dejaros instruir por Cristo, tomando de
él, que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,
6), la fuerza y el gusto para cumplir vuestra misión exaltante y delicada. A
todos vosotros, organizadores y participantes en este Congreso, así como a
vuestras familias, a todo el personal docente católico y a los jóvenes a los
que acompaña, os imparto de buen grado la bendición apostólica.
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